LA MALDICIÓN DE LOS ARTELOA (relato nacido de un sueño)

verja, reja, vieja, oxidada, jardín, 1707301331 | Verjas, Oxidado, Viejitos

El trayecto de su pueblo a la gran ciudad se le estaba haciendo interminable en ese triste día de noviembre. Llovía. Llovía  mucho. Así, de repente. Media hora antes no había apenas nubes sobre su casa. Para colmo hacía mucho viento, cosa que él detestaba más que la lluvia. Las hojas de los árboles caían con violencia e impedían ver bien la carretera. A lo lejos,  pudo ver la gran ciudad. Allí aún no habían llegado las nubes. La mezcla de agua, viento y hojas secas hacía que apenas pudiera distinguir esos lugares conocidos que iba dejando atrás. El trayecto lo hizo en silencio, como siempre. De todos modos tampoco era un día para decir muchas cosas.

Cuando llegó a la gran ciudad todo estaba seco. Ni una gota había caído aún sobre el asfalto de sus calles, cosa que agradeció, pero no tardaría en hacerlo. Condujo con cuidado. Nunca le gustó conducir en la gran ciudad, pero su destino estaba cerca de la entrada. Una calle, otra, la rotonda del gigante de hierba, dos calles más, otra rotonda, primera salida y allí estaba esa calle tan conocida.

En cuanto pudo detuvo el coche. Sabía que aún estaba a muchos metros del lugar exacto al que tenía que llegar pero prefirió parar allí, justo al principio de la calle. Al no tener salida – se entraba y se salía por el mismo lado – prefirió darle la vuelta al vehículo para no tener que hacerlo después y así salir directamente. Es verdad que tardaría lo mismo, y que casi sería igual hacerlo antes o después, pero esa era una de las muchas manías heredadas de su padre y que aún no había conseguido quitarse de encima: lo que puedas hacer ahora, hazlo.

Al bajar del coche sonrió al cristal. El reflejo del tibio sol no permitía ver nada, salvo su propio brillo. Caminó. Si alguien le hubiera dicho que el día estaba así de gris y triste porque lo había ordenado su padre no le habría quedado más remedio que creerlo.

Ese viento frío y cortante, esa amenaza de lluvia, y ese deseo de huir y de resguardarse podrían haber sido provocados perfectamente por ese hombre al que muy poca gente se había atrevido a llevarle la contraria alguna vez.

Caminando por la amplia calle de  aquel exclusivo residencial todo parecía estar justo como siempre había estado: triste. Al llegar frente al número siete de esa calle llamada como su propio padre volvió a sentir ese extraño cosquilleo de siempre. En realidad no era cosquilleo, sino miedo. Nada le asustaba más que volver allí.

Se sentía como si llegara a casa de nuevo con el primer suspenso, y eso, a pesar de haber pasado ya la cincuentena y de haber dejado de ser un crío asustadizo. Y es que todo seguía igual que siempre en la vieja casa de los Arteloa.

Esa era la casa más llamativa y lujosa de todo el residencial. También era esa casa en la que la gran mayoría de los vecinos hubieran querido vivir, y la que muchos imitaron para hacer la suya. Era de color casi negro por culpa del paso del tiempo, el frío y la lluvia sobre esa piedra que un día fue grisácea. Tenía amplios ventanales siempre cubiertos con cortinas apagadas, como si quisieran ocultar todo lo que allí ocurriera, si es que alguna vez ocurría algo, claro. De dos grandes tuberías, negras también, y colocadas a ambos laterales de la vivienda, colgaban dos largas hileras de hierbas oscuras – como la misma casa – que recorrían toda la fachada, de arriba abajo – o de abajo arriba – hasta perderse en el tejado, también negro, como el cielo que acompañaba ya. Dos chimeneas, una más alta y otra más gruesa, parecían rascar las nubes de ese cielo que empezaba a oscurecerse y a resultar amenazante.

Los gritos del viejo Arteloa le hicieron dejar de mirar al cielo y devolver la mirada a la fría casa. Seguía dándole miedo. Entonces su mirada se detuvo en la ventana del lateral, en el primer piso, cuyas cortinas cerraban el paso a su vista. Esa era la habitación de sus padres y, a pesar de no haber vuelto a pisarla desde hacía ya más de treinta años, aún podía recordarla a la perfección… incluso podía percibir, solo mirando, aquel olor que aún parecía dormir con él todos los días.

“Hay cosas que nunca cambian”, pensó al escuchar esos gritos tan desagradables como conocidos. Es verdad que ya no eran los de siempre. No tenían la misma fuerza, ni tampoco imponían de igual forma, pero seguían siendo tan potentes que podían escucharse desde la acera de enfrente. De hecho se volvió para ver si alguien escuchaba.

Cerró los ojos y recibió, una vez más, el desagradable impacto de ese tenebroso sonido que era  la voz de su padre cuando estaba enfadado; cosa que, por cierto, solía suceder las tres cuartas partes de cualquier día. Si no las cuatro.

“¿Cómo alguien tan mayor podía seguir gritando de aquella manera?”,  pensó mientras reunía fuerzas para poder volver a entrar en esa casa. Y es que esos gritos, aunque cansados y deteriorados por el paso del tiempo, seguían sonando con toda su virulencia desde allí fuera.

—¡Maldita perra! —gritaba a su esposa como siempre había hecho. Alejandro podía escucharlo perfectamente desde allí—. ¿Es que no sirves para nada? 

“Pobre mamá”, pensó, imaginándola cabizbaja y taciturna como siempre, recibiendo todos los improperios que salían de la boca de semejante animal con forma humana.

—¿Y tus hijos? ¡Malditos bastardos que no servís para nada! Solo queréis mi dinero, ¡hijos de puta! —seguía gritando mientras Alejandro intentaba reunir fuerzas para entrar de nuevo a aquella casa que tanto daño le había hecho.

Antes de entrar en la vieja casa suspiró varias veces, como hacía cuando niño al llegar allí. En realidad lo que hacía no era reunir fuerzas para entrar, sino para no alejarse de allí, que era lo que realmente deseaba y necesitaba hacer.

Apoyado en la fría y oxidada verja, como hacía cuando era un niño, intentaba vencer todos esos fantasmas que aún estaban tan presentes; De hecho, parecían estar todos grabados – y de vuelta – en ese metal oxidado tan conocido.

Alargando la mano por la parte más baja de la puerta consiguió alcanzar la vieja manivela plana. Sonrió al ver que seguía siendo la misma, pero que ya no le costaba tanto sacarla de su agujero. Tirando sin mucha fuerza la levantó colocándola sobre su soporte y la puerta se abrió haciendo ese ruido tan característico de siempre. “Algún día alguien la cambiará por una nueva”, pensó.

Reuniendo unas fuerzas que no sabía que tenía se decidió y entró en aquel jardín donde tantos ratos había pasado, precisamente para huir del interior de la casa. Lo primero que echó de menos fue a su fiel Pluto, aquel perro al que todos llamaban feo, pero que tan buen amigo fue. Aquel bodeguero había sido, sin duda alguna, su mejor amigo. ¡A qué poca gente contó cosas como hizo con aquel cánido!

Con los primeros pasos recordó cada rincón de aquel jardín donde tantos juegos le acompañaron junto a su desaparecido perro. Lo primero que vio fue el viejo pozo, aún con su cubo colgado. No pudo resistirse y se acercó hasta él. Estaba tan oxidado que apenas pudo moverlo. Miró por el agujero, entrecerrando los ojos para intentar ver el fondo, como hacía cuando niño… Aquel pozo siempre le dio mucho miedo. ¿Qué niño no ha sentido curiosidad y miedo ante un pozo? Desde allí miró a la casa. Nadie estaba mirándole y se atrevió a hacer aquello que siempre hacía para medir la distancia: escupió y escuchó hasta que el leve sonido de su saliva golpeó la quieta superficie… “Glup”.

“Si este pozo hablara…”, pensó recordando la de maldiciones que aún habría escondidas entre sus ecos, casi todas dirigidas a su padre.  Mirando al fondo recuperó algunas – no muchas, la verdad – que también dirigió a aquella compañera de segundo que tan poco caso le hizo y que tanto le gustaba.

“¿Qué habría sido de Guadalupe?”, pensó sonriendo por primera vez en todo el día. Lo que le gustó aquella muchacha solo lo supieron él, ella… ¡y Pluto!

Desde el pozo miró al viejo olmo, que ya estaba allí mucho antes de que construyeran la casa. De hecho la hicieron allí, donde estaba, por respetar ese viejo árbol que, según su padre, les dio buena suerte.

—Nunca cortes un árbol viejo —le dijo su padre una vez —. Eso trae mala suerte.

De la vieja casa del árbol apenas quedaban unas maderas mal claveteadas, pero aún podía distinguirse su forma desigual. Bueno, podía distinguirla él, y porque la conocía des obra… Otro no habría podido hacerlo con facilidad: apenas si quedaban maderas sobre la rama y la escalinata de cuerdas también había desaparecido, al igual que aquel tiovivo que les regaló su madre cuando él ya era demasiado mayor para disfrutarlo.

Aun así lo hizo… Eso sí, siempre a escondidas porque a su padre no le gustaba verle jugando en los columpios de sus hermanos pequeños.

Mientras caminaba hasta la puerta principal observó cómo la vieja fuente ya no derramaba agua sobre el pavimento. Por fin la habían arreglado. Una sonrisa se dibujó en su ya marchita cara cuando se descubrió recorriendo aquel camino a “patacoja” como hacía de niño para esquivar el agua que siempre había derramada por la terraza.

Volvió a sonreír… Aquel viejo jardín había sido un buen amigo.

Su sonrisa desapareció, al igual que su infantil paso, cuando levantó la mirada y vio a su madre . Al verla esperándole junto a la puerta principal volvió a emocionarse. Era cierto que no hacía mucho que la había visto, pero también que lo hacía siempre lejos de esa casa a la que no podía volver.

—Alejandro—  suspiró la madre al verlo —. ¡Has venido!

—Así  me lo has pedido tú, madre— dijo muy serio, intentando no hacerla derramar más lágrimas de las que ya habían surcado esa maltratada tez.

—Bueno, lo importante es que vuelves a casa —dijo la madre.

—Sí, a tu casa… A vuestra casa —dijo, mirando a sus hermanos.

—Esta siempre ha sido tu casa, Alejandro —dijo su hermana. Él calló. No había ido allí a discutir… Al menos, no otra vez.

Mientras recibía el abrazo de su temblorosa madre Alejandro no podía dejar de mirar la puerta de madera de aquella habitación que antes fue despacho y que convirtieron en aposento para que su padre no tuviera que subir las escaleras que, aunque eran una auténtica obra de arte, eran incomodísimas para alguien con sus problemas de salud.

El hecho de mirar aquella puerta le traía tantos recuerdos que no pudo evitar soltar su primera lágrima. Empezó a notar que le faltaba la respiración y se separó de su madre.

—No sé cómo decírselo– le dijo su madre, abrazándole otra vez, mientras los demás hermanos miraban desde lejos y en silencio… como siempre.

—¿Y ellos?

—Ellos tampoco se atreven a hacerlo.

—¡Cobardes! Nunca se han atrevido a decirle nada. ¿Por qué iban a hacerlo en un momento como este? — preguntó, mirándoles con pena, mientras la mayoría escondían la mirada en el suelo sabedores de que las acusaciones de su hermano eran ciertas.

Ellos siempre habían sido unos cobardes, y su padre siempre les había mantenido a raya, lo que hizo que nunca estuvieran unidos. Cuando Alejandro se fue de la casa el padre fue muy claro con todos. Él aún podía recordar ese momento, que sucedió justamente allí, en ese amplio hall.

Aún podía verse allí, con apenas veinte años, con la cara aún dolorida por aquel bastonazo, y abriendo la puerta mientras su madre le gritaba para que no se marchara. Antes de salir volvió su mirada para maldecir a su padre, pero la cara de miedo de sus jóvenes hermanos le hizo desistir.

—Si te vas de esta casa no volverás a ver a tus hermanos —dijo solemnemente, amenazándole con el bastón con el que acababa de pegarle por culpa de una nueva discusión.

Recordando todo aquello sintió de nuevo dolor, y el aire, mezclado con ese olor tan característico de aquella vieja casa, hizo que estuviera a pundo de perder el control.

—Hijo mío… olvida y perdona.

—Tranquila madre —le dijo acariciando su mejilla —. Hace ya mucho que perdoné, aunque me cueste olvidar.

—¿Me harás ese favor?

—¿ qué quieres, madre? ¿No querrás que se lo diga yo? —le preguntó sorprendido, al ver esa mueca que solía dibujar en su cara cada vez que quería algo de él —. Recuerda que llevo muchos años sin hablar con él.

—Ya. Lo sé, pero ahora es distinto—dijo su hermano.

—¿Distinto? Nada será distinto nunca en esta casa —contestó a su hermano, que no tardó en bajar la mirada al recibir la de Alejandro. Era curioso pero todos allí, incluida la madre, seguían mirando igual que siempre: ninguno miraba a la cara.

—Sí lo es, cariño —dijo la madre —. Todo es ya distinto.

—Pues no lo parece al ver la forma en la que te sigue hablando.

—¿Le has oído?

—Le he escuchado yo y le ha oído medio barrio. Como siempre —dijo, mientras sonaba el viejo reloj de cuco colocado justo bajo la escalera redonda que conducía a la planta superior a ambos lados del amplio hall. Mirándolo se preguntó cómo había podido esconderse allí más de una vez para que su padre no le encontrara… “Ahora no le entraría ni media pierna”, pensó sonriendo. Tampoco pudo evitar volver a mirar la joya de la corona de aquella casa: la doble escalera, construida por el mismo Contreras Maribal, que se abría a ambos lados uniéndose arriba en una sola… ¡Qué maravilla!

—Alejandro, te suplico que entres y que hables con él. Por favor.

—Lo siento, madre. No creo que sea buena idea.

—Por favor, Alejandro… te lo suplico —le dijo finalmente.

—No me suplique usted, madre… Sabe que no lo soporto— dijo cabizbajo, sabedor de que volvería caer en la rendición más absoluta ante esa mirada.

Como solía suceder desde que el mundo era mundo en casa de los Arteloa nadie se atrevió a dar una mala noticia al padre. Todos conocían de sobra su mal carácter. Todos lo habían sufrido ya en demasiadas ocasiones y todos lo temían. Hasta en una situación como esa, todos le continuaban temiendo.

Don Alejandro Arteloa y Guzmán fue siempre un hombre extremadamente duro con todos los que le rodeaban. Era un hombre serio, frío e incapaz de mostrar cariño gratuito, que era como él llamaba a todos aquellos aspavientos de afecto totalmente innecesarios, incluida la sonrisa: su peor enemigo.

Ya siendo niño era también tacaño con los sentimientos. Sobre todo para desgracia de todos los que vivieron a su lado. Aun así siempre hubo alguien a su alrededor que le quiso, o que al menos intentó comprenderle. Muchos fueron también los que le temieron y más aún los que vivieron bajo el yugo de su estricta autoridad tanto en el negocio familiar como en el entorno más cercano.

Entre los que le quisieron estaba su madre, que fue, sin duda alguna, quien más le quiso durante los seis años que compartieron. Así fue hasta que ella murió ahogada en el río que había tras la casa. Él la vio morir, y no pudo hacer nada por salvarla. Él miró desde la orilla, sin derramar una lágrima mientras su madre se iba hundiendo en esas aguas donde había caído al intentar recuperar una pelota con la que ambos jugaban.

En ese selecto y meritorio grupo de gente que le quería también estaba su esposa, y puede que hasta alguno de sus hijos, aunque, a decir verdad, costaría adivinar cuál. Entre los que le temían – decir que le odiaban sería mucho decir – estaban sus hermanas, todas mayores que él, y a las que no veía desde casi el día de su primera comunión cuando tuvo que hacerse cargo de la empresa familiar. En ese segundo grupo también se encontraban sus conocidos, la totalidad de sus empleados, y la mayoría de sus hijos. Así de triste era la historia del hombre más rico, y menos querido de la ciudad, un hombre cuya vida profesional estaba tan llena de éxitos como de fracasos en la familiar.

Don Alejandro, tras la puerta de su habitación, seguía gritándole como siempre, tratándola como su esclava – lo que siempre fue – y despreciándola. Al menos ahora ya no le pegaba.

—¡Maldita mujer del demonio! —Sus palabras atravesaban la madera de la puerta como si fueran puñales, pero ella ya curaba tan rápidamente como era atacada—. ¿Dónde demonios te has metido?

Cogido del brazo de su madre, limpiando una lágrima que caía de su cara, Alejandro entró finalmente en la habitación. Al entrar observó que el olor seguía siendo el mismo que recordaba de su infancia: era una mezcla de humedad, olor a habitación siempre cerrada, y a linimento. Como siempre, la habitación estaba casi a oscuras. Solo unas lamparitas de luz entraban por la persiana bajada, proyectándose en la pared sobre la que descansaba ese tétrico crucifijo que tanto miedo le daba. Junto a esa cama de maderas negras y con amplios doseles perfectamente planchados, había una mesita de noche. El cajón estaba abierto y por él sobresalía un pañuelo con sus iniciales bordadas en azul. Sobre la mesa, una Biblia cerrada, de color azul, con los lomos de las hojas dorados. Sobre la Biblia pudo ver sus serias gafas negras, fuera de su funda, y una pipa con restos de tabaco esparcidos a su alrededor… “El viejo cabrón continúa fumando”, pensó. A su lado había un vaso con apenas unas gotas de agua. También tenía sus huellas marcadas por todo el cristal.

Todo era tan reconocible que casi le hizo quererse alejar… Aquel olor no le gustaba. Nunca le había gustado. Es más, siempre lo había odiado.

Al volver a mirar el rostro cansado de ese Cristo comprendió que había pasado mucho tiempo ya. Ya no daba miedo como antes, aunque sí respeto. La habitación tampoco asustaba como antes. Mientras caminaba podía oír los pasos de sus hermanos detrás, siempre escondidos… Tampoco podía reprochárselo.

DonAlejandro, al verle junto a la madre, no supo reaccionar. Ese silencio le hizo ganar seguridad, pero duró apenas unos segundos.

Los ojos de su padre, agotados, con escaso brillo, parecieron recobrar un vigor que no tenían y se encendieron con un fuego que no tardó en comunicarse con su boca. Gritó. Vaya si gritó… pero, curiosamente, no descargó su ira en Alejandro. Eso le tranquilizó.

 El viejo, cansado y muy delgado, gritó  a sus otros hijos. A unos con más vehemencia que a otros, como siempre sucedió porque, aunque pareciera difícil de imaginar, también tuvo siempre sus favoritos y, sobre todo, sus no favoritos.

Al pequeño Francis le empezó a gritar como siempre había hecho. Le llamó marica de mierda, que era como siempre le llamaba a sus espaldas. También gritó a su esposa, a la que nunca admitió como hija. Asustada, y cansada por unos gritos que no creía seguir mereciendo, salió corriendo, alejándose de la habitación. Nadie podría reprocharle haberlo hecho.

—¡Inútil! —le decía a su hijo, notando su mirada de miedo perdida en la espalda de su madre y de su hermano —. ¡Subnormal, ve a por esa mujerzuela y dile que no llore en mi casa! ¡Que se marche! ¡Esta casa no es digna de alguien como ella!

 —Sí, papá, voy ahora mismo —contestó cabizbajo, aguantando todo un dolor que ya ni dolía, y saliendo de la habitación, dejando allí todo el miedo que seguía sintiendo por culpa de ese hombre al que nunca supo si odió o amó.

—Y tú, Mariana – se dirigió a su hija mayor, esa por la que siempre todos creyeron que sintió algún cariño especial —. ¿Por qué no te quitas esas ropas y todo ese maquillaje, que sigues pareciendo una meretriz?

—Pero papá…

—¡Que te lo quites te he dicho! No quiero que mi hija parezca una meretriz. O te quitas todo ese maquillaje o te desheredaré ahora mismo.

—Lo siento papá – gritó llorando, como cuando era una chiquilla, alejándose una vez más de la larga treintena de años que ya llevaba viviendo.

Alejandro se contenía para no marcharse también. No soportaba ese tono, ni todo ese miedo… Todo eso le era demasiado familiar. Su madre, en silencio como siempre, pero segura como siempre también, apretó sus manos sobre el brazo de su hijo para obligarle a quedarse.

—¡Ernesto, ponte firme, coño… Al final te salió la chepa! – le gritó al más débil de todos los hermanos, ese cuya enfermedad nadie fue capaz de diagnosticar porque todo su mal estaba en su frágil mente, ese sitio en el que los escáneres y las maquinarias del hospital no podían adentrarse. Ernesto, cabizbajo, y tartamudeando como siempre que estaba en presencia de aquel hombre, intentó obedecer la orden, pero su cuerpo ya no obedecía órdenes de nadie.

—¿Y tú qué coño miras?— le preguntó al fin a Alejandro, el mayor de todos, que seguía cogido del brazo de su madre y reuniendo fuerzas para no marcharse de allí, como la vez anterior. Pero esta vez no podía marcharse: se lo había prometido a su madre.

—Tu hijo ha venido a

—Ese no es mi hijo. Mi hijo murió hace mucho tiempo. Mis hijos son estos… no este.

—No digas eso, Alejandro —dijo su esposa.

—Hola, Señor Arteloa—  dijo muy serio Alejandro, sin apartarle la mirada.

—¿Has venido para volver a insultarme en mi propia casa? — le dijo al ver que no apartaba la mirada, que se la mantenía sin miedo, como si fueran dos iguales… Eso era algo que no toleraba: perder el poder no iba con él, y menos con un hijo.

El silencio acabó con aquel olor tan desagradable y se hizo casi ruido. Todos miraban a su hermano mayor, que, esta vez, permaneció callado y sin contestar. Todos sabían que solo él era capaz de enfrentarse a él. De hecho ya lo llevaba haciendo desde su más tierna infancia, y en su juventud, lo que hizo que se alejara de aquella casa.

Era la primera vez en casi cincuenta años que aquel despectivo viejo se mantuvo en silencio. El viejo se calló. No dijo nada. No le volvió a preguntar, pero sus ojos amenazadores no dejaban de hacerlo. Tenía ganas de gritar a su hijo, a ese hijo al que nunca había perdonado su arrogancia y su deslealtad, pero esta vez no lo hizo.

El ya no tan joven Alejandro, aguantando el peso de unas lágrimas que ya no dolían y soportando el peso de las manos cerradas de su madre sobre su hombro mientras sus labios eran mordidos por sus propios dientes, calló pero no dejó de mirarle, desafiante.

­—¿Te ha comido la lengua el gato, valiente de pacotilla?—volvió a gritarle el viejo, tumbado en la cama, incapacitado para moverse, que es lo que quisiera hacer para ir hasta él y darle dos sonoras bofetadas, como aquellas primeras que le dio a la vuelta del colegio.

Alejandro, allí de pie junto a su madre, como aquel día, podía recordar aquel momento que tanto había marcado su vida: su primera paliza. Apenas si tenía diez años y llegaba con su primer suspenso, y en Educación Física. Tembloroso, y casi cuarenta años después de aquello, aún podía recordar todo con claridad… Los mismos olores, los mismos gritos, y esa misma mirada…  Nunca en su vida había tenido tanto miedo como cuando su padre cerró aquel papel dentro de su puño, se acercó a él, y le dio aquellas dos bofetadas que dolieron más en el alma de mamá que en su propio rostro.

Allí, mirando de nuevo a su padre, deseó devolvérselas. Quizás así podría sacarlas por fin de su alma.

—¿No vas a decir nada?— intentó gritar el viejo—. ¿A estas alturas vas a convertirte en un maldito cobarde como el resto de tus hermanos?

—Calla Alejandro, por Dios – imploró su esposa, cogida del brazo de su hijo.

—Me decepcionas una vez más, querido hijo… Y ya son demasiadas.

—No le hables así al niño— dijo otra vez la madre—. No es justo.

—¡Tú calla! Tú no puedes mandarme callar a mí.

—Sí que puede— gritó Alejandro, muy serio—. Esta mujer es tu mujer, y nuestra madre. Si alguien tiene derecho a hablar aquí, esa es ella. ¿Te enteras?

—¿Cómo osas…? —intentó gritarle, pero las fuerzas no se lo permitían.

—Hace mucho que no te tengo miedo… Ya no me das miedo —mintió.

—¡Maldito mal nacido! Si pudiera levantarme te volvería a golpear con mi bastón como hice la última vez.

—Pero no puedes hacerlo. Ya no puedes— fue lo que quiso decirle, acercándose a él, mirándole con extrañas lágrimas en los ojos, y luchando para contener tanta ira contenida. Allí tan cerca de él vio a su padre con miedo por primera vez. Ese hombre ya lo sabía, y estaba asustado. Por eso prefirió callar: por su madre.

Mirándole de nuevo, sonrió. El viejo Alejandro montó en cólera ante esa sarcástica sonrisa. Su hijo le estaba haciendo burla delante de los demás y, lo peor de todo: no le mostraba ningún temor.

Deseó volver a golpearle con su bastón, como hizo la última vez… O mejor aún, cruzarle la cara de un sonoro guantazo como hizo ya el día de las notas. Esa fue la primera de muchas. La mayoría ya olvidadas… Su hijo, en cambio, recordaba cada una de ellas, por eso estaba incapacitado para recordar otras tantas cosas.

—Si pudiera levantarme te ibas a enterar— volvió a gritar el viejo, mientras los demás hijos le miraban alejados, ocultos en la oscuridad de la habitación. Incluso Ernesto y su mujer habían vuelto a entrar, al ver la seguridad de ese hermano que todos sabían que un día le cantaría las ciento sesenta… Cuarenta por cada uno de ellos.

—Si pudiera te cruzaba la cara delante de todos estos mierdas que tienes como hermanos.

—Pero no puedes – quiso decirle una vez más, pero comprendió que no merecía la pena. Mamá no se merecía aquello. Ese día no.

—Lo siento mamá, pero no se lo voy a decir. No merece ni eso— dijo Alejandro, mirando a su madre con dolor.

—¿Decirme qué?— gritó encolerizado el viejo, que parecía haber vuelto a recobrar unas fuerzas imposibles—. ¿Qué tenéis que decirme vosotros a mí?

—Nada, padre… nada— dijo, dándole la espalda, caminando firmemente y saliendo de la habitación—. Lamentablemente, como siempre nos ha pasado, nada tenemos que decir a alguien como usted. Si acaso…

—¿Si acaso qué?— gritó el viejo, tosiendo, intentando incorporarse, y volviendo a toser hasta que volvió sobre su almohada, con mucha dificultad y terriblemente cansado, perdiendo todo su poder—. ¿Qué tenéis que decirme?

—Lamentablemente, padre, ni en este trágico momento para ti tenemos algo que decirle —dijo Alejandro, volviéndose y sonriéndole —. Aunque, quizás sí… Quizás sí que tenga algo que decirte.

Volvió a acercarse hasta la cama. Todos le miraban, y Alejandro le susurró algo al oído mientras los demás miraban extrañados al ver a padre e hijo en aquella situación tan extraña. Era como si el hijo, por primera vez, estuviera venciendo una batalla.  

El viejo – nadie podía creerlo – se quedó sin palabras observando a su hijo mientras salía de la habitación junto a sus hermanos, cerrando la puerta y dejando sola a su madre en el interior.

—Has sido muy valiente diciéndoselo, Alejandro.

—No se lo he dicho. Él ya lo sabe.

—¿No se lo has dicho?

—No.

—¿Por qué no se lo has dicho? — preguntó Ernesto, sin tartamudeo alguno.

—¿Decirle qué? ¿Y para qué?— dijo Alejandro, sentándose en una de esas incómodas sillas del hall.

—Decirle que se está muriendo.

¿Decirle que se está muriendo?— pensó en silencio, mientras miraba esa lámpara de miles de cristalitos que siempre estuvo colgada allí.  

¿Cómo decirle a alguien como su padre que estaba a punto de morir? ¿Cómo decírselo a alguien que ya llevaba varias vidas muerto? ¿Cómo decirle que sus insultos habían dejado de doler? ¿Cómo decirle que nunca le había querido y que le daba igual su muerte? ¿Cómo decirle que él, Alejandro Arteloa Albadalejo, hijo de Alejandro Arteloa y Guzmán, siempre había sido huérfano, al menos de padre?

—A partir de mañana todos seremos más felices—dijo Marga, su hermana menor, esa que casi nunca pronunciaba palabra alguna.

—Esta casa será más feliz—respondió su cuñada —. Eso está claro.

— ¿Y si mañana sigue aquí? — preguntó el tímido Francis —. ¿Y si dura más tiempo?

“Pobres infelices”, pensó Alejandro, mirándoles, sabedor de que cuando el viejo Arteloa muriera todos ellos seguirían viviendo allí, bajo esas cuatro paredes que tanto daño habían hecho y que siempre estarían malditas ya… ¡Siempre!

—A partir de mañana todos seremos un poco más felices.

—¿Felices?—contestó sonriendo, mirándoles y volviendo a callar perdiendo la mirada en la lámpara—. En esta casa nadie podrá ser feliz nunca. ¿Es que no lo veis?

Ellos no lo sabían. O no querían saberlo, pero ese hombre nunca se iría de esa casa… Al menos mientras mamá siguiera viviendo. Todos lo verían siempre dentro de ese olor, reflejado en todos esos muebles y, por desgracia, dentro de ellos mismos. Y, sobre todo, nunca dejarían de verlo en los cansados y atormentados ojos de su madre.

Esa casa estaba maldita, y todos ellos… ¿Aún no comprendían por qué él se había marchado de allí, sin dinero, sin poder, y sin nada que tuviera que ver con la figura de ese hombre que tanto daño le había causado? ¡Ese hombre era su maldición! ¡La de todos!

Alejandro se levantó y se acercó a la puerta. Encendió un cigarrilo y empezó a fumar casi en el jardín, para no molestarles con el humo. Entonces la madre gritó al otro lado de la puerta. Todos oyeron sus gritos, y cómo repetía el nombre de su padre.

Todos menos Alejandro entraron en la habitación. Él prefirió terminar su cigarro.

Pasado casi un minuto Alejandro entró también. Su madre lo estaba esperando y se abrazó a él mientras los demás miraban hacia esa mustia cama.

—Ya se ha ido, cariño. Ya no podrá hacerte más daño… Nunca más.

—Lo sé —contestó aguantando toda su rabia, que no era poca, y no solo con él, sino también con ella, y con todos los que allí había, incluido él mismo.

—Te quedarás, ¿verdad?—preguntó su madre, casi en susurros.

—No, madre. No me quedaré. Tengo que marcharme— dijo, besándola en la frente.

—Pero hijo… ¡Es tu padre!

—¿Mi padre? ¿Está usted segura?— le dijo muy serio y saliendo de la habitación mientras todos le miraban.

—Te guste o no, es tu padre, como lo es de todos— dijo su hermana.

—Eso es. Tú lo has dicho— dijo, sin volverse hacia ellos—. Me guste o no. Y no, nunca me gustó ser su hijo.

Poniéndose bien el sombrero recorrió el amplio hall. Ya nada parecía oler igual. Incluso parecía que entrara más luz por los cristales de la puerta, por la que no tardó en salir. Una vez fuera sonrió, respiró hondo y le pareció escuchar a su fiel Tron al fondo del jardín.

—Adiós, maldita casa— dijo sin soltar una lágrima.

Por suerte para todos los demás lo enterraban esa misma tarde, y todos se sintieron liberados, incluso felices… Para él, en cambio, era un día más. Él hacía muchos años que había conseguido apartarlo de su vida, justo tras la vigésima paliza recibida, esa que juró que sería la última, hacía ya más de treinta años.

Alejandro Arteloa, hijo, salió de la casa, miró a aquel jardín por última vez y se marchó. Con paso firme caminó por aquella calle en dirección al coche en el que le esperaban su bella esposa y su hija, quienes no echarían de menos a quien nunca estuvo.

Al llegar al coche besó a su esposa, acarició el cabello de su hija y siguió sintiéndose igual de huérfano que los últimos veinte años.

—¿Estás bien, cariño? —preguntó su esposa, al verle tan serio.

—Estoy… —contestó mientras metía la primera marcha el y coche comenzaba la ruta de vuelta a su ciudad.

Su mujer acercó la mano y acarició la suya. Alejandro la miró, le guiñó su ojo izquierdo y  siguió conduciendo. No lloró. Tampoco sonrió: ese día no había motivos para llorar… Tampoco, para sonreír, como siempre había pasado en su vida.

Quién sabía si a partir de ese momento…

Saliendo de la ciudad dibujó la primera sonrisa. A su mujer le gustó verla. Alejandro se sintió bien al recordar las palabras que había dicho a su padre al oído, esas palabras que tanto deseaba decirle y que por fin se había atrevido a hacer:

—Usted, el que se creyó toda la vida un gran ganador, quiso hacer de mí un perdedor. Míreme ahora, padre. Es su hora… ¡Su hora de perder! ¿Y sabe usted? Quiero que sepa que hace ya muchos años que me siento un ganador, y fue precisamente por haberle perdido a usted. Sí, padre, ya no soy ese perdedor en el que me convirtió un ganador como usted… Y quería que lo supiera. Ahora, váyase al infierno.

15 comentarios

  1. pues a mí me has enganchado desde el principio hasta el final así que espero una segunda parte de esto. T edoyuna idea cuentanos como se va de esa casa y de su infancia. me encantaría leerlo

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