OTRA HISTORIA “REAL” DE SEVILLA LA NUEVA (TERCERA PARTE)

Hola, vecinos. Antes de nada me gustaría dar las gracias a este maravilloso pueblo por la ayuda prestada. Casi todo el mundo, incluso mucha gente que no conocemos, se ha puesto en contacto con nosotras para preguntar por mi padre y por lo que ha sucedido. Es muy de agradecer teniendo la familia tan lejos… Sabemos también que muchos habéis estado buscando por los alrededores del pueblo: por la Dehesa, por la granja de ovejas, por la hípica, por detrás de los Manantiales… ¡Gracias a todos! No somos de aquí, aunque llevemos aquí ya media vida, y no tenemos familia cerca, y en estos casos se nota… Bueno, a decir verdad, sí que tenemos familia aquí: tenemos unos amigos que son más que familia.

Escribo esto para los que sé que están preocupados: ¡Mi padre ha aparecido por fin! Hace un par de horas han venido dos policías locales de aquí y nos han anunciado que está bien y que está en el hospital. Al parecer alguien lo ha encontrado caminando por la carretera que va a Los Cortijos, desorientado, muerto de frío, y sin saber muy bien qué hacía allí. Le han encontrado tan mal que no era capaz de hablar, no recordaba quién era, ni qué hacía por allí.

Los policías, antes de comunicarse con nosotras, lo han llevado al hospital y allí ha sido ingresado. Han hecho muy bien porque lo primero era la salud de mi padre. Después, los gentiles agentes han venido a casa y nos han informado. Incluso nos han acompañado al hospital. Por culpa de esta pandemia no hemos podido entrar todas a verle. Solo hemos entrado mi madre y yo. Mis hermanas se han quedado en casa, a la espera de noticias.

Cuando hemos entrado en la habitación… ¡Qué pena verlo en ese estado! No parecía él. Me ha recordado a un niño chico. O, peor aún, a un loco: sus ojos estaban perdidos, como idos. Nos ha visto, nos ha saludado tímidamente, pero no ha demostrado alegría alguna… Parecía que no nos hubiera reconocido. Rápidamente nos ha dicho el médico que mi padre está bien físicamente, pero que sufre un trastorno de miedo repentino que le ha bloqueado la mente. No ha perdido la memoria, pero sí se ha quedado petrificado por algo que le ha asustado de tal manera que aún sigue dentro de su visión. Según el doctor, algo le ha pasado esta noche que ha cambiado su percepción de todo. Y le creo porque mi padre parece otra persona, os lo puedo asegurar.

Al entrar nos ha reconocido – creo – pero no ha sido el de siempre. Él suele ser muy expresivo, y en su mirada había miedo.. Sí, eso es lo que yo notado en él: mucho miedo… Demasiado. Al principio no nos decía nada. Nos ha saludado tímidamente. Entonces, mi madre le ha preguntado si nos conoce. Ha sonreído, e incluso ha gastado una broma. Eso nos ha tranquilizado un poco.

-Claro que os conozco -ha dicho muy serio -tú eres mi tía Trini y tú mi tía Mari Pepa.

Las dos nos hemos quedado un poco serias, pero al verle sonreír hemos comprendido que se trataba de una de sus bromas, y eso nos ha tranquilizado un poco. Aun así, a pesar de esa broma tan típica de él, yo he visto en sus ojos ese miedo del que nos ha hablado el médico. Mi madre también.

Durante unos minutos hemos estado en la habitación en silencio. Nadie sabía qué decir, ni siquiera el médico. Mi madre le ha preguntado que cómo estaba y él no ha sabido responder. Ha mirado al médico, luego a mí, y me ha sonreído. “Creo que me estoy volviendo loco”, me ha dicho. Entonces le he abrazado.

Cuando mi madre se ha ido con el médico y nos hemos quedado a solas, no he sabido qué decirle. Él tampoco, y eso que, en condiciones normales, no suele callarse ni debajo del agua.

-¿Y Miguel? ¿No ha venido con vosotras? -me pregunta, cogiéndome las manos con muchos nervios.

-¿Miguel? ¿El peluquero? No.

-Carmen -me dice muy serio -la he visto.

-¿A Miguel? -pregunto contrariada.

-No.

-¿A quién has visto?

-A la estatua. La he visto -dice, con los ojos manchados en sangre de terror -. Ha sido escalofriante.

-¿Me estás hablando en serio, papá? ¿No es otra de tus bromas?

-¿Crees que bromearía con algo así?

-Pues no lo sé… No sueles ser muy serio, que digamos.

Tengo que reconocer que le he creído. Conozco bien a mi padre y, aunque es verdad que siempre está inventando historias y cuentos delante de su ordenador, esto no parece algo de eso. En su mirada de miedo, y en cómo se le eriza la piel cuando habla de eso, hay algo que encierra mucha verdad.

-Hija, la he visto. He visto esa estatua de la que hablaba el viejo. En serio. Te lo juro.

-Yo te creo, papá.

-Lo sé, cariño -me dice susurrando, para que nadie lo oiga -. Te juro que ya me iba para casa. Estaba yo preparándome para irme porque pensaba que allí no había nada cuando, de repente, oí ese ruido del que me hablaba el hombre ese: era el ruido de piedras rompiéndose y moviéndose… Era un ruido increíblemente tétrico. Solo el sonido daba ya un miedo terrible, te lo juro. Entonces, de repente, se iluminó todo junto a la tumba. Pude ver salir a esa estatua de granito de la tierra: primero sus manos, luego sus brazos, su cabeza, su torso… ¡Dios!

-Me estás asustando a mí, papá -le digo al ver esa cara de terror. Parece ido, como si no estuviera allí conmigo. Mira a la pared y se tapa con la sábana, como si esa estatua siguiera allí aún. Yo miro hacia donde él mira pero no veo nada, como es normal, y no quiero darle más importancia porque no quiero agobiarlo más de lo que ya etá.

-Cariño, la estatua, como decía ese hombre, salió de la tumba. Tenía vida. Tenías que haberla visto… Bueno, mejor no. Tú, no -me dice más asustado aún -. Cuando salió de la tierra se puso de rodillas. Aún puedo recordar el sonido de esa piedra a cada movimiento. ¡Dios, era espeluznante! ¡Qué sonido más macabro! Yo la vi limpiar todo aquello, colocar la tierra bien, y dejar bien a la vista aquella lápida semienterrada.

-Pero ¿era una estatua de verdad?

-De verdad de la buena, cariño -me dice, con su tono casi infantil -. Era una estatua de granito, de no más de un metro, pero parecía viva… y mucho más grande. En realidad parecía gigante.

-¿Y qué más pasó? ¿Cómo acabaste aquí?

-¿Aquí? -pregunta desorientado -. Eso es… ¿Qué hago yo aquí? ¡Ah, creo que me trajeron unos policías!

-Sí, menos mal que te encontraron.

-¿Me encontraron? – vuelve a preguntar, mirando de nuevo a la pared, como si esa figura siguiera allí.

-¿Qué miras, papá?

-Nada, hija. No miro nada. ¿Sabes qué pasó? Estaba tan asustado que quise marcharme a casa con vosotras y olvidarme de todo, pero me vio… ¡La estatua me vio!

-¿Y qué pasó?

-Lentamente se acercó a mí. Me miraba con esos ojos de granito… No te lo vas a creer pero, a pesar de ser de piedra, sus ojos me miraban… ¡Y de qué manera! Pero lo peor no era eso: lo peor era ese ruido a roto que hacía al moverse. Era como si, a cada paso, esa piedra se estuviera rompiendo… ¡Era horrible! La estatua se acercó a mí. Yo estaba tan asustado que agaché mi cabeza y la metí entre mis piernas. Entonces noté su mano sobre mi brazo. Cariño, era fría fría, como el hielo e hizo que la mirara. No sé si me sonrió, pero sentí un frío helador por todo mi cuerpo… ¡Por dentro! Era como si me acabara de congelar.

-¿Te hizo algo? ¿Te dijo algo?

-No… Bueno, sí -contesta tembloroso -. La estatua, mirándome con esos ojos extraños, como los de un tiburón cuando muerde a su presa, se llevó uno de los dedos a sus labios, señalando el silencio. No quería que dijera nada. Después me sonrió y me dijo que si contaba algo de aquello vendría a por mí y me enterraría con ellas la noche del siguiente año cuando volviera a salir. De hecho, me dijo que siempre se lleva a alguien con ellas… Parece ser que allí hay enterradas más personas, aparte de esa tal Norma. Así que no puedo contar nada o…

-Vale, papá, tranquilízate -le digo, abrazándome a él y comprobando que tiembla como hacía yo cuando era pequeña. Curiosamente ahora soy yo quien le intenta tranquilizar a él.

Hemos salido del hospital ya. Mi mente no para de dar vueltas mientras nos dirigimos a casa. Mamá no dice nada, ni llora, pero está a punto. Mi padre se va a quedar allí algunos días. El doctor le ha dicho a mi madre que está ido, que sufre un serio trastorno del que no sabe si saldrá, y que lo mejor sería ingresarlo de urgencia en siquiatría porque no responden por él. No sabemos qué hacer. Yo sé que mi padre no está loco… ¿o sí? Sé que no va a hacer daño a nadie, pero ¿y si se lo hace a sí mismo? ¿Y si se queda mal para siempre?

-¿Y si no se recupera? -pregunto a mi madre -. ¿Y si lo que me ha contado es verdad? ¿No sería mejor ir al cementerio, sacar esa estatua, destrozarla, y acabar con aquella maldición?”

-Joder, cállate -me dice mi madre asustada, temblando mientras conduce por la A5, a la altura de Coimbra -. Estás hablando ya como tu padre… Lo de esa estatua es una locura. ¿Es que vas a creerle?

En ese momento recibimos una llamada de teléfono. Es Paloma, nuestra amiga del pueblo. Al descolgar su voz suena por los altavoces del coche con mucha potencia. Su voz se nota preocupada. Hay algo más que simple preocupación por mi padre: se le nota en los suspiros que intenta disimular.

-Hola, Paloma -le dice mi madre, mientras conduce.

-Hola, chicas. Ya me he enterado. En el pueblo, hoy no se habla de otra cosa…

-¿Sí? -pregunta mi madre, más preocupada aún -¿Y qué dicen?

-¿Os ha dicho tu marido algo de Miguel?

-¿De Miguel? ¿De tu Miguel? No. ¿Por qué? ¿Tiene algo que ver en esto?

-Pues no lo sé. No sé nada de él y hoy no ha abierto la peluquería. Recuerdo que, cenando, me dijo que iba a ir con tu marido al cementerio a averiguar no sé qué de una tumba extraña. Por lo visto sí que fue con él. Cuando me he despertado esta mañana pensé que ya se había ido a trabajar, pero no sabemos nada de él. Ha desaparecido.

-No me jodas…

-Bueno, en realidad no es el único: hay más gente desaparecida, gente que no responde a los móviles, o que no ha ido hoy a trabajar -dice Paloma muy nerviosa, con la voz entrecortada.

-¿Todos del pueblo?

-Sí. Nadie sabe nada de Josete ni de de Laura, que, como Miguel no han abierto hoy ni Don Ocio ni la librería. Pili y Raquel tampoco han abierto en Olimonte. El Hórreo, cerrado también. Tu amiga Natalia también ha desaparecido. Carmengon ha ido a por su traje de rociera y no le abre. Tampoco se sabe nada de Miguel, el de las piscinas, ni de Berriguete, ni de Roberto, ni de Edu, ni de Ana… ¡Hasta el pobre Ramón! Estamos todos muy preocupados. ¿No sabe nada tu marido?

-¿Qué va a saber él? -pregunta mamá, casi enfadada… Aunque más que enfadada, está asustada y desconcertada.

-Parece ser que todos ellos fueron a acompañarle al cementerio ayer por la noche. Creo que en el grupo de Facebook del pueblo hicieron una quedada para media noche, y todos los que han ido han desaparecido… Todos, menos él. Asensio me ha pedido tu teléfono. Te llamará en un rato.

– No me jodas -, dice mamá, colgando el teléfono. Creo que es la primera vez en mi vida que la oigo decir un taco, lo que demuestra su miedo. En ese momento toma la salida de la A5, a la altura de Naval carnero. Pasamos el Burguer King, llegamos a la rotonda y da la vuelta entera, volviendo a la A5 de nuevo.

-¿Qué haces, mamá?

-Vamos a hablar con papá… Tiene que contarnos qué ha pasado.

-¿Le crees ahora? ¿Crees toda su historia?

-No sé qué creer, la verdad… No sé qué creer…

Suena otra vez el móvil. Es un número desconocido. Mama me dice que no lo coja… Estamos llegando al hospital. Yo ya sí creo a mi padre. Yo sé que esa maldita estatua es real.

Próximamente: ¿el último capítulo?

6 comentarios

  1. me tienes enganchadusima. Ya sé que es mentira pero me encanta porque soy muy miedosa y me gustan estas historias y al hacerla aqui y con cosas y gente que conocemos es mejor aún. Muchas gracias josaysuscuentos

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