OTRA HISTORIA “REAL” DE SEVILLA LA NUEVA (CUARTA PARTE)

Cuando llegamos de vuelta al hospital notamos que algo anda mal por allí. En el amplio hall hay mucha gente reunida: había médicos, enfermeros, personal de limpieza, celadores y algún policía. Todos están juntos, intentando guardar la distancia, pero resulta muy difícil.

-Señoras -nos dice uno de los guardias de seguridad -lo siento, pero no pueden pasar.

-¿Por qué? ¡Venimos a ver a mi marido! -dice mi madre, muy nerviosa. No hacía ni veinte minutos que habíamos salido de allí y todo estaba muy tranquilo… ¡Qué había pasado?

Los agentes hablan por sus “walkis”, y se pueden oír las conversaciones que provienen desde el otro lado de la emisora: “Atención, atención, perimetren toda la zona. Que nadie entre ni salga de la zona del hospital desde ahora hasta que no aparezcan los ladrones con la estatua”.

-¿Qué ha pasado? -vuelve a preguntar mi madre, cada vez más nerviosa, esta vez a un enfermero que había allí a nuestro lado. Yo creo que las dos estábamos pensando que todo aquello tenía que ver con el incidente de mi padre. No me preguntes el porqué, porque no sabría contestarlo, pero… -. ¿Qué ha pasado?

-La verdad es que no lo sé muy bien -contesta tímidamente y algo nervioso el enfermero.

El jaleo es tremendo en aquel amplio hall. Todo el mundo intenta guardar las distancias de seguridad, y todo el mundo va con su mascarilla puesta, por lo que gritan más de la cuenta. Eso nos permite oír con mayor claridad lo que hablaban el jefe de los policías con el que, sin duda, era el encargado del hospital.

“Lo que no entendemos es para qué han querido robar la estatua del galeno anónimo”, dice el hombre de traje gris y pelo del mismo color: “esa estatua lleva ahí desde que se hizo este hospital”.

Sin saber por qué eso nos tranquiliza un poco a ambas. La estatua de la que hablaba mi padre tenía más de cincuenta años y esa, como el propio hospital, y por lo que decía el propio hombre engominado, apenas si tendría siete u ocho… ¡Qué alivio!

El caos se apodera de aquello, y yo no le veo mucho sentido. “A ver, señores: se trata de una estatua… No han robado el Banco de España”, pienso mientras los policías corren por los pasillos de todas las plantas mientras el personal sanitario sale para dejar todas las salas y habitaciones libres, como ha pedido la policía. Entonces alguien grita: “¡El paciente de la 322 sigue sin aparecer!”

-¡Es la de papá! -gritamos las dos al unísono mientras los dos jefes se dan la vuelta y nos miran sorprendidos. No tardan en acercarse a nosotras con gesto muy serio y funesto y nos invitan a acompañarles a la sala de vigilancia del hospital. MI madre intenta resistirse porque no comprende nada. Todo esto que nos está pasando en una sola mañana es demasiado… ¡Si parece que hubiera pasado un asemana!

-¿Qué está pasando aquí? ¿Y mi marido? -pregunta mi madre mientras seguimos a esos hombres y otros tantos nos escoltan. Nadie contesta. Seguimos caminando detrás de ellos. El silencio de los dos hombres nos asusta: ellos también parecen asustados. Llegamos a una puerta blanca, la abren, y nos hacen pasar a una sala llena de ordenadores y de pantallas: desde allí se controla todo el hospital.

-Siéntense, por favor -nos dice el agente, muy serio.

-¿Dónde está mi marido?

-Sí, ¿dónde está papá?

-Será mejor que vean estas imágenes mientras les explico -dice el hombre que no sabe por donde empezar, ni cómo contar lo que está pasando -. Agente, dele al play, por favor.

-Verán, esta mañana ha pasado algo sorprendente que nos tiene a todos… ¿cómo les diría?

-Estupefactos – dice el director del hospital

-Es una buena palabra – dice el agente mientras nos va contando y nosotras miramos el monitor. La cámara está fija sobre un plano del hall por el que pasa alguna que otra persona. Las restricciones hacen que pase poca gente por allí,y nosotras seguimos mirando.

-Se ve gente -dice mi madre, angustiada, incapaz de comprender nada. En la pantalla se ve parte del hall, en blanco y negro: el suelo brilla, todo parece tranquilo, y alguna persona irrumpe en la escena, pero desaparece al instante. Al fondo hay una estatua. Junto a ella dos bancos vacíos. En la parte superior de la pantalla unas letras y la hora: son las 11:34.

-Espere un segundo -dice el agente, señalando con su dedo -. Fijen su mirada aquí.

-Es una estatua -decimos las dos mirándola comprobando cómo, de repente, desaparece mientras una persona se ve paseando tranquilamente a unos dos metros de ella -. ¡Joder, ha desaparecido!

-¿Cómo es posible? -pregunto yo, aún sobrecogida por el susto -. ¿Es algún truco?

-No, fíjense bien ahora. Agente, rebobine y ponga a cámara lenta – dice, mientras el ruido del rebobinado hace todo más peliculero aún. De pronto la imagen vuelve. Todo se ve a cámara lenta y mi madre y yo nos acercamos más aún a la pantalla. La estatua está allí. Es una figura de granito, de un médico con una bata y una carpeta en su mano. Nosotras nos fijamos en ella. La imagen va a cámara lenta y, de repente, la estatua desaparece de la imagen.

-¡Se ha movido! -grito.

-¿Se ha dado cuenta? -me pregunta el agente.

-¿Se ha movido? -pregunta mi madre -. No entiendo nada. ¿Cómo se va a mover?

-Fíjese bien otra vez. Agente… -ordena amablemente que repita el proceso.

Volvemos a ver la imagen. La estatua está en su sitio. Los pasos de alguien, a unos metros de distancia, hace ver que aquello no es un truco. Todo está en cámara lenta. Los agentes se agolpan a nosotras… Todos quieren volver a ver aquello. De repente, mi madre da un grito y se tapa los ojos con sus manos. En la imagen podemos ver claramente cómo la estatua, aunque parezca imposible de creer, parece girar su cabeza y mover un brazo, como si quisiera saltar de su pedestal, y entonces desaparece por completo, como por arte de magia.

-¿Cómo es posible? -pregunto completamente mareada, incluso con ganas de vomitar. Lo que acabo de ver es algo parecido a lo que mi padre me ha contado unos minutos antes que le pasó en el cementerio. El miedo se apodera de mí… ¡Y de qué manera!

-Sabemos que estuviste hablando con tu padre. Nos lo dijo el doctor Byrne.

-¡Papá! – grito poniéndome de pie, mirando otra vez esa imagen de la estatua. Al hacerlo por tercera vez me fijo más en la estatua que en toda la escena: ¡Se ha movido de verdad! ¡Como si fuera una persona! Entonces, el miedo que siento me hace sentarme.

-¡Denle agua a esta joven! -grita el director del hospital, y un agente me acerca una botellita de plástico, ya abierta.

-¿Qué te contó tu pade?

-¿Mi padre? -pregunto algo desorientada. El miedo de esa imagen me ha dejado bloqueada: lo que acabo de ver es algo inexplicable… ¿Cómo pueden preguntarme ahora por lo que me ha dicho mi padre? ¿Es que no han visto lo que yo? -. ¿Qué tiene que ver mi padre?

-Su padre ha desaparecido. Pon la otra grabación.

Ahora la grabación es desde el pasillo de la tercera planta. Arriba, a la izquierda sale la hora: son las 11:36. Todo parece tranquilo. Por el pasillo no se ve nadie. En la imagen se ven cinco puertas pero nuestros ojos se clavan en la número 322: la de mi padre. La imagen está en cámara lenta y nos damos cuenta porque, de pronto, la puerta se abre y se cierra sola. Antes de cerrarse detienen la imagen y, como en sombras, parece verse la imagen difusa de la estatua entrando en la habitación.

-¡Joder! – exclamo, completamente aterrorizada.

-¿Qué ha pasado? -pregunta mi madre, que no parece haberse dado cuenta.

-¿La ha visto, señorita? -me pregunta el agente muy serio.

-Sí.

-Hemos estado revisando la cinta concienzudamente.

-¿Y? ¿qué está pasando? ¿dónde está mi marido?

-Pues verá… La última persona que entró en la habitación fue la enfermera. Lo hizo a las 11:12 y salió a las 11:13, después de darle su medicación. Desde entonces esa puerta ni se abre ni se cierra más, y su padre estaba allí. A partir de ese momento en el que la puerta se abre y se cierra él ya no está. Ha desaparecido.

-¿Cómo que ha desaparecido? ¿Y cree usted que tiene algo que ver con la estatua?

-¿Es que nos estamos volviendo todos locos? – pregunta mi madre, que no puede creer nada.

-Señorita -me dice el policía muy serio -. Sabemos que su padre dijo haber tenido un encuentro con una estatua en el cementerio de Sevilla la Nueva, donde viven. Sabemos también que nadie le creyó, pero ¿no es demasiada coincidencia todo esto?

En ese momento no sé qué decir. Pienso en todo lo que mi padre me contó. PIenso que yo le creí… ¡Y ahora más! Pero, ¿cómo puede ser todo eso real? ¿No será una maldita pesadilla? En ese momento otro agente irrumpe en la habitación. El jefe le da permiso para hablar.

-No se lo van a creer, pero la estatua desaparecida del hospital fue creada por Norma Avec, que es la mujer de la que habla este hombre de la 322 en el informe que nos ha pasado el médico.

-Pero esa mujer lleva muerta más de cincuenta años -digo -. Y este hospital no tiene ni diez aún. Es imposible.

-La estatua estaba en el hospital de Leganés, abandonada, y la trajeron aquí cuando se construyó este hospital nuevo- lee el agente su informe.

-Señorita Rodríguez, han desaparecido más persona en su pueblo. Esto no es una macabra broma, aunque lo parezca. – me dice muy serio el jefe de policía -. ¿Me va a contar ahora todo lo que su padre le ha contado?

CONTINUARÁ

3 comentarios

  1. te querìa dar las gracias porque se la estoy leyendo a mi madre que está enferma y le esta gustando mucho. Hoy me ha preguntado si ya estaba en el internet la cuarta parte y ayer se la tuve que leer entera. Gracias josa y sus cuentos

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