QUINTA PARTE DE: UNA HISTORIA “REAL” DE SEVILLA LA NUEVA

Ya por la tarde en Sevilla la Nueva acudimos al ayuntamiento donde nos recibe Asensio, el acalde de nuestro pueblo. El jefe de la policía nos ha citado allí porque quiere saber todo lo que me contó mi padre acerca de esa noche en el cementerio. Por teléfono, me cuenta que tiene noticias nuevas del caso.

Cuando le cuento al jefe de policía lo que me ha contado mi padre  todo empieza a tener más sentido. Recuerdo que cuando me lo contó no me creí una sola palabra, a pesar de la seriedad con la que me contaba todo. ¿Cómo iba a creer que una estatua iba a salir de una tumba, se iba a mover como una persona, e iba a ser capaz de hacer todo lo que mi padre me dijo que hizo? ¡Aunque fuera mi padre…!

Pero ahora todo ha tomado otro curso. Es verdad que las imágenes no dejan claro que esa estatua se haya movido sola, tampoco que no hubiera un truco o algo extraño, pero el caso es que llevan más de una hora buscándola, y no aparece por ningún lado… Tampoco nadie la ha visto salir del hospital en ningún momento.

¿Y si era verdad toda esa historia del cementerio de Sevilla la Nueva? ¡Joder!

Al jefe de policía le cuento todo lo que me dijo mi padre. Yo misma me sonrojo al contarle todas esas cosas, pero cada vez se hacen más creíbles. En el despacho del alcalde estamos los tres solos porque mi madre se ha quedado en casa con mis hermanas… ¡Pobre mamá!

Asensio, amable como siempre, me sonríe e intenta tranquilizarme, pero noto que él también está nervioso, como el jefe de la policía… ¡y como todo el pueblo!

Después de contarle todo lo que mi padre me contó le digo algo importante:

—Mi padre me dijo que la estatua le amenazó con ir a por él, y enterrarle con ellas, si contaba algo…

—Y te lo ha contado a ti. ¿Es eso lo que temes?

—Sí —contesto muy nerviosa —. ¿Y si ha venido a por él como acto de venganza por contármelo?

—Es todo tan raro…

—¿A usted también le pasa que no puede creer estar hablando así?

—Sí —me contesta intentando sonreír.

—Tampoco se cree estar hablando de algo así con esta naturalidad ¿verdad?

—Verdad, pero… Todos hemos visto lo de esa estatua. Y tu padre ha desaparecido. Y la estatua también… Te aseguro que no están dentro del hospital y que tampoco han salido. Lo hemos registrado todo. Y aún siguen haciéndolo. ¿Cómo te explicas eso?

—Yo ya sí que creo que esa estatua tiene algo que ver, pero…

—¿Pero?

—No es la misma estatua del cementerio.

—¿Cómo lo sabes? ¿La has visto tú?

—No, pero mi padre me dijo que era una estatua de mujer… La de aquí era un hombre.

—Sí.

— ¿Es que pasa con todas las estatuas? ¿Todas tienen vida propia? ¡Es muy extraño! Parece…

—Una serie de la tele ¿verdad?

—Sí, eso iba a decir.

—Sí, pero no olvides algo importante: la escultora muerta en tan extrañas circunstancias hace ya cincuenta años era una bruja… O eso decían entonces.

—¿Cree usted que realmente lo era?

—Yo ya no sé qué coño creer, cariño. Pero esto es tan extraño…

—Yo siempre oí algo raro de esa tumba, pero nunca la había llegado a ver —interviene Asensio, cada vez más serio y preocupado —. También había escuchado hablar de la escultora francesa, que no escocesa, pero era un tema tabú… ¡Todos tenían miedo de hablar de ella!

—¿Por qué?

—Al parecer, aunque nadie habla de ello, era una mujer muy mal vista aquí. Nadie quería ver a Norma por el pueblo, pero a ella le daba igual. Decían que tenía un pacto con el diablo y que por eso esculpía tan bien. Parece ser que una noche ajustaron cuentas con ella por algo que pasó en el pueblo. De esto nadie ha querido hablar nunca.

—¿Y quién se lo contó?

—Pues una de las mujeres más inteligentes del pueblo. Se llama Pilar, y era la dueña de la librería del pueblo. Ella siempre sospechó algo e investigó por su cuenta durante mucho tiempo. Ella siempre estaba leyendo e investigando…Ya le digo que era una mujer muy inteligente.

—Joder —exclamo —. Ahora sí que parece una serie de terror.

De pronto alguien entra y llama al alcalde. Este sale y al momento entra. Nos mira con extrañeza… Algo ha pasado.

—Tengo buenas noticias.

—¿Y? —pregunta mientras los demás esperamos impacientes.

—Han aparecido los desaparecidos del pueblo

—¿Todos?

—Sí, todos.

—¿Mi padre también? —pregunto esperanzada.

—No, tu padre no. Lo siento.

—Ha aparecido Josete, el dueño de la tienda de informática; también Miguel, el dueño de la peluquería; Pili y Raquel, las dos hermanas de la inmobiliaria Olimonte; Miguel, el de las piscinas; Natalia también, la costurera flamenca; y las otras cinco personas que decían haber desaparecido…

—¿Dónde han aparecido? ¿Cómo? ¿Qué dicen?

—Han aparecido todos en su casa, justo hace un momento. Me lo acaba de comentar el jefe de la policía local —. Creo que han entrado en sus casas como si nada…

—¿Quiere decir que no sabían que habían desaparecido?

—Eso es. Según ellos no sabían de donde venían… No recordaban nada del cementerio ni del padre de esta muchacha… Según ellos, no habían estado con él en ningún momento.

—¿Son conscientes de que habían desaparecido casi un día de sus casas?

—No.

—¿Y no recuerdan nada de nada?

—Nada. Es como si todas esas horas hubieran desaparecido de sus vidas…

—¿Y mi padre?

—De tu padre no sabemos nada. Lo siento mucho —me dice el alcalde, pasando su mano por mi hombro e intentando tranquilizarme con su sonrisa.

—A tu padre lo encontraremos. Ya lo verás —me dice el jefe de la policía —. Pero primero tenemos que ver a esta gente… Es todo muy extraño.

Toda la tarde la pasamos entrevistándonos con los desaparecidos. Todo parece muy normal para ellos, que actúan como si nada hubiera sucedido. Ellos mismos están sorprendidos por lo que les cuenta el capitán, e incluso se ríen, pensado que se trate de una broma.

—¿De veras está usted hablando en serio? —es la respuesta que hacen todos en forma de pregunta cuando les cuenta lo que ha sucedido en esa noche, esa mañana y parte de esa tarde.

Solo hay algo que hace todo más extraño para la investigación: a todos se les ha perdido su carné de identidad y ninguno sabe dónde está.

—¿No es extraño que se les haya perdido a todos? —pregunta el jefe de la policía al alcalde, mientras yo sigo totalmente desconcertada… como ellos, creo.

—¿Y ahora qué? —pregunta el alcalde —. Está anocheciendo.

—Pues tendremos que hacerlo…

—¿El qué? —preguntó asustada —. ¿No estará insinuando que…?

—Sí, tendremos que ir al cementerio esta noche y mirar en esa tumba.

continuará

2 comentarios

  1. al menos has salvado a toda esta getne tan maravillosa pero creo que esto no puede acabar muy bien. Espero que no sea un sueño como el resines

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  2. Joe Josa! Ahora cuando vaya al cementerio a ver a mi padre,me va a dar más yuyu todavía…
    Justo en costura estábamos hablando de tí y en ese rato has publicado la parte 5.¿Casualidd?
    Ya no duermo…

    Me gusta

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