SEXTA Y PENÚLTIMA PARTE DE “OTRA HISTORIA REAL DE SEVILLA LA NUEVA”

Algo agotados salimos del ayuntamiento. La plaza está a rebosar de gente, a pesar de la pandemia tan pesada y tan larga. Aun así la gente guarda su distancia. Hace muy buen día y es primavera. Las terrazas del Museo, del Estanco, y del Gallo están a rebosar. Algunos niños juegan en el centro. Al vernos salir todos nos miran: el hecho de que haya tanta policía en el pueblo no es algo normal.

—Estoy pensando que podíamos ir a la librería de esa mujer que me dijo antes —dice el jefe de la policía cuando salieron del ayuntamiento.

—¿Quiere usted hablar con Laura? —pregunta Asensio, el alcalde de Sevilla la Nueva.

—Sí. No tendremos el permiso para desenterrar la tumba de Norma hasta dentro de un par de horas… Mientras, esa mujer podrá darnos más información. Pero ¿no dijo usted que se llamaba Pilar?

—Sí. Laura es la hija. Por desgracia para este pueblo, nuestra querida Pilar falleció hace poco.  Nuestra maravillosa Librería Milano la lleva ahora Laura, que es encantadora como su madre. Además, si quiere, podemos aprovechar y acercarnos a ver a Miguel.

—¿Quién es Miguel?

—Es el peluquero del pueblo… Él es uno de esos que fue con su padre al cementerio.

—Sí, por favor.

Caminamos por la plaza. Todos miran extrañados al jefe de la policía y a los demás agentes: Sevilla la Nueva no está acostumbrada a tanto “trajín”. La terraza del Museo está a tope. Antonio nos saluda amable y tímidamente mientras saca una bandeja llena de cervezas y de tapas. Una amplia cola espera guardando la distancia frente al estanco. A la derecha nos mira también mucha gente sentada en la terraza del bar El Estanco. ¡Somos la atracción del día! ¡Nadie habla de otra cosa en el pueblo!

Avanzamos por la calle Constitución.

—¡Qué casa más bonita! —dice el agente mirando el palacete rojo de la esquina.

—Es la casa de la familia de Pilar y de Raquel, también desaparecidas ayer.

Seguimos caminando hasta llegar a otra plaza. La gente sentada en la terraza “del Peque” saluda al alcalde también. Por fin llegamos hasta la librería, pero el policía nos pide entrar primero en la peluquería. Por suerte Miguel no está atendiendo a nadie – ¡y ya es raro!

Al vernos nos saluda amablemente. Entramos. El jefe de policía habla con él. Miguel está muy tranquilo, y le cuenta que no recuerda nada… Ni siquiera haber ido al cementerio, como le dicen que hizo.

—¿De veras no recuerda usted nada de eso?

—Nada de nada, se lo juro —contesta Miguel, mientras sale Paloma de la trastienda y nos saluda también.

—Miguel ha llegado a casa como si viniera de trabajar —dice Paloma —. Y llevaba un día entero casi fuera.

—¿Y no recuerda nada de todas esas horas? ¿Nada?

—Yo creo que vine a trabajar… Al menos eso es lo que creo, la verdad.

—Este hombre no miente —nos dice el jefe cuando salimos de la peluquería —. Yo ya sé cuando alguien miente y cuando no por sus gestos, y este hombre estaba diciendo la verdad.

—¡Qué raro todo! —dice Asensio.

—Sí, pero ¿sabe? No es el primer caso que vemos así, aunque no se lo crea.

—¿De veras? —pregunto yo, sorprendida —¿Ha visto usted más casos sobrenaturales?, ¿casos de…?

—¿De fantasmas? —pregunta sonriendo.

—Sí —contesto.

—Te sorprenderías, querida —me dice mientras entramos en la librería. Antes de entrar el alcalde le señala al escaparate, diciéndole que el hombre de la foto al lado de esos libros de “Superaceta” es mi padre.

Al verle en la foto me emociono, y le recuerdo en ese vídeo con su amiga Ana, la concejala que le hizo tan bonita entrevista.

Al entrar en la librería Laura nos está esperando con una carpeta llena de recortes.

—Les estaba esperando —nos dice muy seria y temblorosa —. Mi madre siempre me contó esta historia pero, la verdad, nunca la terminé de creer. Ella estaba muy interesada, y durante muchos años estuvo buscando información en los registros municipales, en la Casa Grande, y por todos lados… Mi madre siempre estuvo convencida de la existencia de esa tumba y de su…

—¿De su maldición? —pregunta el jefe de policía.

—Sí, de su maldición: la maldición de la tumba de Norma. Así la llamaba ella.

El jefe de policía se acerca a Laura, se adentra en el mostrador y empieza a leer todos esos documentos, a ver todas esas fotos que tiene Laura guardadas y habla con ella, mientras Asensio y yo miramos alucinados. Laura sabe de ese tema mucho más de lo que habíamos imaginado.

Según cuenta – siempre leyendo -Norma llegó al pueblo hacía cincuenta y un años. Venía de Madrid, de donde decían que había tenido que huir acusada de brujería… ¡en pleno siglo XX! Según decían algunos documentos, y algunas fotos de la época, esa mujer frecuentaba la noche madrileña por sus barrios más oscuros y siempre andaba metida en temas turbios sobre desapariciones de hombres. Esos hombres desaparecían y nunca más se sabía de ellos.

Reconozco que al escuchar eso me asusto más y pienso en mi padre. Laura se da cuenta e intenta tranquilizarme: “Tranquila, esa mujer murió hace cincuenta años ya”.

Norma era una mujer muy respetada en el mundo del arte debido a sus espectaculares estatuas de arcilla: eran perfectas. Algunos recortes de periódico hablaban de que esas estatuas parecían vivas, y que, curiosamente, se parecían bastante a esos hombres desaparecidos en tan extrañas circunstancias.

Recorte tras recorte, todos encontrados por Pilar, hablan de lo mismo: Norma y sus famosas estatuas guardan un secreto que nadie se atreve a desvelar. Todo el mundo parecía sospechar de ella y de sus estatuas, pero nadie pudo demostrar nunca nada.

Fue detenida en muchas ocasiones porque la habían visto con los desparecidos, pero nunca pudieron encontrar una sola prueba que la incriminara en esas desapariciones.

Cansada de aquella vida huyó de Madrid y fue a parar a Sevilla la Nueva, donde quiso pasar desapercibida y vivir una vida más tranquila. Y así fue durante un tiempo, hasta que un vecino sevillanovense desapareció misteriosamente. Curiosamente, la última vez que lo vieron fue con ella.

Pilar había estado estudiando detenidamente ese caso y varios más. No fueron menos de cinco los vecinos desaparecidos en ese año: uno de Brunete, dos de Navalcarnero y otros dos de Sevilla la Nueva. La gente empezó a sospechar. También había comentarios sobre ella y las relaciones que tenía con algunos de los hombres del pueblo.

—Mirad —dice el jefe, cogiendo un papel escrito a mano por la propia Pilar —. Una noche, hace justo cincuenta años, se vio a un grupo de mujeres salir de la plaza del pueblo en dirección de la casa de Norma. Diez mujeres salieron de sus casas a media noche, mientras sus maridos dormían, y nadie supo dónde iban. Parece ser que una de ellas, arrepentida, dejó escrita una carta antes de morir. ¿Y quién tenía esa carta en su poder? ¡La buena de Pilar!

En dicha carta, esa mujer reconocía que ellas mismas habían ido esa noche a dar una lección a la mujer que estaba acabando con la paz de ese pueblo. Al parecer, según decía la propia carta, se les fue un poco de las manos: Norma no se amilanó y las amenazó a todas, llegando a sacar un revólver. En un descuido, una de ellas la golpeó con un candelabro en la cabeza, provocándole la muerte.

Parece ser que, después, la enterraron en el cementerio, que estaba muy cerca de su casa, justo donde está ahora el Pueblo Artesano.

—Como sospechaba —dice el jefe de la policía.

—¿Qué sospechaba? ­—pregunto totalmente aturdida.

—Conozco este “modus operandi” —dice el jefe —. No es la primera vez que veo algo así.

—¿Me está diciendo que cree todo esto que tiene aquí mi madre?

—¿Usted no? —pregunta el jefe.

—La verdad es que, en el fondo, siempre lo creí.

—¿Quiere decir que es una maldición de verdad? ¡No puede ser! —decimos Asensio y yo al mismo tiempo. Estamos en pleno siglo XXI… ¿Cómo vamos a creer a estas alturas en fantasmas?

—Estamos ante un caso claro de un espíritu vengativo… Esta noche, cuando abramos esa tumba, os lo demostraré.

—¿Y cuándo vamos a ir? Ya está anocheciendo.

—No podemos aún. Tenemos que esperar a que lleguen…

—¿Quién?

—Los especialistas.

—¿Qué especialistas? —pregunta Asensio asombrado también, quien no puede dar crédito a lo que está viendo.

—Son los hombres de mi brigada. Ellos traerán todo el material que necesitamos. Por si no se han dado cuenta, esto no es un caso normal… Esto es algo paranormal. Pero tranquilos, ya les he dicho que no es la primera vez que nos enfrentamos a algo así.

—Yo no pienso ir —digo, cada vez más asustada.

—Ni se lo recomiendo —me dice el jefe de la policía —No es muy agradable de ver. Lo mejor es que ustedes se queden en el pueblo. Gracias al toque de queda de la pandemia no tendremos que decirles que obliguen a la gente a quedarse en casa… No es conveniente que alguien se acerque al cementerio esta noche.

Próximamente, el último capítulo.

Próximamente, el último capítulo.

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