SÉPTIMO Y ¿ÚLTIMO? CAPÍTULO DE: UNA HISTORIA “REAL” DE SEVILLA LA NUEVA

Puede ser una imagen en blanco y negro de árbol, al aire libre y texto que dice "Una historia "real" de Sevilla la Nueva"

Han pasado dos días ya desde aquella noche. Aquí estoy, acompañada por Asensio, nuestro alcalde, que no se ha separado de mi madre ni de mí en un solo momento, y del jefe de policía, que, al final, es más agradable de lo que pareció en un principio. Lleva toda la mañana atento a nosotros, ofreciéndonos café, agua o cualquier otra cosa que nos apetezca: eso me mosquea.

Este hombre sabe algo más de lo que nos ha contado. Se le nota en la cara y en la forma en que nos mira y nos trata: ahora es mucho más cortés y cariñoso… ¡Es como si supiera que la que nos viene encima es de órdago!

Nos han citado a las diez y media, pero los cuatro estamos aquí, en el frío laboratorio central de la Guardia Civil, desde antes de las diez. Mi madre y yo llevamos despiertas desde… ¿acaso hemos dormido algo? ¿Cómo vamos a dormir después de todo lo que ha pasado, sabiendo que en breves minutos nos pueden decir definitivamente qué ha pasado con mi padre? ¡Joder, qué miedo!

—Habéis dormido algo? —nos pregunta Asensio. El baile de su rodilla nos muestra su nerviosismo. Es agradable tener a alguien así cerca, y eso me hace pensar en mi padre, que nunca le votó a pesar de saber que le parecía un estupendo alcalde… ¡Cosas de mayores y de sus sectarismos!

—No, no hemos dormido nada —le contesta  mi madre, forzando una sonrisa que no le sale mientras observa el vaivén de la pierna del alcalde.

—Normal — dice, haciendo bailar ahora la otra rodilla —. Si no he dormido yo ¿cómo vais a dormir vosotras?

La espera se hace interminable. El pasillo grisáceo, oscuro y apenas sin mobiliario hace que mi estado de ánimo se contagie de su tristeza. Mi madre y yo estamos sentados en un banco de madera, muy viejo y repintado demasiadas veces. Mi manera de vencer el miedo es jugar con la uña de uno de mis dedos sobre las láminas rotas de pintura sobre la madera: las voy arrancando suavemente… Eso me relaja. Frente a nosotras está sentado Asensio, que no deja de  buscarnos con su sonrisa. El jefe de policía no deja de pasear de un lado al otro del pasillo, acercándose hasta la ventana del fondo. Se le nota que tiene mono de tabaco, pero sabe que allí no se puede fumar.

Viéndole pasear así me recuerda a aquella fatídica noche de hace dos días, cuando fuimos al cementerio de Sevilla la Nueva para intentar solucionar aquel misterio.

A pesar de que me aconsejaron – y no solo el jefe, sino todos sus subordinados – que no era buena idea que fuera hasta allí, yo no podía perderme aquello. ¡Yo tenía que estar allí! ¡Joder, era mi padre!

No pudieron convencerme. Cuando salimos de la librería de Laura no podía dejar de pensar en todo aquello que vimos en aquellos papeles. Para hacer tiempo nos acercamos al Tabanco, uno de los bares que tanto gustaban a mi padre.

Norma, aunque me costara creerlo, tenía una especie de pacto con el diablo, o como quieras llamarlo. El jefe de la policía estaba completamente convencido, y eso me hizo alejar todas las dudas que tenía sobre algo en lo que nunca había creído… ¡nunca!

—¿Crees que estoy aquí por casualidad? —me dijo.

—La verdad es que no sé qué creer.

—Te entiendo. Nadie cree en esto hasta que lo ve. Por eso casi sería mejor que no vinieras… Eres muy joven aún, Carmen.

En ese momento se acercaron dos mujeres mayores a saludarnos. Yo no las conocía, pero Asensio sí, que se levantó amablemente a saludarlas. Una de ellas me miraba muy seria. Me daba miedo porque su mirada era fortísima. Mientras una hablaba sobre lo que había pasado en el pueblo, intentando averiguar si todo era verdad, o meras invenciones, la otra no dejaba de mirarme.

Las dos mujeres solo habían venido a cotillear, o eso es lo que creí. Pero todo cambió cuando la mujer que me miraba, abrió su boca:

—Yo vi a tu padre esa tarde en la plaza. Estaba con tu hermana pequeña, que jugaba con sus amigas.

—¿Le conocía usted?

—Este es un pueblo muy pequeño. Aunque no lo creáis aquí os conocemos a todos. Además, tu padre ese día…

—¿Qué pasaba con mi padre?

—Tu padre estaba hablando con un fantasma —dijo muy seria.

—¿Y cómo sabe usted…?

—Déjala hablar —intervino el jefe, haciéndome callar —. Cuénteme eso, señora.

—Cariño —dijo la mujer, mirándome e intentando tranquilizarme con su sonrisa. Era una mujer mayor y muy guapa, de corto pelo blanco, perfectamente peinado, y con una voz muy dulce —. Yo estaba en la plaza con mis amigas, sentada junto a la iglesia…

—Continúa, Montse — dijo Asensio, intentado tranquilizarla.

—Me llamó la atención verle al lado de la biblioteca, sentado en un banco, porque estaba hablando con alguien de manera muy acalorada. No estaba enfadado, pero se veía que estaba preocupado, o que algo iba mal… Se le notaba en los gestos.

—Sí, sabemos que esa tarde estuvo hablando con un hombre del pueblo que le contó toda esa historia del cementerio —dije.

—Eso es lo extraño, y lo que me llamó la atención, cariño —dijo más seria.

—¿Conoces a ese hombre que hablaba con él, Montse? —preguntó Asensio.

—No.

—Vosotras conocéis a todo el mundo, y se supone que era alguien de vuestra edad.

—Es que… Verás…

—¿Quién era, por dios? —le pregunté nerviosa

—No era nadie —dijo muy seria.

—¿Cómo que no era nadie?

—Tu padre estaba hablando solo. No había nadie con él… Por eso me llamó tanto la atención. Yo conozco a tu padre, y le tengo mucho cariño, pero me dio miedo verle hablando así, solo, con un fantasma —dijo empezando a llorar, visiblemente nerviosa y emocionada.

—Muchas gracias, señora —dijo el jefe mientras Asensio las acompañaba hasta su portal, que estaba justo al lado del bar. El jefe me miró e intentó sonreírme, pero no pudo… Empezaba a cogerme cariño.

La buena mujer, antes de irse, miró muy seria al jefe de policía, y volvió a hablar: “Los que somos de aquí de toda la vida sabemos de qué va esto, señor agente. Ese hombre está en peligro…”

Hubo un silencio sepulcral en la terraza. Todo el mundo, escondido entre el silencio de sus mascarillas, había estado pendiente de aquella conversación. El jefe de la policía no sabía qué decir, pero se le veía más seguro aún.

—Usted cree a esa mujer, ¿verdad? —le pregunté.

—Sí.

—Tengo que saber qué le ha pasado a mi padre. ¿Usted cree que está vivo?

Su silencio me terminó de romper por dentro.

—Por lo que sé de estos casos, y te aseguro que hay más de los que veis en la televisión, tu padre ya no está entre nosotros. Pero puede que aún haya una oportunidad.

—No le veo muy seguro.

—Es que ya he visto esto otras veces, y todo cuadra…

—¿Sí?

—Sí —me responde muy serio, bebiendo de su refresco, mientras María, la simpática y risueña camarera, coloca sobre la mesa un plato de patatas.

—Esto es para ti, cariño —dice con ese tono angelical y gallego. Me sonríe. No puedo evitar devolverle la sonrisa: hay sonrisas que son así. Eso me vuelve a traer a mi padre: le encantaba ese bar, y siempre nos llevaba a mí y a mis hermanas a tomar un mosto mientras él conversaba con su amigo Lucas —. El hecho de que hayan aparecido todos, y que a todos se les haya extraviado el DNI es algo muy común en estos casos.

—¿Por qué es común? —pregunta Asensio, que está tan perdido como yo.

—Es difícil de explicar.

—Inténtelo.

—Creedme, aún no estáis preparados para creer algo así: no nos han preparado para ello.

—¿Ellos también han sido ¿abducidos? Por esa estatua?

—Abducidos… Buena palabra, pero no es eso. Ellos fueron con tu padre: eso está claro. ¿Qué pasó allí? En los whatsap que te envió tu padre no dice nada de ellos. Es más, parece como si estuviera solo.

—En realidad se los mandó a mi hermana Cruz.

—Eso es lo de menos. Ellos estaban allí, con él, y todos han vuelto…

—¿Del más allá? —pregunté sorprendida yo misma.

—No, ellos no han llegado a estar muertos del todo…

—¿Qué quiere decir con eso de “del todo”?

—Verás. No es el primer caso de estos con estatuas. La mayoría de las estatuas que vemos en el arte han sido hechas así, pero es difícil de creer. Ha pasado a lo largo de la historia. ¿Por qué crees que son tan reales algunas de ellas?

—¿Quiere decir que todas las estatuas son obra de un pacto con el diablo?

—Todas no… Algunas – la gran mayoría – sí. Ya os he dicho que he tratado muchos casos como este,y casi todos están relacionados con brujería. Yo no hablo del diablo, o del demonio, pero sí que es un pacto con algo oscuro que aún no hemos conseguido descubrir. Y, como os he dicho, pasa mucho. Y casi siempre suele estar relacionado con una estatua. Otras veces, con un cuadro.

—¿Cómo el retrato de Dorian Gray? —pregunté.

­—Sí, algo parecido a eso. Estas estatuas cobran vida por arte de un pacto oscuro del artista con ese ser, pero a veces ese pacto sale mal, o pasa algo que hace que todo se convierta en peligroso, como ha pasado aquí. Como hemos visto en la librería a Norma  la mataron antes de cumplir el pacto que tuviera con ese ser…

—¿Qué pacto?

—No lo sé. Es algo que nunca conseguimos averiguar. Si tu padre estuviera vivo nos lo contaría porque tu padre habló con ese fantasma que, sin duda, lo sabría.

—¿Y quién era ese fantasma? ¿Otra víctima de Norma y de su estatua?

—Eso me temo. Creo que ese fantasma utilizó a tu padre para acabar con su condena.

—¿Cómo?

—¿Recuerdas lo que te dijo tu padre? ¿Recuerdas que te dijo que si contaba algo la estatua iría a por él y lo condenaría para siempre con ellas?

—Sí, pero mi padre me dijo que no contaría nada. Y yo le creí.

—Ya, pero tu padre ya lo había hecho, y ya había faltado a su palabra.

—¿Diciéndomelo a mí?

—Eso es. Ese fantasma, viendo que tu padre había visto la tumba, le buscó en la plaza, engañándole, y haciéndole ir hasta el cementerio esa noche en la que la estatua saldría. Así tu padre ocuparía su lugar y él quedaría libre.

—¡Qué cabrón! —dijo Asensio —. Perdón.

—¿Y los demás? ¿Por qué ellos sí están aquí? ¿La estatua no les mató?

—Sí y no. En muchos otros casos lo hemos visto. Nosotros les llamamos “fantasmas colaterales”: se trata de gente que siempre se encuentra cerca de todo, pero que nunca llegan a entrar de lleno en nada. Seguramente la estatua los cegó.

—¿Qué quiere decir eso?

—Perdonad, es el argot nuestro. Cuando la estatua sale y alguien la ve ella solo se hace cargo del que ha ido allí a por ella: el que osa. Los demás no le interesan, y se supone que les borra la memoria, o les duerme, o vete tú a saber… No lo sabemos porque nunca, nunca, recuerdan nada. Eso sí, sabemos que han estado allí porque a todos les desaparece algo: suele ser su DNI.

—¿Y por qué el DNI? ¿Acaso los colecciona?

—No. Parece ser que necesita robarles algo externo, pero algo que sea tan suyo como ellos mismos. Antiguamente, por los datos que tenemos, se quedaban con cosas personales, o de sus oficios, pero ahora lo más de uno es el DNI… O eso pensamos.

—Entonces, ellos no están muertos.

—No del todo, no, pero algo de ellos sí que ha muerto para siempre.

—¿Y mi padre?

—Tu padre, cariño, es la víctima del engaño de ese fantasma, y ahora de Norma y de su estatua. Ese fantasma que habló con tu padre era el del último hombre que vio a esa estatua. Ha estado vagando hasta que ha engañado a tu padre.

—No me puedo creer que esté oyendo todo esto y no salga a correr. Es todo una locura.

—Lo sé.

Esa misma noche fuimos al cementerio. Con grandes focos iluminaron el campo santo y varios hombres cavaron sin descanso hasta que apareció la primera gran piedra.

—Ya hemos llegado a la estatua —dijo uno, mientras los demás cavaban con más cuidado para no romperla. Poco a poco pude ir viendo la estatua. Era preciosa. Era la estatua de una mujer. La miraba absorta, como poseída, esperando verla moverse en cualquier momento. Mi estado de nervios era tal que a punto estuve de desmayarme… ¿Estaría realmente mi padre allí?

La estatua no era muy grande, pero era espectacular. Era de un solo color, pero sus facciones y esos ojos blancos parecían comunicarse… ¡Era espectacular!

—Mire, jefe —gritó uno de los agentes —. Aquí están los carnés de identidad más recientes.

—¿Son los de los vecinos? —preguntó Asensio, mientras el agente leía sus nombres, uno a uno, y Asensio y yo nos mirábamos, corroborando que eran todos y cada uno de ellos, y de ellas. Al menos ellos estaban en casa, y a salvo.

Los agentes seguían escavando mientras yo iba muriendo a cada palada que daban. ¿Qué me iba a encontrar allí? ¿una pista que nos llevara a mi padre?, ¿su cadáver? ¡Joder, aquello era demasiado para mí! Quería que todo acabara ya.

Excavando encontraron algún que otro DNI, todos muy viejos. También unas tijeras, una camisa de cuadros totalmente destrozada, un mechero de yesca, un sombrero… ¡Todo deteriorado por el paso del tiempo!

La estatua estaba ya casi fuera del todo – tan solo faltaba un poco de sus pies – cuando los agentes toparon con el ataúd de Norma.

—Jefe, ya lo tenemos.

Rápidamente consiguieron desenterrarlo entero. Era una caja improvisada, con tapa clavada con clavos, y bastante pequeña. Al abrirla pudimos ver los esqueletos de no menos de cinco cuerpos.

—¿Por qué hay tanta gente enterrada ahí? —pregunté más tranquila, al ver que mi padre no podía estar ahí. Esos esqueletos llevaban ahí no menos de cuarenta o cincuenta años. Mis ojos se clavaron en el cráneo de larga cabellera a su alrededor. Sin duda, se trataba de Norma. La maldije.

Siguieron excavando y no encontraron nada más.

—Bien, tu padre no está ahí —dijo Asensio —. Aún podemos encontrarle con vida.

El silencio del jefe volvió a demostrarme que había algo más, algo que no quería decirme, pero que intuí: mi padre no estaba vivo.

Cerraron la caja, recogieron todo lo encontrado y cargaron la estatua al camión. Todo se lo llevaron al laboratorio central de la Guardia Civil, y allí sería todo examinado. En un par de días nos darían los resultados de toda la investigación.

Y aquí estamos, esperando. El jefe es el que lleva toda la investigación, y, según dice, solo le falta el informe definitivo para cerrar el caso. Yo no lo entiendo. ¿Cómo va a cerrar el caso si mi padre no ha aparecido aún?

Mientras esperamos recuerdo las noches de  pesadilla que me ha provocado esa maldita caja y esos esqueletos. La imagen de Norma, con su larga melena, acurrucada, con sus articulaciones flexionadas para que pudiera caber en esa caja, y los demás esqueletos a su alrededor eran tan tétricos como demoledores…. Por suerte, mi padre no podía ser ninguno de ellos.

El jefe sigue dando vueltas por el pasillo, nervioso. Entonces se abrió la puerta de la oficina y nos hicieron pasar.

—Ya tenemos el informe. Efectivamente se trata de Norma Ran, fallecida y enterrada hace cincuenta y dos años. Hay cuatro cuerpos más, pero no hemos podido cotejar sus identidades.

—¿Y las fechas de esas otras muertes?

—Todos fueron enterrados, curiosamente, hace cincuenta y dos años.

—¿Todos? —pregunté sonriendo, dando gracias a dios.

—Sí, todos. Pero hay algo más —dijo el científico mientras el jefe apartaba su mirada de la mía, llevándola al suelo —. El esqueleto de uno de ellos corresponde al hombre que buscabais.

—Es imposible —dijo Asensio.

—Lo siento mucho. Sé que es difícil de creer, pero el hombre al que buscan lleva enterrado ahí cincuenta y dos años… Lo hemos cotejado con las muestras de sangre que nos han dado de esta chica y coinciden: es su padre.

—¡No puede ser! —grito, quitándole el informe de la mano y leyendo que, efectivamente, se trata de mi padre. Es el único que han podido reconocer porque solo tenían restos de mi sangre para cotejar.

—Carmen…

—¿Quiere que me crea de verdad que mi padre lleva enterrado cincuenta y dos años? ¿Cómo puede ser posible si yo no he cumplido aún los dieciocho? ¿Alguien puede explicar semejante locura?

—Ojalá pudiéramos, cariño. Lo siento mucho —dice el jefe de policía, acercándose a mí y abrazándome mientras rompo a llorar —. Ya te dije que esto sería muy difícil de creer. Lo siento, pero todo ha acabado.

—Papá…

FIN.

¿Continuará?

9 comentarios

  1. reconozco que no soy muy lector y por eso mi opinion no sera importante pero que sepas que me ha encantado y has hecho que me lo lea entero y me ha gustado mucho el final

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