EL VIEJO VINILO DE SEVILLA LA NUEVA (parte I)

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Ayer, aprovechando que había dejado de llover, salí a correr un rato por los campos de Sevilla la Nueva. Salí por el Nova, recorrí los caminos de tierra que rodean al pueblo hasta el campo de tiro y la gasolinera, volviendo a entrar en el pueblo por la carretera qeu viene de Navalcarnero. Al llegar, en los contenedores que hay escondidos frente al Dia, esos que hay casi enterrados al otro lado de la carretera, me encontré una agradable sorpresa. Reconozco que pocas cosas me gustan más que un vinilo, pero es que ese, además, tenía el encanto de ser muy, muy, pero que muy antiguo. Estaba allí tirado, junto a uno de los contenedores, apoyado sobre él. Al abrir la caratula y sacarlo de su plástico arrugado, ese olor tan característico me transportó a mi infancia. Miré a un lado y a otro, al ver que alguien lo había dejado allí, me lo llevé a casa. Reconozco que el disco estaba destrozado, con restos de humedades sobre su cartón, pero sabía que el vinilo podría recuperarlo si me lo llevaba a casa y lo limpiaba a fondo. Y eso hice.

Por suerte el disco no estaba tan mal como el exterior, y es que esos viejos plásticos que los cubren son “mano de santo”, como me dijo mi hermano una vez. Recuerdo que, de niño, siempre me decía: “si tienes el disco siempre metido en su funda durará toda la vida”… Y eso es lo que pasaba con ese disco.

Cuando puse el disco  en mi tocadiscos nuevo sonó ese típico ruido de la aguja luchando contra las motas de polvo ya incrustadas en los surcos. “Tras, tras, tras, tras” y, de pronto, una extraña música. No me era conocida, pero reconozco que había algo en ella que me resultó familiar. La aguja saltaba, los crujidos típicos de la aguja sobre el resto de polvo hacían que el sonido fuera más especial, otorgándole ese toque a sonido añejo que tanto me gusta… Me refiero a ese sonido que mis hijas no soportan cuando pongo un viejo vinilo de rock, de blues o de jazz.

De pronto oí una extraña voz dentro del disco. Me hablaba a mí. Me asusté.

Un tétrico “hola, ¿me escuchas?”, sonó por los cuatro altavoces del salón. La voz era profunda, de un hombre joven, pero parecía como sin vida… Un nuevo “¿estás ahí? sacudió mi alma, helándome la sangre. No supe porqué pero esa voz me estaba hablando a mí, y a nadie más.

“No te asustes, por favor”, volvió a decir, mientras yo me acercaba al plato para mirarlo desde más cerca, como si el sonido saliera de él y no de los altavoces.

“No te asustes, Jose”, volvió a decir, lo que hizo que, del susto, cayera de espaldas sobre la mesita… ¡Suerte que era de madera, y no de cristal”.

La voz seguía sonando, como llamándome, pero yo no podía creerlo… ¿Cómo iba a estar pasando eso allí, en Sevilla la Nueva, y en pleno año 2021? ¡No podía ser!

Pero la voz continúo hablándome, y yo, completamente enmudecido, y paralizado, no tuve opción de salir corriendo, que era lo que me apetecía hacer.

“No te asustes, por favor”, dijo otra vez. Quise interactuar con ella pero… ¡Coño, aquello era un disco! ¿Cómo iba a hablar con él?

“Llevo encerrado en este disco más de cincuenta años, y necesito contarte mi historia”.

—¿Estás de coña? —pregunté, mirando hacia el tocadiscos en todo momento, como si tuviera vida. Hubo un silencio.

“¿Qué esperabas, que te contestara?”, me dije a mí mismo, sonriendo y levantándome de la mesa, para quitar aquel disco tan extraño.

“Nooooooo”, gritó, lo que hizo que volviera a caer sobre la mesa, pero esta vez con mi corazón casi en la mano.

“Por favor, óyeme. Necesito contar mi historia a alguien”.

—¿Me estás hablando de verdad a mí? —balbuceé, completamente asustado, pero sabedor de que aquello no podía estar pasando de verdad.

“Sí, te estoy hablando a ti, Jose”, dijo con voz más profunda aún.

—¿Cómo sabes mi nombre? —pregunté ¿al tocadiscos?

“¿De verdad quieres que te lo cuente?”, contestó.

—¿Se trata de una broma?

“Ojalá”, contestó rápidamente, cosa que agradecí porque esos silencios, acompañados del sonido roto de la aguja sobre el polvo, hacía todo más devastador.

—¿Y qué quieres de mí? —pregunté muy serio.

“Quiero que me ayudes a desenmascar a quienes me dejaron encerrados aquí hace ya mucho tiempo. Tienes que ayudarme a hacerlo”.

—¿Me estás diciendo que alguien te dejó encerrado en este disco?

“No. Mi cuerpo está enterrado, pero nadie lo sabe… Por eso quiero que me ayudes”

—¿Quieres que te desentierre?

“No, quiero que me ayudes a vengarme de los que dejaron mi cuerpo enterrado bajo tierra como el de un animal, y mi alma aquí enjaulada como si estuviera en el infierno.

—¿Yo? ¿Y por qué yo?

“Porque sabía que tú pondrías el disco. En la casa donde estaba llevaba escondido más de treinta años sin que nadie me pusiera”.

—¿Era la casa de quien…? —no me atreví a seguir la frase.

“¿De quien me mató? No. Esos me dejaron abandonado hacía muchos años en la antigua casa”.

—¿Y quieres vengarte de ellos?

“Claro. ¿Tú no lo harías? Mi venganza será terrible contra esos dos, pero para ello necesito unas manos ejecutoras…

—¿Y quieres que sean las mías?

“Sí. Y no puedes negarte. Además, tú los conoces… Tú conoces a los dos: a ella y a él”

—¿Les conozco?

“Sí, los conoce casi todo el pueblo, pero te ha tocado a ti. Ahí donde les ves, que parecen dos buenas personas, hicieron algo terrible, y es hora de que paguen por ello. Y tú me vas a ayudar… De lo contrario…”

En ese momento la aguja se levantó del disco porque había llegado al final. Extrañamente, aunque la aguja había vuelto a su lugar de reposo, el disco seguía girando, como si me estuviera invitando a colocar otra vez la aguja sobre él…

Tuve unos inmensos deseos de coger el disco, devolverlo a su carátula, y no volverlo a poner, pero…

continuará.

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