UNA HISTORIA REAL DE SEVILLA LA NUEVA… (TRES SEMANAS DESPUÉS) ¡nuevo capítulo!

Puede ser una imagen en blanco y negro de árbol, al aire libre y texto que dice "Una historia "real" de Sevilla la Nueva"

Esta historia que os voy a contar, en realidad, ya os la he contado, pero es que dejar el principio para el final es lo que hará que creáis esta macabra historia que ni yo misma termino aún de creer. Me explico: si hubiera empezado contando esto nadie me habría creído y todos hubierais pensado que estaba completamente loca: como mi padre.

Han pasado ya tres semanas desde que nos dieron los resultados del forense. En casa nadie ha podido creerlo: ¿cómo iba a estar mi padre muerto desde hace cincuenta años? ¡Es imposible! Por muy claro que lo tengan las pruebas realizadas sobre esos restos que certifican que eran los de él.

Las pruebas realizadas a los restos indican dos cosas: una, que esos restos son de mi padre; y dos, que lleva ahí enterrado cincuenta años. ¿Quién se iba a creer que alguien que estaba paseando por la plaza de los Arcos tan solo hace tres semanas iba a llevar muerto tanto tiempo?

Durante estas tres semanas no ha dormido nadie en casa. Mi madre ha estado fatal. Aunque ella misma vio lo de aquella estatua del hospital, y el agente de policía nos ha explicado – por activa y por pasiva – que estos casos son más habituales de lo que nos cuentan, no ha sido capaz de creerlo: “Llevo durmiendo con él más de veinte años”, decía llorando desconsolada a todas horas.

Y ahora os voy a contar lo que ya hará que penséis que mi cordura no vive ya conmigo. Espero que estéis preparados… O no.

Yo sé que ya lo habéis olvidado todos, y que no recordáis nada de esta historia, y por eso la escribo. Muchos pensaréis que estoy loca, pero me gustaría recordaros que todo lo que habéis leído antes ha sucedido realmente en este pueblo, y todos habéis sido testigos.

Aunque ahora no recordéis nada, aunque todo esto os parezca algo nuevo, o un simple cuento, tengo que deciros que durante una semana todos habéis estado preocupados, e incluso ayudándonos a esclarecer lo que había pasado con mi padre en el cementerio con esa tumba misteriosa.

Ya sé que no recordáis nada. Esta mañana he estado hablando con Asensio, nuestro alcalde. Él mismo estuvo conmigo en el cementerio, y con la policía, pero no recuerda nada. O eso dice. Y no me extraña: a mi madre y a mis hermanas les pasa lo mismo.

¡Ya me avisó el agente de la brigada polstergeist!

Durante tres semanas mi casa ha sido un cementerio viviente. Nuestras almas han divagado por los rincones: ¡LE HEMOS ECHADO MUCHO DE MENOS!

Han sido tres semanas horribles, que a nadie quiero desear, y algunos de vosotros lo sabríais si recordárais algo, porque muchos habéis estado con nosotros pasando este duelo demostrando ser buenos amigos. Por eso, aunque no lo recordéis: gracias a todos.

Bueno, os cuento lo que ha pasado. “Al lío”, como diría nuestro amigo Masito.

Todo sucedió hace tres días. Esa mañana me desperté triste como las últimas semanas, pero con un halo de esperanza. Como siempre fui la primera en despertar en casa y  bajé a la cocina a beber agua. Estaba dando un sorbo del vaso cuando este se me cayó al suelo por culpa de la impresión que me llevé al ver a mi padre sentado en el sillón de fuera, tomándose un café, como si nada hubiera pasado… Sí, me refiero a mi padre: a ese que había desaparecido tan misteriosamente.

“¡Dios, ha sucedido!”, pensé emocionada, al verle de espaldas, mirando a los árboles de la calle, como si nada hubiera pasado allí.

Despacio, entrecerrando los ojos antes de salir a la terraza, suspiré con fuerza intentando reunir unas fuerzas que ya no sabía si tenía.

—Hola, cariño —me dijo sonriendo, como si nada, mirándome sonriente —. ¿Qué haces despierta a estas horas? Es muy pronto.

—¿Eso es lo que me tienes que decir? —grité mientras corría hasta él y le abrazaba emocionada.  Mi padre se dejó abrazar, me acarició el pelo, y me dio un beso en la cabeza. Yo estaba tan emocionada… ¡El plan había funcionado!

—¿Qué te pasa, cariño? —me preguntó sorprendido ante tanto entusiasmo matutino por mi parte, que no suelo ser alguien muy expresivo —. Parece que hubieras visto un fantasma.

—Sí, papá, eso parece —le contesté, abrazándome con más fuerza, y oliéndole… ¡Dios, cuánto había echado de menos ese olor!

—¿No tienes clase hoy? —me preguntó.

—¿Sabes qué día es hoy? —le pregunté yo, aún abrazada a él.

—Pues no, la verdad…Ya sabes que soy algo despistado… ¿Es viernes?

—Sí, es viernes. Y ya sabes que con esto de la pandemia los viernes no tengo clases.

—Es verdad… La pandemia… el virus…

De pronto apareció mi madre en escena, que nos miraba sobrecogida. Al ver como nos miraba le guiñé un ojo, intentando decirle: “mami, ha vuelto”, pero ella no reaccionaba de igual manera. Corrí hacia ella y la abracé mientras le gritaba diciéndole que era mi padre y que había vuelto.

—Mira mamá. Es papá. ¿No es maravilloso?

—Sí —contestó algo confundida y dominada aún por el sueño —. Pero ¿qué es maravilloso? No entiendo nada. Tu padre madruga mucho…

—Mamá, es papá… ¡Ha vuelto!

—¿De dónde he vuelto? —preguntó él, lo que me hizo comprender que, como me dijo el agente, ellos no recordarían nada de lo sucedido.

—Eso —preguntó mi padre, aún más confundido —. ¿De dónde he vuelto?

—Nada, nada —contesté yo, emocionada, sabiendo que no iban a entender nada.

Mientras yo volvía a abrazar a mi padre mi madre se volvió a la cocina. Se fue como si esas tres terribles semanas no hubieran existido. Yo no comprendía nada, pero intenté hacerlo. De repente gritó. Mi padre y yo corrimos a la cocina: la pobre se había cortado en un pie con los trozos de cristal del vaso que yo había roto y no había recogido. Por suerte apenas se había hecho nada.

Cuando se despertaron mis hermanas apenas hicieron caso a mi padre: un simple hola, al igual que a mi madre… ¡Si supieran lo que habían llorado pidiendo un momento como ese! Y en ese momento, que por fin lo tenían, nada…

El día transcurrió con normalidad para todos en casa. Bueno, para todos, menos para mí, que no me separé de mi padre en ningún momento.

Estábamos comiendo cuando en televisión salió la noticia del acto vandálico sucedido en una plaza de Madrid: unos violentos habían destrozado una vieja estatua de granito con mazos… ¡No habían dejado nada de ella, convirtiéndola casi en polvo!

—¡Qué salvaje es la gente! —dijo mi padre —. ¿Qué daño les habrá hecho a ellos esa estatua?

“Si yo te contara…”, pensé, pero preferí mantenerme en silencio.

Por suerte papá había vuelto, y eso era lo que importaba, aunque para conseguirlo hubiera tenido que hacer algo tan horrible como destrozar aquella estatua que acababa de salir en televisión, y de cuyo acto vandálico culpaban a una banda extranjera.

“¡Extranjera!”, pensé en la ducha, recordando a los cinco españoles que había contratado yo misma para que lo hicieran.

Fue el mismo agente de la brigada Polstergeist el que estuvo estudiando las estatuas realizadas por Norma durante las semanas posteriores a aquel suceso de mi padre. Curiosamente había no menos de cinco repartidas por toda la comunidad de Madrid, y una de ellas estaba en una de las esquinas de una vieja plaza que casi nadie visitaba.

Recuerdo que cuando me mandó la fotografía sentí un frío terrible por mi cuerpo… ¡Era mi padre! Eran iguales.

El agente me dijo que aún había una oportunidad de recuperar a mi padre de aquella magia negra, pero para eso había que destruir aquella estatua por completo.

Le pedí ayuda porque yo sola no podría hacer aquello, pero él se negó: ellos eran agentes del orden y no podían hacer algo así. Aun así me dio el contacto de una banda que sí que podría hacerlo por mí.

Para hacer mi trabajo tendría que pagarles tres mil euros al contado, pero yo no tenía ese dinero. ¿Qué hice? Pues lo que habría hecho cualquier hijo que quisiera recuperar a su padre: sacar esos tres mil euros de la cuenta de mis padres.

Les pagué y creo que ha sido el dinero mejor invertido de mi vida. Al menos eso es lo que pensé en la ducha, recibiendo el contacto del agua, mezclándose con mis lágrimas de emoción… ¡Papá había vuelto!

Cuando salí de la ducha papá y mamá me estaban esperando en mi habitación, sentados en mi cama, con cara de pocos amigos. Papá me enseñaba su cartilla del banco.

—¿Qué has hecho? —me preguntó muy serio —. ¿Nos has robado tres mil euros?

El mundo se me vino encima. ¿Cómo explicarles que había pagado a una banda para que destrozaran aquella estatua y así recuperar a mi padre? ¿Me iban a creer? Al ver la cara de mi madre comprendí que no… Ella parecía más defraudada aún que él.

“Joder, mamá, esto lo he hecho por nosotras”, quise gritarle, pero… ¿para qué?

—Sí, he sido yo —les dije, sollozando, muerta de vergüenza y de miedo —. Os juro que os devolveré hasta el último céntimo.

—¿Tienes algún problema? Sabes que puedes contárnoslo.

—No papá, no puedo contaros esto. Confiad en mí

—No, cariño, no podemos confiar en ti. Nos has defraudado.

Cuando salieron de la habitación rompí a llorar en mi cama. Estuve toda la tarde encerrada, pero estaba feliz.

Esos tres mil euros no eran mas que dinero, y yo sabía que había merecido la pena invertirlos en la vida de mi padre. Era verdad que estaban muy dolidos, y que, posiblemente, tardarían en recuperar la confianza en su hija, pero era un precio que había que pagar.

Esa noche no dormí, como había pasado el resto de las noches de esas semanas.

Eran las tres de la madrugada cuando mi madre entró en mi habitación y se sentó en mi cama. Las dos estuvimos un rato en silencio. Quise contarle lo que había pasado  porque no soportaba que estuviera dolida conmigo como sus ojos me demostraban.

Pero algo había cambiado en ella… Lo noté por su temblor de voz.

—Cariño, ¿ese dinero tiene algo que ver con tu padre y con esa estatua? —me dijo muy seria, cogiéndome la mano con fuerza.

—Mamá…

—Solo dime si es así. No quiero que me expliques nada… Solo dime sí o no.

—Sí, mamá.

—Vale, cariño. No te preocupes. Mañana hablaré con papá y arreglaremos todo esto… Tú no te preocupes —me dijo besándome en la frente mientras yo rompía a llorar y ella se levantaba para marcharse.

—Mamá, ¿por qué me preguntas esto? ¿Acaso has recordado algo?

—¿Recordar, qué?

—Lo que pasó hace tres semanas con papá —le dije muy seria.

—No, cariño. No sé de qué me hablas pero ahora todo me resulta confuso… Me siento rara ¿sabes?

—Imagino. Han sido unas semanas muy duras para todas.

—¿Sí? No sé, hija. Hoy he tenido una pesadilla terrible: he soñado que papá desaparecía, que todas estábamos muy tristes y que él no regresó hasta que tú derribaste esa estatua que hemos visto en la tele.

—Mamá…

—¿Ese dinero tiene que ver con la estatua?

—Pues verás…

—Tranquila, cariño. Tú no te preocupes por nada. Ya has hecho suficiente. Descansa, que sé que estás muy cansada.

Antes de salir de apagar la luz y salir de la habitación, me volvió a mirar y me sonrió. Me gustaba cuando mamá me sonreía: me hacía sentirme una niña otra vez.

—No sé exactamente qué ha pasado, cariño, pero: gracias.

Cerró la puerta y, por fin, después de más de tres semanas de insomnio, me pude quedar dormida y descansar.

Ahora solo falta que creáis esta historia porque es tan real como que tú la estás leyendo ahora mismo…

¿No recuerdas nada?  Haz memoria.

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