AQUEL BESO QUE NUNCA SE DEJARON DE DAR

image

¿Quieres que te cuente cuándo fue el día en el que ella comprendió que aquel hombre no era como los demás? Es verdad que ella siempre lo sospechó, pero aquella tarde… ¡aquella tarde fue definitiva!

Ese día, la tensión que siempre existió entre ambos cuando se encontraban, se mezclaba con otros muchos sentimientos que ninguno era capaz de detener en aquella ruleta rusa en la que se convirtió su pensamiento. Ella, hasta ese día, nunca había permitido el quedarse a solas con él, a pesar de saber – sólo lo sabía ella – que la idea de hacerlo hubiera merodeado por su cabeza muchas veces… Quizás demasiadas.

Ninguno sabía cómo había pasado, pero ese día estaban allí, a solas por fin. Era verdad que habían estado con más gente al principio, como siempre pasaba, pero entre que él lo buscó por todos los medios y que ella no quiso deshacer aquel emocionante plan, llegó un momento en el que allí estaban: juntos y solos. Ella se sintió poseída por un extraño y poderoso deseo que no sabía cómo detener ni tampoco cómo nutrir. ¡Aquello era más emocionante que aquellos mensajes de wasap de a diario en los que él siempre intentaba dar un paso más! ¡Aquello era emocionante y peligroso!
Aquello parecía “una partida de mus” y él estaba en desventaja porque nunca había sabido jugar.
Ella era experta jugadora, controladora de todo lo suyo, pero, por primera vez, empezaba a perder el control de su propia estrategia, y no sabía cómo leer ese radar que le indicaba de un peligro que – eso sí – entonces no parecía nada peligroso… Al contrario.
En el equipo sonaba esa canción de Bryan Adams que tanto les gustaba. Él, que bien que lo sabía, no dudó en ponerla para que sonara varias veces, no siempre seguidas, intentando así despistarla… Sabía que esa canción crearía el ambiente propicio.

“Sunny, yesterday my life was filled with rain,
Sunny, you smiled at me and really eased the pain”

El salón estaba inmerso en una extraña calma repleta de caos. Las copas de vino compartido con más gente manchaban la mesa de madera; varios platos aún guardaban restos de una ensalada recién tomada, y ese olor en el aire mezclado de vino y de ese olor tan de ellos, terminaron por dejarla sin el control necesario para hacer frente a una situación que se le acababa de escapar de las manos. ¡Y ella lo sabía!

Si ese hombre se decidía ella sería por fin suya. Pero ¿lo haría? ¿Sería capaz ese hombre de acercarse por fin lejos de aquellos mensajes a través del teléfono móvil?
Estaban solos en esa casa donde tanto habían fantaseado y como siempre habían deseado en el fondo, pero como nunca se habían atrevido a estar, y ambos fueron presas de ese nerviosismo que apenas les proponía decir dos palabras seguidas. Ni siquiera se atrevían a mirarse, pero se sentían bien… ¡Extrañamente bien!
Ella le miraba y apartaba la mirada; sonreía nerviosa. Dio otro trago de vino, este más grande y los efluvios hicieron el resto. Quería ponérselo fácil, pero también luchaba por resistirse una vez más. Pasaron los minutos, sin decir nada coherente, y ella, sabedora de que él no sería capaz de decir nada, ni de dar el paso deseado, decidió dar un paso más para poder alejarse de allí. Eso es lo que quería ella, salir de allí huyendo, aunque en el fondo quisiera estar anclada también.

–¿Qué te pasa? Estás muy nervioso -le dijo ella, sonriendo, mostrando esos labios afrutados que parecían romper dulcemente su piel con sus propios dientes.
–Sí que lo estoy sí – dijo él -. Mucho… Siempre lo estoy.
–Pero ¿por qué? ¿Es culpa mía?
–¿Por qué? ¿Lo preguntas en serio? Pues porque estamos solos, y siempre que estamos solos me pasa esto… ¡Desde que te conocí! ¡Y claro que es culpa tuya!

Él calló, y apartó la mirada de sus piernas, pero la dirigió a su cuello. Entonces nació en él su licantropía. De repente no supo qué decir, o hacer, y decidió cerrar los ojos y dejar que fuera su pensamiento el único que hablara. Hubo un silencio, pero fue distinto a tantos otros… Ese silencio hacía ruido porque ella le miraba a él y él, por primera vez, no escondía la mirada. Esos ojos se hicieron lápiz y papel y empezaron a escribir ese beso que ya era inevitable, y ambos lo supieron. Siguieron mirándose, cada vez con menos miedo.
–¿Deseas besarme? – dijo ella, dejándole boquiabierto y sin capacidad de respuesta.
–Ya sabes que siempre lo deseo – dijo él, mirándola directamente, tan cerca como nunca había estado.
–¿Siempre deseas besarme? anda, anda, qué exagerado que eres.
–Sabes que no – dijo él, con la mirada perdida en la copa de vino que ya se había bebido +. Ya sabes que yo siempre deseo besarte, incluso cuando no estás.
– ¿Tanto lo deseas? -preguntó después de dar otro trago a esa copa, lo que hacía que el miedo fuera desapareciendo de su mente e incluso de sus manos, que no dejaban de acariciar su propia rodilla, cosa que a él excitaba aún más.
–La verdad es que prefiero no contestar para no mentirte.
–¿Mentirme? ¿por qué me ibas a mentir?
–Porque a veces es mejor mentir que asustar… Y sé que te asustarías si supieras las ganas que tengo de besarte ahora mismo.
–Está bien – dijo ella bebiendo el resto de aquella copa, poniéndose de pie, cogiéndole de las manos y ayudándole a levantar –. Si quieres que nos besemos, lo haremos.
–Yo no quiero que nos besemos -dijo él, tembloroso, mirándola emocionado. Aquella mujer era más hermosa aún de pie.
–¿Ah no? ¿No quieres besarme?
–No -dijo él levantándose también -. Yo no quiero besarte; lo que yo quiero es que los dos queramos besarnos, y no solo yo.
–Sabes que no puede ser. Lo hemos hablado muchas veces por teléfono. Besarnos sería lo peor que podríamos hacer, y lo sabes. Pero creo que uno sí que podemos darnos. Es más, creo que nos lo debemos.
–Yo también lo creo, la verdad.
–Está bien -dijo ella -. Pero este será el único beso que nos daremos. Solo nos besaremos una vez… Creo que es justo que lo hagamos. Pero solo uno ¿te parece bien?
–Es lo que llevo deseando hacer toda mi vida, desde que te conocí.
–Ven, y no digas nada más. Hagámoslo.
Entonces él se acercó a ella, la abrazó, apretó sus manos a su espalda, acarició su piel trigueña, perdió su nariz entre su maraña de pelo, y aspiró y aspiró deseando llorar, hasta que estuvo a punto de marearse. Ella esperó el momento, asustada también, pero él sólo se abrazó. No hizo nada más. El abrazo fue tan apasionado que ambos sintieron casi un orgasmo en medio de él. Ya solo faltaba lo que más deseaban: unir sus labios, sus bocas y mezclar sus lenguas.

Ella ya estaba lista, dispuesta y rendida a él, pero el beso no llegaba. Notaba cómo él movía sus dedos sobre su espalda, jugando con la tela de su jersey, bajando hasta la tela de su falda, acercándose a su culo, y cómo pellizcaba con rabia y pasión contenida… ¡Aquel hombre era un volcán en erupción! También sentía su aliento sobre el cuello, y cómo aspiraba de su pelo, oliéndola con pasión, pero el beso no llegaba.
–¿Y ese beso? – preguntó ella, mirándole a escasos dos centímetros –. ¿No lo quieres? ¿No me lo vas a dar?
–Ahora no – contestó él.
–¿No me lo vas a dar? no lo entiendo. Este es el momento, compi. Es ahora o nunca, querido -dijo ella totalmente embriagada por el momento, esperando aquel acercamiento y tan deseosa como él mismo. Su excitación viajaba desde sus labios a sus ingles, y él no hacía nada por remediar todo aquello.

-¿De verdad no me vas a besar?
–¿Sabes? -dijo él, cogiéndola del mentón -. Si solo va a ser uno el beso que te voy a dar en mi vida no quiero que sea ahora. Si solo va a ser un beso el que te de, no quiero darlo todavía…

-¿Qué estás diciendo? Lo deseas tanto como yo

-Sí, pero…

-¿Pero…?

-¿Sabes? No quiero que ese beso acabe nunca… Y si te lo doy ahora… ¿Qué me quedará después? ¿Nada? ¡Y yo lo quiero todo!
Y siguieron abrazados, y él siguió oliendo de aquel maravilloso pelo, y sí que posó sus labios sobre su cuello erizado. Ella buscó su boca, pero él escondió la suya por entre la tersura de su mentón, respirándola, llorando, y ella, al fin, entendió todo…

Allí, abrazada a él, deseosa como nunca creyó poder estar por otro hombre que no fuera su marido, sintió una bonita puñalada en su costado, justo donde él tenía posada una de sus manos, y comprendió todo: ese hombre no solo la deseaba, como ella misma creía… Ese hombre la amaba, aunque no debiera…

Quizás la amaba más de lo que debiera… E incluso más de lo que realmente existiera.

Cuando se separaron y caminaron por el pasillo ella le miraba. Él iba delante, tembloroso, abatido… ¡derrotado! Al llegar a la puerta, y antes de que él la abriera, ella le cogió la mano y le dio las gracias.

-¿Gracias? -preguntó él, sin atreverse a mirarla -. ¿Por qué?

-Por quererme así – dijo ella, emocionada, cogiéndole el mentón a él, acercando su labio a su cara, y besándola con ternura antes de salir por aquella puerta.

No se había repuesto aún del momento cuando recibió un whasap. Él supo que era de ella y lo leyó sentándose en el sofá donde ella había estado sentada:

“Yo tampoco debería, pero ¿sabes? Yo, en el fondo, también te quiero desde que te conozco”.


Publicado por

josamotril

no soy escritor, Sere. Tan solo me gusta escribir.

2 comentarios en “AQUEL BESO QUE NUNCA SE DEJARON DE DAR”

DEJA TU COMENTARIO (bueno o malo)

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .