A ESCONDIDAS (desvarío mental de una tarde de verano)

Él nunca soportó los domingos de playa ¡Nunca! En realidad nunca le gustaron los domingos…Y menos los de Agosto, con ese calor asfixiante, esa gente por doquier, y ese empeño en tener que pasarlo bien fuera de casa. Era, como si pasar el domingo tranquilamente en casa, simplemente leyendo el periódico o viendo la tele, fuera casi un pecado… Y él no lo entendía.
Por suerte ese día era diferente porque había convencido a María para no ir con toda la familia – como siempre hacían – y poder marchar a esa cala tranquila donde tanto le gustaba estar. De acuerdo que bajar todas las cosas por esas rampas, incluso el carro del bebé, era peligroso, pero merecía la pena.
Ya desde la mañana se sintió bien en esa playa alejada donde apenas si había la gente necesaria para llenar los escasos metros cuadrados de un chiringuito hecho con carrizos y maderas.
El calor no solo podía sentirse, sino también verse sobre las piedras ardientes, con esa especie de luz vibrante que hace que la realidad parezca irreal. Al mirar al frente parecía como si las piedras estuvieran colocadas sobre unas ascuas que las quemaran lentamente, provocando un extraño humo transparente que agudizaba la sensación de sopor.
El agua del mar, templada y cristalina – para quien le guste bañarse. El sol, quemador de pieles marchitas – para quien le guste el calor abrasador. Las piedras, grandes y picudas – para quien le guste tirar piedras sobre el mar. A él, como bien puedes imaginar, nada de eso le gustaba. Él era de mesa camilla, pijama de franela y pipa después de comer, pero esa mañana todo parecía tan diferente…
Aprovechando que su santa esposa se bañaba en la orilla con ese bebé – tan deseado para su vida marital como molesto para su relación carnal – él se fue alejando de la sombrilla como el niño que huye del castigo de un padre autoritario.
Ese hijo que ella tenía entre sus brazos fue el niño deseado durante no menos de un lustro, lo que le convertía en algo especial, único, pero también se había convertido en el hacedor de una abstinencia sexual a la que él no estaba acostumbrado. ¿Cuánto había pasado ya desde la última vez? – se preguntaba mientras se iba alejando – ¿tres meses ya? ¡Más!
A cada paso dado en su huída luchaba contra el terrible bochorno de un Agosto criminal y contra otro enemigo más poderoso aún: esas piedras que ardían como recién salidas del mismo horno solariego. ¡Dios, cómo quemaban!
Caminando con un sigilo aprendido de los paseos por el pasillo de casa para no despertar al bebé, él los miraba cauteloso mientras giraba también la cabeza para verla a ella, su gran deseada, que le esperaba zalamera y olorosa, escondida bajo la gloriosa sombra, como algo prohibido – que lo era.
Bajo esa sombra – hacedora de placeres infinitos – le esperaba la gran deseada, el mejor de los deleites, y el más grande de los festines, esa por la que estaba dispuesto a arriesgar parte de su felicidad, que no era poca.
Espiando el baño de su esposa en todo momento caminó de espaldas, como esos cangrejos mañaneros que huyen del mar en busca de comida. Era así como había que hacerlo ya que no podía permitirse el lujo de ser descubierto en su infidelidad por esa mujer a la que tanto debía y a la que había prometido una lealtad que, en este caso, supo que no podría cumplir… Después de todo, una pequeña mentira no haría ningún daño a su relación – pensó. Máxime si nunca se enteraba de ella.
Ella seguía bañando a su bebé con esa alegría natural que despertó ese vástago que creía imposible de mecer entre sus brazos, y allí disfrutaba ajena a todo lo que no fueran esos bracitos, esas “piernitas”, y esa cara sin gestos aparentes.
Él siguió caminando, sabedor del ridículo de su caminar, hasta que por fin se sintió lo suficientemente alejado como para no ser descubierto en su aventura. Fue entonces cuando, al fin, se relajó, aunque no del todo.
Los nervios afloraron de nuevo, y la excitación se hizo carne mientras observaba como su dama se acercaba silenciosa y taciturna, desprendiendo esos aromas que tanto le gustaba compartir y que, últimamente, no era capaz de reconocer.
Sí, tenía que hacerlo. O ahora o nunca – se decía mirando de reojo hacia su esposa, sabedor de que desde allí no podría descubrirle.
Una vez bajo la sombra, siempre espiando el baño de su esposa para no ser descubierto, esperó a que ella saliera de su escondite abrasador y se acercara hasta él, con esa piel morena, casi azul, casi desnuda, y tan deseosa como él mismo.
Y ella se acercó, apenas sin mirarle, sin miedo a ser descubierta – ella no tenía nada que perder ya – y se dejó atrapar por unas manos deseosas que no sabían bien como actuar debido a la excitación y, sobre todo, al miedo.
Después, como si fuera un ritual ya preconcebido, él la acarició y la olió cerrando los ojos, sabiendo que pasaría mucho tiempo hasta un nuevo encuentro. Si no se abrazó a ella fue por su sentido del ridículo y del pudor… Por allí había más gente.
Después, lleno ya de ella, pasó la lengua sobre su piel morena y fresca, descubriendo placeres prohibidos ante los que no podía luchar, y se deleitó con su pelo de limón y su cuerpo todo manchado de sal marina.
A escondidas, soportando un sudor deseado, a pesar del tórrido verano, la devoró deseoso, sabedor de que ese era su momento y que nadie podría robárselo.
Cuán placer en cada mordisco, en cada caricia, y cómo disfrutó de toda ella apartando sus miedos para poder así disfrutarla de verdad.
– Si me viera mi esposa – se dijo preocupado y dolido por una sabida traición que no fue capaz de vencer – pero… ¡Está tan buena! – volvió a decir, mordiéndola de nuevo.
Y es que él, como pasa a tantos otros, nunca se pudo resistir al goloso sabor de una sardina asada bajo la sombra de un chiringuito de playa… Ni siquiera estando a dieta, como estaba junto a su esposa.
– Perdón cariño – dijo mirando de nuevo a su esposa.

COMENTARIO DE TEXTO: ¿Ha hecho bien ese hombre en comerse la sardina? ¿es un infiel por naturaleza? ¿Y ella, qué pensará? Opiniones, opiniones…

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RESACÓN (desvarío mental)

Nunca me gustaron las resacas… Sobre todo  esas que me he empeñado en conocer sabiendo lo mal acompañadas que vendrían. No, nunca me gustaron, pero ese día menos aún.
Ya cuando desperté me asusté. Antes de abrir los ojos ya podía sentir el martilleo constante sobre mis sienes, la sequedad de mi lengua moribunda, y, sobre todo, el sabor agrio de una boca cerrada que no me atrevía a abrir. Mientras mi pie buscaba el suelo frío pensé en lo último que recordaba de la noche anterior… ¡Todo se había esfumado!

Al abrir los ojos creí reconocer el lugar, pero me costó mucho hacerlo – lo reconozco. Fue, finalmente, esa puerta de estilo árabe la que me hizo asustar… ¡Y de qué manera!
Miré al otro lado de la cama y el miedo se metamorfoseó al estado sólido. Al menos yo lo pude tocar cuando vi a mi amiga Isabella mirándome como quien acaba de encontrar al mismo demonio sobre su cama…
Iba vestida con ropa de calle, y en su cara no vi restos de resaca, y eso me sorprendió. Me miraba de manera extraña, con dolor, casi con desprecio… ¿O era odio? No lo supe descifrar en esos momentos tan extraños…
Yo también me sentí mal, y no supe qué decir para defenderme, o para pedirle excusas por lo que, sin duda, había sido un gran error.
-¿Cómo has podido hacerle esto a tu mujer? – me pregunté, sabiendo que de esta no me salvaba nadie – Y, además, con Isabella, a quien – hasta entonces – consideraba una de mis mejores amigas.
No me podía creer que hubiera tenido la desverguenza de acabar en su casa, en su habitación, en su cama…
¡Y en su marido!…
¿O él en mí? ¡Qué más da!
Cuando me echó de allí, y salí aún desnudo, sentí un violento dolor en mi tren trasero… Pero dolía mucho más la verguenza.

LA MUJER DE LA VENTANA (desvarío mental)

“Jingle bells, jingle bells, jingle all the way…” era la canción que se escuchaba por la megafonía de la calle. Eran ya más de las diez de la noche, pero ni el gélido aire impidió que saliera al balconcito de mi pequeño piso para fumar un nuevo cigarro mientras esperaba su llegada. El frío era terrible, de esos que solo se sienten en esta tierra castellana, y ni las capas de ropa, ni la bufanda, ni el gorro polar, podían hacer nada para aplacarlo.
Allí estaba yo, aburrido como siempre, y con ese nervio extraño que ella me proporcionaba desde aquel día que la vi desnuda en su cuarto de baño.
Apenas si la conocía. Llevábamos viviendo cerca tan solo unos meses, que era el tiempo que yo llevaba viviendo allí, desde el inicio del curso.
Yo era estudiante de Magisterio, y vivía en ese piso viejo de mi abuelo, con quien viviría durante los siguientes tres años. Mis padres se ahorraban un buen dineral en la residencia de estudiantes, y, de paso, mi abuelo estaba acompañado por su nieto favorito. A mí no me venía mal. El viejo me dejaba hacer a mi antojo y, además, me daba un dinerillo extra que me venía muy bien.
Mis padres me daban doble paga por cuidarle. Él, que no sabía nada, me daba otra por la compañía. ¡El negocio era redondo!
Marina, que así se llamaba mi vecina y enamorada de entonces,  había salido de casa haría unas tres horas, y sus paseos, desde que dejó a su novio, eran siempre hasta las diez de la noche. Era, sin lugar a dudas, una mujer de costumbres… Eso me gustaba porque me facilitaba el poder tenerla controlada desde la distancia.
No haría ni dos semanas desde que dejó a ese tío arrogante, siempre bien vestido y mejor peinado, que no vivía con ella, pero que sí acostumbraba a dormir allí los martes y los jueves…

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CERRAR EL ÁLBUM (desvarío mental)

Solo te amé un día, es verdad. Solo uno porque no pudimos permitirnos más, pero ese día tuvo tantas horas que aún hoy, cuarenta y tres años después, guardo de ellas algún minuto.
Que solo fuera un día, ni siquiera con su noche, no fue capaz de impedir que sus esencias hayan durado toda una vida. Toda… Entera.
Fue una hora nerviosa, con miedos. Después otra más tranquila, sin prisas, con pausas, y, finalmente, muchas más manchándote de mí, llenándome de ti, sin separar nuestras manos, sin dejar de besarnos, grabando cada roce, cada caricia, y cada gota de saliva derramada.
De aquel día tan lejano solo queda el recuerdo de tus besos alcalinos, de tu cuerpo enérgico y tembloroso, pero qué más da si ese recuerdo aún no se ha borrado.
Hasta hoy he sido capaz de alejar el frío de mi cuerpo tan solo recordándote a mi lado, como nunca más quisiste estar. Y tu recuerdo vivo ha atravesado todo este largo camino conmigo, hasta aquí, hasta estos últimos suspiros que guardaba para dejar escapar tu nombre antes de morir.  Se me va la vida y aún me quedan unos segundos de aquellas horas que compartimos… ¡Qué pena no haberlos guardado en el álbum de fotografías nuestras, ese que quedó vacío, pero repleto de recuerdos, y que nadie mirará nunca ya… Como si no hubiera existido… Como esa película de vhs que nadie quiere ver, y que se esconde entre cajas apiladas en la parte más oscura del desván.
Nadie lo sabrá jamás… Ni siquiera tú, ya que para ti solo fue un momento, unas horas, o un solo día… Nada más. En cambio yo te he amado todos los días de todos estos años, a tu lado o lejos de ti, sin que tú lo supieras nunca. Ahora, por fin, descansaré.

MIRADAS, MENTIRAS Y LATIDOS (desvarío mental)

Un día, sin nada buscar, encontré tus ojos enmarañados en una selva extraña en la que las lianas impedían el avance que perseguían. Tus ojos, esos que creía tan míos como tuyos, pasaron de largo, sin detenerse en el andén de mi mirada, y avanzaron en círculos hasta detenerse en las ramas de otro árbol.
Y esos ojos encontraron los tuyos y juntos, furtivos, escaparon de aquel lugar que, desde entonces, quedó desierto. Fue entonces cuando mi corazón se detuvo, mientras esas miradas se hacían puñales y lanzas que se clavaban en mi espalda.
Desde entonces deseé salir de esta tumba cerrada en que convertiste mis largas noches de soledad, volar y alejarme de esta almohada compartida que dejó de ser de seda y se convirtió en papel y piedra.
Noche tras noche, me recosté sobre la gélida cama del dolor, y en ella duermo a tu lado, dominado por el insomnio nacido de las torres derruidas de mi dicha, esa que derrocaron los macabros proyectiles de tu cruel mentira.
Otro día, buscando esas vuestras miradas que creías secretas, observé que otro tren se detuvo en el solitario andén de mi triste estación. Allí,  a través de los cristales limpios de un elegante vagón, encontré otra mirada. Esa no era vuestra, ni para vosotros… Esa era para mí, y en ella me detuve.
Jamás esperé que el feroz tiempo de mi venganza se fraguara tan dulcemente.
Esos ojos me miraron como tú nunca habías hecho, y fue entonces cuando comprendí el engaño… El tuyo, y el mío.
Ahora mi corazón dolorido arranca a latir de nuevo, y vuestras miradas duelen menos… Mucho menos.
Sé que nunca me contarás eso que yo ya sé. Tampoco yo te contaré jamás eso que espero que tú nunca sepas. Amén.

LA MODELO DE LEONARDO

¿Que no te gusta esta sonrisa?… ¿Acaso crees que es la mía, esa que me regalaron en mi niñez, que más tarde perfeccioné en mi juventud, y que, finalmente, se ha borrado en esta mi madurez?.

Hace ya un año que nació mi primer hijo. Un año que ha pasado muy rápido. Tanto, que ya se ha ido… Como él, que murió hará una semana.

Sí, estoy demasiado triste para posar, lo sé, pero necesito el dinero para pagar todas las facturas que guardo de las medicinas compradas para intentar salvarle. ¿Me las vas a pagar tú, si no? No ¿verdad?

¿Que sonría? Ya estoy haciéndolo.

Sí que estoy triste, sí… Y lo estoy porque no es justa la vida conmigo. Nunca lo fue.

Siempre he querido saber lo que es querer como solo puede querer una madre, y ahora que lo he aprendido no me sirve para nada, salvo para incrementar este dolor que arranca desde dentro y que mata todo lo de fuera.

Y, pasada una semana ya desde que me lo arrancaron de los brazos para sepultarlo, sigue doliendo, cada vez más, con un nuevo dolor, con un nuevo deseo de gritar más fuerte, y, sobre todo, con mucha desesperación.

Al fin sé lo que es querer como solo puede querer una madre. En cambio, no sé lo que es que te quieran como solo se quiere a una madre.

¿Qué si estoy triste? Tengo treinta y tantos… casi cuarenta. Durante este año pasado he estado casada con el hombre al que siempre amé, ya desde niña, y he sido madre…

Nada me hizo más feliz que eso.

Por eso ahora soy tan desdichada, porque todo lo que el gran hacedor me dio, todo aquello que me regaló, me lo ha quitado vilmente, sin contemplaciones, sin preguntar, y, lo que es peor, sin avisar para que me preparara.

Nadie debería sufrir nunca esto que pasea por mi interior y que tú ves al mirarme.

Siempre quise tener un hijo, y esa esperanza era el viento que movía las aspas del molino de mi dicha. En cambio, ahora sé que ya jamás lo tendré, y solo me quedará el recuerdo de ese amor que alguien ha cortado cruelmente.

¿Que sonría? Préstame tú la sonrisa que nunca utilizas, esa que dejas en las mejillas de tus hijos porque no te atreves a llevarla contigo.

¿Cuántos tienes tú? ¿es verdad que tienes más de diez? Deberías entenderme, pero claro, tú eres hombre.

Está bien… sonrío, pero solo así. Más no puedo.Tú eres el artista… Inventa tú mi sonrisa.

 

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EL MIEDO DE MAMÁ (cuento o desvarío mental)

UN CUENTO PENSADO DURANTE LA NOCHE. UN CUENTO QUE QUIERO DEDICAR A ALGUIEN MUY ESPECIAL PARA MI DESDE HACE YA MUCHOS AÑOS PORQUE SÉ QUE LO ESTÁ PASANDO MAL.

Érase una vez una niña que tenía una mamá. Hasta ahí todo normal ¿verdad? Pero ésta, nuestra amiga, no era una niña normal, como tampoco lo era su mamá.
A sus cinco años, no tenía miedo a nada. Si acaso, a las arañas grandes…
Y solo si eran exageradamente grandes.
En cambio su mamá, que ya era bastante mayor para tener miedo,  sí que tenía… ¡Y mucho! En realidad, parecía tener miedo de todo, y eso extrañaba mucho a Ariadna, que era como se llamaba nuestra amiga.
Lo que no sabía la inocente niña era que todos los miedos que tenía su mamá no estaban relacionados con arañas, con terremotos, ni siquiera con fantasmas o brujas… Todos los miedos que tenía su mamá eran causados precisamente por ella, su hija, y sería era ella quien tendría que ir apartándolos.
¿Cómo? – se preguntó la pobre niña al descubrirlo.
Su mamá no quería contestarle porque tampoco quería mentirle.
Sus miedos solo irían desapareciendo conforme esa niñita fuera creciendo y haciéndose mayor – ¡solo así! – y ella aún era muy joven para poder entenderlo.
Ni siquiera su propia mamá, que ya había pasado por eso mismo por lo que ella estaba pasando, sabía muy bien cuándo desaparecerían esos sus miedos… Aunque parecía intuirlo.
A ella misma le pasaba aún igual con su mamá, esa a la que la niña llamaba abuelita, y que aún seguía enfocando todos sus miedos en ella, en esa hija que nunca terminaba de hacerse lo suficientemente mayor como para valerse por sí misma… A pesar de tener ya su propia familia y más de un hijo.
La abuela, cuarenta años después, aún seguía temiendo por su hija como cuando era una niña, como lo era ahora su hija Ariadna.
Pero un día pasó. Llegó el día en que la abuelita dejó atrás sus miedos… ¡Todos!
Y ahora la mamá de Ariadna estaba triste… ¿O acaso se sentía desprotegida por primera vez en su vida y empezaba a comprender realmente todos los miedos de la abuela?
Por suerte para Ariadna, su mamá seguiría sintiendo miedo  mucho, pero que mucho tiempo…
Y ahora más.

DESVARÍO MENTAL DEL DÍA ANTERIOR AL DÍA DE LOS ENAMORADOS

SI LO HAS LEIDO ANTES DE LAS 10, LO HE CAMBIADO. HABÍA PUESTO LA PRIMERA COPIA, LA QUE HAGO SIN CORREGIR.

DESVARÍOS MENTALES QUE NACEN AL VER UN CUADRO O UNA FOTO

¿ves lo que yo veo, querido? ¿lo ves de veras? ¿Acaso un hombre, como tú eres, es capaz de sentirse así, sin más, sin importarle nada, vaciando mente y cuerpo, y flotar por el aire como si fuera agua todo lo que te rodeara?

Pues así son mis mañanas desde ayer,  cuando hablamos todo eso que teníamos que haber hecho mucho tiempo atrás,  desde que mi corazón – ¡al fin! – quedó liberado para amarte sin más temores, desde que mis sueños los comparto solo con tu alegría, y no con mis miedos,esos que tú  has hecho desaparecer con esa tu eterna sonrisa, esa que se queda grabada en mí cada vez que me besas, cada vez que me dices te quiero, y cada vez que me miras y me sonríes sin saber porqué.

Son ya, todos esos miedos perpetradores de noches de insomnio, un recuerdo lejano, que casi se está borrando. Sí, y por eso aún me despierto en las calientes madrugadas que me regalas bajo las sábanas que compartimos, y lloro de felicidad mientras mis manos recorren tu cara y tu cuerpo, grabando a fuego todas las curvas que posees y donde tanto me gusta guarnecerme.

Atrás quedaron, al fin, esos miedos a que descubrieras esa infidelidad que no me dejaba vivir, que no me dejaba compartirme plenamente, entregarme del todo, como hacía antes, y que hacían que el miedo venciera a todos los deseos que despiertas en mí desde el día que me enamoré de ti hace ya… ¿cuánto?

Sabes ya que fue una noche loca, una noche que ni yo misma recuerdaría si no fuera por el terrible daño que ha hecho en mí, en mis inseguridades y en todos los vacíos que había en mi vida. No fue una noche más… Fue una noche menos. Y lo fue porque por culpa de esa maldita noche no he hecho sino restar momentos que quería vivir contigo, alejar caricias que quería compartir contigo, y borrar besos que no me atrevía a entregarte.

Sí, querido, fue una noche que jamás olvidaré porque ha sido la noche que estuvo a punto de arrebatarme lo que más quiero, lo único que necesito, que no es otra cosa que tú. Esa noche no podía olvidarla, y has sido tú quien ha hecho que se vaya por fin, alejando de mí ese cuerpo que ni siquiera disfruté, esas manos que me estremecían de desagrado solo de recordarlas, y esa boca que me  besó con labios manchados de alcohol. Pero ahora todo eso se ha ido. EStoy aquí, frente a ti, desnudos como siempre, y disfruto de tu cuerpo dormido y de ese rostro ameno que descansa tranquilo.

Mira la foto, querido. Como no tengo palabras para describir el éxtasis que provocas en mí, sin mirarme siquiera, quiero que entiendas que jamás nadie fue amado como tú lo eres. Y me da igual que me quieras igual. No radica ahí mi felicidad… Radica en esto que yo siento, en la felicidad que provocas en mí… Nada más. Este amor que yo siento por ti es algo por lo que ya ha valido la pena vivir. Y si tú no lo sientes, huye, corre y búscalo. Todo el mundo debería sentirlo alguna vez, al menos.

Así me siento yo cada vez que me despierto a tu lado. Mi cama se convierte en un mar de hierba recién bañada por el rocío de la madrugada, donde yo salto, donde fluyo sin más, donde soy capaz de volar, como una cometa hecha con las limpias ropas que tú me prestas, y cuyos hilos son manejados por tus manos vigorosas, esas que me hacen estremecer cada vez que me acaricias, olvidando tu masculinidad y perdiéndote en mi feminidad.

Ven, flota conmigo, báñate en el mar de hierba que hay en mi cuerpo. Y si esto es un sueño – como creo que sucede – por favor, ni se te ocurra despertarme. Y si lo haces, que sea para que este sueño se supere…

Tú me entiendes. Y si no, tócame. Cuando veas mi cuerpo desnudo bajo las sábanas, esperándote solo a ti,  lo entenderás.

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LESBOS (desvarío mental y erótico)

Aquí os dejo el relato que os prometí. Os dije que no sabía si subir la versión erótica o la pornográfica… En fin, os dejo esta a ver qué os parece.

Es algo distinto a lo que he hecho hasta ahora, algo que ha nacido de la nada, sin pensar en nada, en ningún final como siempre hago. Lo empecé a escribir sin saber qué iba a salir, y ha salido finalmente una historia. Espero que os guste

EN WORD……………………LESBOS 1

EL DEMENTE (dedicado a las tres rubias)

Ya me imaginaba yo que terminaría pasando algo así, que te echarías atrás, y que dirías eso de “¿yo? Yo no dije nada de eso”… En el fondo me lo esperaba. Menos mal que tengo un testigo. ¿Verdad, Isa?

Gracias a mi buena memoria lo recuerdo todo perfectamente, como si estuviera reviviendo ese momento. En la cafetería estábamos los tres, tomando unas cervecitas y con muchas ganas de hablar y compartirnos. Nuestros trabajos nos impedían vernos con la asiduidad que nos gustaría, y ese día teníamos tan poco tiempo y tantas cosas que compartir que ninguno sabía bien por dónde empezar.

El momento era mágico, entre vosotras dos seguía existiendo esa conexión extraña, esa que con miraros a los ojos decía tanto, y yo me mantenía en un segundo plano esperando que alguna empezara a hablar.

Otro sorbo de cerveza más mientras el silencio seguía adueñándose del momento, miradas cómplices mezcladas con sonrisas nerviosas y pocas palabras…

Ninguno de los tres sabía muy bien qué decir porque los tres parecíamos encontrarnos mejor que la última vez que coincidimos. Al menos eso parecía.

-Bueno, Isa, ¿y tú qué tal? – preguntaste al fin – ¿cómo te va todo?

-fenomenal – contestó, arrebatándote tu coletilla, lo que nos hizo reír

– me alegro – dijiste tú, y ella comenzó a hablar, sonriendo y demostrando que lo que acababa de decir no era una simple frase, sino una realidad.

Realmente se le veía fenomenal, y los dos nos sentimos bien por ella.

Nuestra amiga siguió hablando, y tú preguntando… y yo, escuchando. Todo volvía a ser como aquella primera vez, y los miedos fueron desapareciendo, volviendo a ser ese trío de rubias peligrosas con el que un día nos bautizamos.

En poco tiempo empezamos a sentirnos mejor. Ella siguió hablando mientras nosotros escuchábamos, pero tú esperabas impaciente y nerviosa – se veía en tu mirada –  como si quisieras contar algo que no podías, o que no te atrevías a compartir con nosotros.

El clima empezaba a dibujarse como queríamos, y nos sentíamos bien de nuevo.

¡Pero llegó ella!

No puedo decir que me cayera bien – ni mal. Esa mujer apareció de la nada, saludó amistosamente, cometimos el error de sonreírle, y se hizo dueña de nuestro ambiente.

Con su cerveza en mano se sentó junto a nosotros, comenzó a hablar, y a hablar, y a hablar más, y no dejó que nadie más lo hiciera. Ella monopolizó el escaso tiempo del que disponíamos, y nadie fue capaz de hacerla callar. ¡Maldita cortesía!

Cinco minutos después ella seguía hablando y nosotros escuchándola, mirándonos con complicidad, pidiendo que alguien le hiciera callar de una maldita vez.

Ella hablaba de hombres que había conocido, y que a nosotros no nos interesaba conocer; contaba chistes picantes que ya nos sabíamos pero que le reíamos -¡maldita cortesía! – y hablaba y hablaba, convirtiendo el trío en un número par.

Tú me mirabas sonriendo, pero en tu mirada no estaba la sonrisa forzada que dibujabas en tu boca. En tu mirada había algo más que no acertaba a descifrar pero que yo imaginé como odio.

En un momento que se levantó para ir a la barra lo dijiste. Lo recuerdo perfectamente.

-¡Dios mío, si pudiera la mataba! – dijiste, demostrando lo mal que te caía

– ¡pobre! – dijo Isa, sonriendo

-¿pobre? – dijiste tú – mira, se ha sentado en mi abrigo y mira como lo ha puesto… ¡yo, la mataba!

– tampoco es para tanto mujer

– ¿Que no? – dijiste de nuevo mientras, con tus manos, intentabas planchar el marchito abrigo de color marrón – en serio, si pudiera la mataba.

Las dos sonreísteis, incluso soltasteis una sonora carcajada. Ninguna os disteis cuenta de que yo no.

Y ella volvió, se sentó de nuevo en el sillón, y siguió con su discurso aburrido e insulso, creyéndose graciosa e importante por culpa de nuestra absurda educación y cortesía. Y siguió contando chistes malos y recordando anécdotas que solo importaban a ella hasta que el maldito reloj volvió a hacernos saber que nosotros no éramos los dueños de nuestro tiempo.

Cuando salimos vosotras os fuisteis juntas. Yo, sin saber por qué, la seguí.

Te juro que seguía hablando incluso sola. Sin duda esa mujer tenía muchas cosas que contarse a sí misma… ¡Pobre!

La seguí por la plaza, después por una de las pequeñas calles del pueblo, mientras la noche se iba fundiendo lentamente con mi estado de ánimo. Ella caminaba con paso ligero, como si supiera que alguien la estaba siguiendo, y yo la seguía silencioso, sin saber muy bien aún el porqué de lo que estaba haciendo.

Al principio pensé que esa mujer había despertado mi compasión, que necesitaba seguirla para saber dónde vivía, si estaba sola, o vete tú a saber qué.

Fue al llegar a aquel viejo callejón, cuando comprendí que allí nadie podría verme, cuando comprendí que no había sido la lástima la que me había hecho seguirla, sino la rabia.

Y fue entonces cuando vino a mí tu deseo, cuando vino a mí tu frase: “Si pudiera la mataba”

Y allí fui presa del extraño contraste entre mi ira y mi calma, y me dejé llevar por la primera, que siempre solía vencer en sus desiguales duelos.  Y, observándola en su patético monólogo, llegaron a mí visiones dantescas y terroríficas con sus acentos místicos más desgarrados, convirtiendo el futuro inmediato en un cuadro violento en el que yo era verdugo, y ella víctima.

Y allí, a escasos dos metros de su espalda, saqué de mi abrigo un cuchillo que cogí del cafetín sin que nadie me viera, y sin que yo mismo lo supiera, comprendiendo que si tú no podías hacerlo yo sí que podía.

Es más, te lo debía… Todo por una amiga como tú, que se merece todo.

De todos modos, ¿quién iba a echar de menos a una mujer como ella? Nosotros, desde luego, no – pensé sonriendo mientras el cuchillo, aún manchado de mantequilla, se clavaba en su espalda primero, después en su cuello, y finalmente en su corazón. Ella intentó preguntarme porqué, y, curiosamente, en ese momento no le salían las palabras.

-Por una amiga –  le contesté yo mientras volvía a clavar el cuchillo en su vientre, sonriendo ante la nula posibilidad de que volviera a molestarte nunca más.

Tú lo dijiste. “Si pudiera la mataba”.

Así que, querida, me debes una.

Y recuerda, tengo un testigo… ¿verdad Isa?

 

…MEJOR EL LIBRO desvarío mental

Tengo que reconocerlo ahora que nadie me oye… El de ayer fue el polvo de mi vida. Todo empezó como de costumbre, acostado en la misma cama de siempre, con la misma mujer de hace ya… ¿cuántos años?, con los mismos dos chavales adolescentes que solo piensan en ellos y que no dejan de molestar, y en la misma casa de siempre, con la misma hipoteca de siempre. Pero todo cambió cuando llegué a esos grandes almacenes para firmar ejemplares de mi última novela erótica. Jamás imaginé que esa hermosa mujer, de largo pelo rubio y vestida con esos vaqueros y esa larga camisa estampada, se hubiera fijado en mí como lo hizo. Toda la mañana estuvo en la cola, siempre mirándome, casi sonriéndome, haciéndome ruborizar.
Casi a media mañana, después de haber estado merodeando por la cola, durante al menos dos o tres horas, se acercó a mí, mirándome descaradamente y sonriéndome maliciosamente. ¡Dios, qué guapa que era!
– Soy una gran admiradora suya –  me dijo algo nerviosa, mostrándome un generoso escote, incapaz de sostener el peso de sus turgencias – he leído todas sus novelas. Es más, suelo releerlas todas las noches antes de dormir
– ¿ah sí? – pregunté disimulando, evitando mirar ese escote que todos miraban, incluidas las mujeres que por allí había – qué bien
– sí – me dijo más seria – me encanta como describe las excenas sexuales. Me ponen mucho…
– gracias
– no, gracias a usted – volvió a decirme mientras mordisqueaba un bolígrafo que llevaba en su mano derecha – es gracias a esos pasajes por los que todas las noches duermo más feliz, imaginándome en sus brazos, tratándome como trata a sus personajes, y consiguiendo unos orgamos increíbles.
Tengo que reconocerlo. Me quedé bloqueado, casi babeante ante su descaro y su belleza, y no supe qué decir. Fue ella quien me dejó una nota cuando le devolví el libro que, ni siquiera, había dedicado.
“hotel Husa Visa, habitación 211. EStaré allí toda la tarde esperándole”

Jamás imaginé un cuerpo como ese, una boca como la suya, y una capacidad atlética como aquella… Menos soñé aún con una descarga de sexo como la que esa sensual mujer me regaló en aquella fría tarde de invierno en su lujosa habitación de hotel. No sería capaz de recordar todo lo que hicimos bajo esas sábanas, pero sí recuerdo perfectamente las palabras que me dijo cuando se vistió y se marchó. Me miró muy seria, después sonrió, mojándose los labios con su lengua, y me dijo:
“sin duda hace usted mejor el amor en sus novelas que en persona”.
A cualquier otro homre eso le hubiera disgustado, pero a mí no… Los escritores somos así de raros, y de vanidosos.

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siempre la mejor

No hacía frío pero yo estaba tiritando, como siempre me pasaba cuando salía del agua. Mamá, como siempre hacía, vino a recogerme a la orilla, me cobijó entre sus brazos, su pecho y esa toalla amarilla de Vicky el vikingo, y apartó todo el frío de mi cuerpo aún tembloroso y mojado.

Qué hermosos eran esos veranos en los que ella era mi mejor refugio. Entonces nada importaba… A su lado todos los miedos desaparecían. También los fríos.

Después, cogidos de la mano, subíamos por la arena, y yo la miraba siempre. Me gustaba mirarla mientras caminaba a mi lado, siempre delante. Ella siempre tuvo varios pasos. Uno más rápido, para seguir a papá, y otro lento y cansino, para esperarnos a nosotros.  Y los dos los hizo suyos, olvidando el propio, ese que una vez le hizo caminar como ella misma imponía.

¿La suerte? Que treinta años después mamá sigue siendo ese refugio donde volvería a esconderme, sin pensarlo.

Si mis hijos pudieran pensar como yo ahora… Mejor no.