LA MUJER DE LA VENTANA (desvarío mental)

“Jingle bells, jingle bells, jingle all the way…” era la canción que se escuchaba por la megafonía de la calle. Eran ya más de las diez de la noche, pero ni el gélido aire impidió que saliera al balconcito de mi pequeño piso para fumar un nuevo cigarro mientras esperaba su llegada. El frío era terrible, de esos que solo se sienten en esta tierra castellana, y ni las capas de ropa, ni la bufanda, ni el gorro polar, podían hacer nada para aplacarlo.
Allí estaba yo, aburrido como siempre, y con ese nervio extraño que ella me proporcionaba desde aquel día que la vi desnuda en su cuarto de baño.
Apenas si la conocía. Llevábamos viviendo cerca tan solo unos meses, que era el tiempo que yo llevaba viviendo allí, desde el inicio del curso.
Yo era estudiante de Magisterio, y vivía en ese piso viejo de mi abuelo, con quien viviría durante los siguientes tres años. Mis padres se ahorraban un buen dineral en la residencia de estudiantes, y, de paso, mi abuelo estaba acompañado por su nieto favorito. A mí no me venía mal. El viejo me dejaba hacer a mi antojo y, además, me daba un dinerillo extra que me venía muy bien.
Mis padres me daban doble paga por cuidarle. Él, que no sabía nada, me daba otra por la compañía. ¡El negocio era redondo!
Marina, que así se llamaba mi vecina y enamorada de entonces,  había salido de casa haría unas tres horas, y sus paseos, desde que dejó a su novio, eran siempre hasta las diez de la noche. Era, sin lugar a dudas, una mujer de costumbres… Eso me gustaba porque me facilitaba el poder tenerla controlada desde la distancia.
No haría ni dos semanas desde que dejó a ese tío arrogante, siempre bien vestido y mejor peinado, que no vivía con ella, pero que sí acostumbraba a dormir allí los martes y los jueves…

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UNA NOCHE DE LUNA NEGRA (relato de eros)

Después del parón provocado por el cuento y su representación en el cole volvemos con un nuevo relato. Cambiamos de registro de nuevo. Este relato está subidito de tono. Espero que os guste.

“…Volvimos a besarnos. Su saliva alcalina caía de su boca como si fuera una fuente de verano. Sus labios eran calientes y amenos, muy carnosos, y en el centro tenían un gracioso lunar del que no me había dado cuenta antes.
Besaba como los ángeles, y no tardó en alargar su mano por dentro de mi camisa, pellizcando mis pezones, bajando a mi barriga y metiéndose, finalmente, por entre el pantalón.
Yo alargué mi mano también hasta su escote y no tardaron en salir sus dos pechos. Sus senos, turgentes, hermosos y sonrosados parecían dos copas de vino dulce puestas boca abajo. También sabían a un caldo veterano, con aromas afrutados.
Mientras nos besábamos mi mano no tardó en subir su vestido, acariciando sus medias de seda, llegando al final de estas y apretando mis dedos contra sus muslos calientes y libres de tela. Mi sorpresa mayor llegó cuando descubrí que sobre sus muslos no había braga alguna, y que su sexualidad me esperaba despierta.
Acaricié el vello rizado y caoba, también sus ingles limpias, y finalmente mis dedos jugaron en sus carnes, provocándole un placer que le hizo gritar sin control.
El silencio de la plaza nos asustó. Nuestra respiración jadeante, y los propios roces de las manos con nuestros cuerpos eran los únicos sonidos que allí se oían, y, en medio de tanta excitación, parecían multiplicarse en ondas que viajaban por toda la plaza hasta las ventanas de las casas que rodeaban la plaza. Ambos miramos hacia las ventanas de los pisos. Todas las luces estaban apagadas, y no creí que nadie pudiera vernos porque estaba todo muy oscuro.
-Venga, cariño  – me dijo totalmente entregada a mí – hazme el amor ya…”

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AMOR DE MEDIA PENSIÓN (relato erótico)

aquí os dejo un nuevo relato ¿erótico, sensual…? leélo y opina.

“…Ella, sin saber que un furtivo acechaba desde cerca – ¿o sí lo sabía? – siguió mirándose en el espejo, y pude comprobar que su habitación era mucho más grande que la mía.  Se miraba directamente a los ojos, sin lágrimas visibles pero que yo pude ver dentro de sus ojos. Mientras acariciaba su cuello, intentando ocultar esas arrugas que tenía, su tristeza se hacía mayor, y ese gesto me emocionó.
Desde mi guarida podía verla de espaldas, con las tiras del sujetador apretadas a su piel, y una braga negra rota, descosida, y muy holgada. Su cuerpo era mucho más bonito de lo que ella parecía ver a través de ese espejo.
Sensualmente – yo creo que sabía que estaba siendo espiada – se quitó el sujetador, desabrochando el botón trasero con delicadeza y dejando dentro de mi campo de visión dos preciosos pechos. Estaban perfectamente formados, y se dibujaban turgentes y redondos, ligeramente caídos. A mí me parecieron tan majestuosos como excitantes. Parecían dos preciosas manzanas relucientes ante las que permanecí absorto, mientras mi mirada flanqueaba sus contornos redondeados, su piel blanca alcalina y esos botones rosáceos que delimitaban el centro exacto de su circunferencia irregular. De pronto los imaginé repletos de leche caliente. Aún no sé por qué…”

TODO EN WORD…………………..amor de pensión

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LESBOS (desvarío mental y erótico)

Aquí os dejo el relato que os prometí. Os dije que no sabía si subir la versión erótica o la pornográfica… En fin, os dejo esta a ver qué os parece.

Es algo distinto a lo que he hecho hasta ahora, algo que ha nacido de la nada, sin pensar en nada, en ningún final como siempre hago. Lo empecé a escribir sin saber qué iba a salir, y ha salido finalmente una historia. Espero que os guste

EN WORD……………………LESBOS 1

AQUEL DÍA (RELATO)

esta es la historia de un niño de no más de once años que juega con sus amigos a las afueras de su bonito pueblo. Juegan al escondite, y nuestro protagonista está cansado de que siempre le descubran.

Ese día corre y corre, alejándose como nunca, hasta llegar a una parte del bosque que desconoce y donde encontrará mucho más de lo que esperaba encontrar. Es en ese bosque donde su vida cambiará para siempre, pasando de niño a hombre en unos minutos.

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EN LOS PRÓXIMOS DÍAS PONDREMOS EL FINAL ALTERNATIVO

LOS DEMÁS, relato erotico amoroso

“Él nunca  lo supo, y en ese día compartido con tantos otros, tampoco quiso hacerlo. Pero ya antes – en realidad, mucho antes – habíamos hecho el amor miles de veces. Sí, miles. No exagero.

Creo que cada vez que lo he visto, casi desde que lo conozco, he hecho el amor con él, siempre a través de mis ojos, siempre recibiendo solo sus palabras, sin caricias que escaparan de esos dedos mágicos, sin besos que no estuvieran dibujados más que en el aire, y siempre mirándole en silencio, como solo sabe hacer una amiga, y como solo sabe disimular una mujer.

Nadie lo sabía, pero ese día de celebración estábamos haciendo el amor delante de la multitud, rodeados de ellos, sin importarnos nada que no fuéramos nosotros dos.

Tampoco podía siquiera imaginar los sentimientos que despertaron siempre en mí cuando me miraba, aunque se mostrara distante, aunque ni siquiera me hablara.A mí me daba igual, porque él, aunque se empeñara en lo contrario, era allí mío y de nadie más.
Cada vez que yo hablaba lo hacía solo para él, aunque fueran los demás quienes recibieran mis miradas. Y siempre que me cruzaba con la suya, me la mostraba esquiva, hasta que, por fin, encontré lo mismo que yo quería transmitirle y gritarle, oculto, escondido tras sus ojos de niño, porque él no era mujer, y nunca lo supo disimular…”

TODO EN PDF……….LOS DEMAS (eros

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FURTIVOS, relato erótico

´¿Recordáis la historia de los amantes platónicos?

Esa historia nació con este relato que no llegué a terminar y que me he encontrado esta última semana. Lo he terminado y aquí os lo dejo.

“…Subieron juntos en el ascensor, ajenos a todo, y deseando solamente besar por fin aquellos labios con los que habían estado fantaseando durante tanto tiempo. Cuando abrieron la puerta la casa estaba oscura y silenciosa. Ninguno dijo nada. Ella dejó el bolso en el sofá mientras él intentaba abrir la ventana.

– No la abras, por favor – le dijo ella, de pie en medio del salón, mirándole… y esperándole. Él se acercó lentamente, con más miedo del que nunca había tenido en su vida, deseando hacerle entender que lo que sentía no era solo físico. Él la amaba, aunque ni ella misma pudiera creerlo.

Ella esperaba en silencio, a punto de llorar o de desmayarse, y él se acercó tímidamente, alargó una de sus manos a su cintura, y la apretó contra su cuerpo tembloroso. Por fin estaban abrazados el uno al otro, oliendo sus perfumes naturales, y sus manos empezaron a recorrer ambas espaldas.

¡Por fin! – pensaron los dos en silencio, a punto de echarse a llorar. Su pelo olía, sabía, y se veía entre la oscuridad como la misma cerveza recién derramada, esa capaz de saciar toda la sed y todos los calores que nacen en el tórrido verano. Su pelo parecía también un campo de trigo mecido por el viento, esparciendo a su paso por mi atmósfera vital miles de espigas doradas que brillaban tanto como el sol que las iluminaba.

Y ese manto de arena, dorada por unos lados, oscurecida por otros, terminaba en una playa rojiza, con dunas suaves de pómulos de seda donde cinco lunares bailaban al compás de una canción interpretada por dos labios afrutados que guardaban un cálido instrumento en su funda de terciopelo rojizo. Sus largos mechones ondulaban a los lados de su cara, y vio de cerca el tono de su piel tostada como si para él fuera siempre verano.

Le deslumbraba el color de toda su persona, y le hizo recordar un luminoso atardecer en aquel sitio donde tanto se amaron, ocultando sus deseos y sus anhelos que, por fin, se iban a hacer realidad. Su pelo parecía hecho por láminas casi invisibles de aire, y él tuvo la tentación de robarle uno. Dejó de aspirar de esos millones de láminas sedosas y centró su ser en esa cara que a punto estaba de llorar…”.

 

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AMOR SIN REMORDIMIENTOS

Mirándola a escasos centímetros sintió un extraño frío que solo ella podría arrebatarle. No era frío… Era miedo. Y ella lo hizo desaparecer… con un abrazo. Conteniendo la respiración, esperó hasta penetrar en los labios de aquella ninfa con la que llevaba soñando toda una vida – sufriendo también – y cuando lo hizo pudo escuchar cómo sus almas exclamaron al unísono: ¡Por fin!

Después, volvieron a besarse, y lo hicieron por fin alejando los miedos primigenios, dejándose llevar por lo que tanto habían deseado a oscuras y en silencio… y siempre solos.  Él, casi todas las noches, en su cama. Ella, no tantas, en la suya. Al fin – como gritaron sus almas abrazadas – habían dado el paso y ya allí no había lugar para el reproche… Ya aparecería después cuando fueran otros los labios que les besaran, y otros los cuerpos que compartieran.

Olvidando las esposas que hasta ahora les habían mantenido alejados al uno del otro – en realidad, menos de lo que ellos mismos pensaban pues ya habían hecho el amor miles de veces en unos sueños que parecían tan reales como esa realidad que estaban viviendo – se desnudaron tímidos y asustados.

Después, sus cuerpos se fundieron como dos velas encendidas, con el mismo calor, y ambos se hicieron uno solo… todopoderoso e incapaz de ser derrotado. Y de pronto desapareció todo lo que no fueran ellos dos. Primero desapareció la cama, después las sábanas que les envolvían, después  el piso donde estaban, la ciudad, y sus gentes…  Las de él… las de ella.

Y bajo ese cuerpo que desprendía alcalinas descargas ella se sintió doncella, y su boca fue la triaca que le alejó de ese dolor que ya empezaba a remitir, sintiendo que solo la Gran Separadora podría arrebatárselo ya. Él bebió de sus rasgados ojos asustados mientras hacía el amor. Ella, vestida con los siete velos que envolvían su piel trigueña, acercó los labios a él  y le dijo, sin miedo alguno ya, que le amaría hasta el último de sus días.

Ella gemía gozosa, mirándole, alimentándose con una mirada que sabía que tenía que guardar pues posiblemente no se repetiría… Después, sin que él lo esperara, lloró tibiamente.

– ¿Por qué lloras? – preguntó él, deteniendo su ímpetu y acariciando su bello rostro, embriagado por el vino que escapaba de la garganta de los barriles que eran sus ojos – ¿te duele, amor mío?

– ¿Que si me duele…? – dijo ella, sintiéndose completamente mujer porque al fin su pensamiento escapaba de esas cadenas que ella misma se había impuesto en un día no muy lejano, y volvía a sentirse mujer y viva – la verdad es que me duele menos de lo que debiera …mucho menos.

EL VIEJO TRAJE DE MAESTRO, LA NOVELA COMPLETA

El viejo traje de maestro es una novela corta (o desvarío mental) que nació una noche que escuchaba la radio y hablaban de la memoria histórica, de los maestros de la época del franquismo, y de las injusticias que siempre han existido con respecto a sus figuras.

El relato se fue haciendo más largo y se convirtió en novela. Aquí os la dejo – con dibujos de Luiyi – para que le echéis un vistazo y me deis opinión. Quiero que me ayudeis a corregirla. A mí me cuesta mucho hacerlo.

Cuento con vosotros Comae, Lola, Ana, Luiyi, Anme, Loles, Encarnita y demás valientes que osen leerla. Se lee muy rápido. Es como una especie de diario.

Miguel, tú también estás invitado.

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LIBRE DE PECADO (VERSIÓN CORTA) DESVARÍO MENTAL

A pesar de que era la primera vez que acudía a su cita, la humedad y el frío del lugar la hacían sentir extrañamente cómoda, sabedora de que allí no tenía nada que temer… Ese extraño olor a humedad y humo caliente le reconfortaba. El ruido de la pesada puerta que se abrió a su espalda le hizo alejarse de ese momento de ficticia paz que creía estar viviendo.

Al oír sus pasos acercándose a ella prefirió permanecer en silencio, sin atreverse a volverse y mirarle a los ojos – para no huir – oculta entre una oscuridad que no la hacía invisible, y menos para él, que sería, a partir de entonces, el carcelero no solo de su alma sino también de su cuerpo. Desnuda en cuerpo y alma, con las rodillas apoyadas sobre el frío suelo, cerró los ojos intentando reunir esas fuerzas necesarias que la capacitaran para alejar el pudor primario que siempre nacía cuando se acercaba a él.

Por suerte ese miedo desaparecía cuando llegaba a ella el olor de su ropa negra, impregnada de ese suavizante de lavanda que ella misma utilizó años atrás. De rodillas ante él, esperándole en medio de la oscuridad y su propia desnudez, aún temblaba, incapaz siquiera de gesticular, y temerosa de ser descubierta en su pecado. Por eso miraba a un lado y a otro, aunque supiera que allí no podía haber nadie, y que, como siempre había imaginado, solo estaban ellos dos.

La tranquilidad esperada llegó al escuchar esa ronca y aterciopelada voz, capaz de extraer cualquier remordimiento y lavarlo. Y al oírle volvía a nacer esa extraña y mágica sensación, ese ameno dolor de unos senos que recuperaban una vitalidad capaz de rivalizar con la que ellos mismos la deleitaron en medio de su juventud.    Al ver sus musculosos dedos dirigiéndose hacia ella, los pechos, ya henchidos, querían escapar de la tibia blusa que los separaba del aire que ella misma respiraba. El liviano movimiento de sus labios, susurrándole palabras con cadencia rítmica, eran capaces de abrir un cielo que, hasta ese momento, a ella le había estado denegado.

Cada una de sus palabras, acompañadas de ese vaho ameno y caliente, era como un latigazo para su alma, como una condena de la que  no se quería librar, y allí, volvía a disfrutar de nuevo de ese intenso latir entre sus muslos. Esa fría humedad, con el enigmático deleite añadido del intenso olor a incienso hacían que aún no pudiera alejarse de ese hombre sin antes alejar el peso del miedo que tenía. Solo él podría salvarla. Solo él podría hacerla volver a sentir mujer.

Con la punta de la lengua se recorrió la longitud de los labios para acabar frenada entre los dientes, intentando así encontrar la dulzura que suavizara ese momento que iba a recordar junto a él. Todo se hizo difícil y ameno de nuevo, y fue allí, aún de rodillas ante él, donde tan difíciles de soportar se hicieron las punzadas que recibió entre sus piernas aún ardientes y de unas manos manchadas por el pecado del robo.

Ni siquiera apretando los muslos entre sí pudo detener la urgente necesidad de huir o hacerse suya, y cuando quiso darse cuenta su mano ya bajaba desde el regazo, entreteniéndose en mecer donde su cuerpo temblaba, dispuesta a lidiar con todos los calores desmedidos que nacían en ella.

Como siempre le pasaba, el miedo se convirtió en excitación… y el miedo se hizo bello. Mirándole, con cierto recelo, apretó sus rodillas al suelo y alargó su mano hasta él, intentando mostrarle la necesidad de  seguir incrementando el placer de una curiosidad aún no satisfecha. Intentando descubrir el sincero brillo de los ojos de ese hombre, luchaba por abandonarse a su suerte, decir todo al fin, y recibir así ese consuelo que tanto necesitaba y que solo él podría entregarle.

Pero volvió el miedo. ¿Cómo hacer para dejarse llevar y hablar sin miedo?

El silencio sepulcral se bastaba para acallar los ardores de su carrera hacia ningún lado, esa que estaba segura que nunca podría terminar, y mucho menos ganar. De rodillas sobre ese suelo que ya parecía la hierba fresca de un pasto enorme, bebió del agua que nacía de sus labios, y, jadeante, dejó que sus labios fueran más allá de su dominio y se comunicaran con ese hombre que esperaba expectante a su lado.

Entonces él la miró desde la oscuridad que los separaba, y ella, ajena al miedo y a la hipocresía que ella misma cultivaba, le devolvió la mirada, escondida tras las celosías de la vergüenza. Más excitada y temerosa que nunca cerró de nuevo sus ojos y volvió a ver a su amante, su cuerpo, su boca, y su masculinidad.

Abrió sus labios, y los mojó con la saliva caliente que descansaba sobre su lengua. Abriendo de nuevo los ojos, le escuchó al fin, y su mundo se tranquilizó… al menos por unos segundos.

– Ave María Purísima – dijo él, apoyando la cabeza sobre las celosías de madera que les separaban 

– sin pecado concebida – dijo ella, olvidando todas las cosas que tenía que contarle, saboreando al fin los laureados aromas del perdón.

– Perdóneme padre porque he pecado – dijo, antes de romper a llorar.

Y lloró.

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BAJAR DEL CIELO (RELATO)

Aquí dejo un nuevo relato de una mujer y un hombre. En realidad de una mujer y dos hombres, y otra mujer, y una relación peligrosa… Habla de amor, de placer, de pasión, y de miedos.

“La historia de Susan no empezó – ni siquiera para ella misma – el cinco de Febrero de aquel lejano año en el que nació. Su verdadera historia, esa que la hizo sentir plena, arrancó un cinco de Agosto, treinta y cinco años después.
Hasta ese cinco de Agosto Susan quiso. También fue querida… Y siempre fue feliz, o eso mismo creyó, sin ser consciente de que aún quedaban huecos sentimentales y físicos que no había conseguido, no solo llenar, sino tampoco percibir.
Pero fue a partir de ese caluroso y extraño día de Agosto cuando Susan amó, y también fue amada.
Todo comenzó como un juego, como dicen que suele pasar… pero esta vez era verdad.
Todo comenzó con una partida de ajedrez jugada en una calurosa tarde estival junto a la piscina de su lujosa urbanización.
Y las partidas de ese enigmático juego de mesa o terminan en tablas (y todos tan contentos) o alguien  hace un jaque, y el otro queda “mate”.
Pues así pasó, aunque a ella misma le costara reconocerlo.
Durante la partida hablaron de sus parejas, de sus vidas, como siempre hacían, y de la última cena que habían compartido en casa de Susan el fin de semana anterior.
Bajo el sol abrasador, buscando la jugada perfecta, lo pasaron bien. La verdad es que siempre lo pasaban bien porque se conocían desde hacía mucho tiempo y tenían cierta complicidad.
Fue en mitad de la partida cuando Susan vio algo extraño que le hizo sentir mal. Juan miraba descaradamente sus senos, y en su rostro encontró tanto deseo que no pudo mas que ruborizarse.
Tentada estuvo de levantarse y marchar, pero lo que hizo fue mirar en derredor para comprobar que ningún vecino les mirara. Se asustó.
Al ver que todos seguían en sus quehaceres, se sintió mejor.
Puri, la del quinto, enseñaba a nadar a su pequeña Estela, que no dejaba de mover manos y piernas con poco éxito, porque siempre terminaba hundiéndose.
Encarni, la del séptimo, leía un libro de Ken Follet mientras fumaba tumbada sobre una toalla de Fanta. A su lado, sus dos hijos daban cuenta de sendos sándwiches de mortadela.
Era Dioni, la vecina del segundo, quien le miraba con cierta extrañeza, pero no le sorprendió. Nunca se habían llevado bien desde aquel altercado en la reunión de la comunidad por culpa de una derrama, y además siempre pensó que iba detrás de su marido.
En realidad iba detrás del todo el bloque, y se comentaba que ya se había acostado con más de un vecino, a pesar de estar casada.
Uno de los muchos que decían que se había acostado con ella era precisamente Juan. Él siempre lo desmintió, y ella le creía.
Dioni siempre vestía de manera provocativa, con minifaldas que tapaban poco muslo, con generosos escotes, y en la piscina era un auténtico espectáculo con esas minúsculas tangas que la hacían más espectacular de lo que ya era.
Sí, era una mujer digna de las envidias de todas sus vecinas, incluida Susan.
..”

léelo en pdf……………..bajar del cielo

LA CITA MISTERIOSA

 

Cuando me tumbé en la cama aún estaba temblando. Allí mismo, donde ya me creía a salvo, fui incapaz de alejar el nerviosismo que me había acompañado hasta entrar en esa lujosa habitación del hotel más caro de la ciudad. No lo sabía a ciencia cierta pero estaba seguro de haber visto a un conocido en el hall, lo que hizo que todo mi miedo a ser descubierto ahondara aún más en mi propia inseguridad.

Era una fría mañana de lluvia, una de esas que, otrora, me invitaban a quedarme encerrado, recostado entre sábanas de piel y con el ameno aliento que no me pertenecía.

Hacía tiempo que lo echaba de menos, y últimamente me acordaba – al despertar siempre solo – de aquellos días cuando mi vida entera se alimentaba entre insinuaciones, besos y caricias que no duraron todo aquello que yo mismo hubiera querido.

Por eso me decidí de nuevo. La edad no era un impedimento para tener todo eso que tuve tan cerca en mi juventud. ¿Por qué iba a serlo?

Y por eso di el paso, alejándome de  miedos absurdos, de fantasmas que siempre supe que no existieron, y de extraños complejos antinaturales ante los que nunca me creí capaz de sucumbir.

Con la habitación totalmente a oscuras  esperé a que llegara. No sabía siquiera si ella se atrevería a acudir, pero aun así albergaba una pequeña esperanza. En el fondo, ella también parecía víctima de un matrimonio del que se había estado alejando sin pretenderlo.

¿La culpa? ¡vete a saber! El trabajo, los hijos, la edad… y todo eso salpicado de rutina.

Pensando en ella, y en el momento elegido para amarnos, volví a excitarme y a emocionarme como cuando aún no era padre y mi vida me pertenecía

Mis manos, presas de mi estado de ansiedad y de excitación sin precedentes cercanos, se posaron sin querer en mi entrepierna que empezaba a impacientarse solo de pensar en ella bailando solo para mí.

Cerré los ojos, me apoyé sobre la almohada doblada, y la imaginé desnudándose para mí, jugando con el conjunto de lencería que le había regalado hacía ya muchas semanas… quizás demasiadas. Tantas que seguramente hasta lo habría olvidado.

En cambio yo no dejaba de pensar en él. También pensaba en el gesto que me regaló al ver el modelito.

Era su cumpleaños, y no supe qué regalarle. Recordando las palabras de un viejo amigo lo tuve claro.

“Si quieres algo con una mujer tienes que desconcertarla”. Y vaya si lo hice.

En su cara había incredulidad, miedo, y, sobre todo, mucho nerviosismo por lo inesperado. Aún hoy me tiemblan las piernas cuando recuerdo cómo reuní todo el valor que no tenía.

Alejado de ella, rodeado de gente, vi como leía la tarjeta donde me citaba con ella en este lugar. Me miró y se ruborizó. Después guardó la tarjeta en la caja y no volvimos a hablar del tema.

Ya habían pasado tres días y comencé a perder todas esas esperanzas con las que había salido de mi puesto de trabajo.

¿Se acordaría del día que era?, y lo más importante: ¿Iría a su cita olvidando el trabajo y las responsabilidades del hogar y de sus dos hijas pequeñas? 

Tanto miedo tuve al encuentro que tentado estuve de abortar la misión. Pero ¿cómo hacerlo? y ¿por qué?  Aquella mujer me volvía loco casi desde el día que la conocí… incluso antes, cuando ya soñaba con ella sin haberla llegado a ver.

Todo el miedo desapareció al verla entrar por la puerta. La oscuridad no le dejaba ver con claridad, y, con voz temblorosa, me llamó casi entre susurros

–          Jose… ¿estás ahí? 

–          Sí – fue lo único que le dije.

Se desnudó en silencio, inmersa en la oscuridad.  Yo no pude dejar de pensar en los años que hacia que la deseaba…que la amaba… y en el momento que me tocaba vivir. ¡Por fin volvía a ser solo mía!

Emocionado recibí su silueta desnuda, oí al suave ruido de las sábanas mezclándose con su cuerpo, y finalmente la sentí sobre mí.

Su cuerpo seguía oliendo como cuando era una jovencita, y su tacto me deshizo el ánimo, arrebatándome la cordura. Y allí me di cuenta de la suerte que tenía…

Y es que mi mujer seguía siendo todo para mí… aunque ya nunca se lo dijera.

PARA IMPRIMIR…………………LA CITA MISTERIOSA