DESVARÍO MENTAL DE HALLOWEEN

Era el día de Halloween y ya me había disfrazado para la fiesta que se celebraba en casa de mi amigo Santi. La fiesta de los muertos se había puesto  de moda en mi pueblo en estos últimos años.
Iba por la calle, fumando un cigarro, con la máscara de Scream sobre la cabeza, cuando pasé por esa vieja casa a la que tanto miedo había tenido desde niño.
La casa seguía igual. Su vieja puerta de madera cerrada, sus amplios ventanales del piso de abajo completamente cerrados, la fachada del mismo color grisáceo, pero más envejecido aún. Habían pasado ya quince años desde que yo jugaba frente a esa casa, siempre con cuidado de que no saliera la vieja loca de la casa. Así llamábamos a esa mujer que siempre salía a regañarnos cuando nuestra pelota golpeaba alguna de sus ventanas.
Me sorprendió ver luz en una de las gigantescas ventanas de arriba. Era la luz de una vela que se movía, y el miedo que sentí me hizo desear correr. Allí no vivía ya nadie desde hacía muchos años. La vieja loca de la casa murió hacía ya casi una década, y su única hija se había ido al extranjero con su padre, al que la vieja loca de la casa había abandonado siendo muy joven. Aun así permanecí allí, frente a esa casa, mirando.
Arriba había movimiento. La luz tenue se movía lentamente. De repente – ¿cuál no sería mi susto? – una de las cortinas se movió y tras ella apareció lo que parecía la imagen de una extraña mujer que no pude reconocer. Lo que sí estaba claro era que no se trataba de la vieja loca de la casa. No pude verla bien, debido a la oscuridad, pero ella me miraba. Y al final me sonrió.
Deseé huir, pero no lo hice. Al momento la luz se apagó, y la cortina volvió a cerrarse. Allí no parecía haber nadie, y empecé a temer si no habría sido todo producto de mi imaginación. El caso es que, antes de desaparecer, la había visto sonreírme y decirme con uno de sus dedos que entrara en la casa. Había sido tan real que no podía terminar de creerlo y allí permanecí a la espera de volver a ver de nuevo esa luz… Estaba convencido de que volvería a verla aparecer.
Reconozco que estaba aterrado. Mis ojos estaban clavados en esa ventana, y, de pronto, me pareció ver movimiento en otra de las ventanas. Era como si la cortina se hubiera movido en la oscuridad… ¡Dios, el miedo se hacía más intenso!
Otros en esa misma situación se asustarían sin más (ese era su objetivo con el miedo) Yo no. A mí me gustaba sentirlo, y una vez que lo veía no podía huir de él como los demás, sino acercarme hasta él. Fue por eso por lo que me acerqué a la puerta, intentando abrirla para entrar en esa vieja casa.
Soprendentemente la puerta, sucia y fría, estaba entreabierta. La empujé y pude sentir ese olor a humedad y abandono del interior… No se veía nada. Todo era oscuridad silente, si acaso una extraña sombra de luz que entraba, precisamente, a través de mí… A mi espalda.
Con ayuda de uno de mis dedos intenté encender la luz, pero esta no había aparecido por allí en los últimos años. Encendiendo la linterna de mi móvil nuevo observé la antiguedad y el abandono de esa casa. En medio del salón había una mesa de madera, rodeada por seis sillas. En el centro descansaba un jarrón oxidado, con los restos de lo que un día fueron dos flores. Me llamó la atención lo que parecían las manchas de dos dedos recorriendo el polvo de la superficie plana, y al final unas llaves que sí parecían modernas, o al menos limpias.
Para que el aire entrara en la casa y limpiara el ambiente frío allí reinante abrí la puerta trasera, que conducía a un patio. El patio era grande, con grandes enredaderas y arbustos. En el centro de aquel caos había un pedestal vacío, donde alguna vez hubo una estatua.
Al entrar de nuevo, decidí subir las escaleras para entrar en la vivienda donde me había parecido ver aquella imagen fantasmal.
Reconozco que estaba muy asustado, pero ese miedo me alentaba a seguir subiendo escalones, y no a salir corriendo como habría hecho cualquier ser medianamente cuerdo. Subiendo la escalera vi una foto que llamó mi atención. Era de la vieja loca de la casa, y su hija, en ese patio, y junto a ellas la imagen de esa estatua que parecía haber sido robada de allí. Era la imagen de una mujer con forma de ángel, y las dos mujeres la miraban embelesadas, como si fuera una más en esa familia… Era extraño, pero eso parecía.
Los escalones de madera chirriaban a cada uno de mis pasos, y al llegar al último, un ruido me hizo alertar.
El pasillo era largo, con cuatro puertas a ambos lados y una vieja moqueta totalmente destrozada.
El móvil se me cayó al suelo y se apagó, y fue entonces cuando me di cuenta – oh, terror! – de que de la última puerta situada a la izquierda salía una tenue y temblorosa luz de vela como la que había visto desde el exterior.
El miedo recorrió desde mi nuca hasta mi dedo gordo del pie, pero, como siempre me sucedió, no fui capaz de hacer caso a mi raciocinio y allí permanecí. No solo eso sino que mis pies comenzaron a llevarme por ese pasillo tenebroso hasta llegar a esa puerta por donde salía esa luz anaranjada.
Al asomarme tímidamente me quedé tan sorprendido como anonadado. No podía creer que fuera cierto lo que mis ojos me estaban mostrando, pero eso parecía tan real como el vaho que podía ver frente a mi boca.
– Pasa y cierra la puerta – me dijo – te estaba esperando
– ¿A mí? – contesté yo, aterrado – ¿desde cuándo?
– desde que eras un niño y jugabas con esa vieja pelota. Cierra la puerta, por favor.
Fue ese “por favor” el que me hizo sentir más relajado, y cerré esa puerta sin miedo aparente. Al hacerlo la luz de esa vela se apagó y un extraño calor inundó toda la habitación. Esa voz me dijo que encendiera la luz. Mis dedos, torpemente, se acercaron al interruptor y al girarlo la luz se hizo.
Al darme la vuelta pude ver todo de forma diferente. La habitación, antes oscura, fría y desangelada, incluso sucia y húmeda, ahora parecía cálida, amena e incluso elegante. Las paredes estaban cubiertas por papeles elegantes de tonos verdes, había cuadros colgados y una enorme lámpara colgaba del techo proyectando sus luces sobre el techo. La cama era grande también, con dosel, y dentro de ella una hermosa mujer me miraba tapada con sus sábanas de hilo fino.
La mujer no era del todo desconocida. Sabía que la había visto antes en algún lugar, pero no acertaba a decir dónde. Por un momento pensé que era la hija de la vieja loca. No se parecía mucho a ella, pero sí a esa que había visto en la foto al subir la escalera. En realidad se parecía muchísimo… Tanto que llegó a asustarme.
-¿Me tienes miedo? – me preguntó, entrelazando sus dedos por entre sus bucles, mientras la otra mano descansaba junto a su cara en esa almohada
– no sé – le contesté sinceramente, extrañado de todo lo que estaba pasando – ¿es esto un sueño?
– pues claro, querido – dijo sonriendo mientras yo miraba las curvas de su cuerpo joven que se dibujaban a través de la sábana que la cubría – ven.
Sin pensarlo más, y sabiendo que eso era sin duda alguna un sueño, me acerqué hasta ella y me pidió que me desnudara
– ¿cómo? – pregunté asustado
– ¿qué pretendes? – me sonrió de nuevo, apartando la sábana y mostrándome el cuerpo más perfecto y hermoso que había visto jamás en mi vida – ¿acaso has hecho el amor alguna vez con la ropa puesta?
Sin abrir la boca me desnudé, siempre mirando sus preciosas curvas y contemplando el espectáculo más hermosó jamás imaginado por mí. Sus senos parecían dos copas de vino invertidas, repletas del licor que pronto tomaría. Su vientre era corvo y duro, blanco como el mármol, y su brillo la hacía parecer más hermosa y sensual. Sus manos desnudas eran dos culebras mojadas, su cuello un jarrón lleno de vino, y su cara el mismo rostro del cielo. Sus piernas parecían esculpidas, sus muslos dibujados sobre un óleo y su sexualidad parecía ausente… Era tan extraña como hermosa.
Cuando me invitó a entar con ella en esa cama sentí un frío extraño. Ese frío se hizo de pronto caliente, casi ardiente, y me quemé por completo cuando con sus manos me rodeó y se subió encima de mi cuerpo desnudo y convulso.
Cómo la deseaba… Ella lo sabía, y jugaba con ello, e hizo que me estremeciera y que deseara quedarme allí de por vida. Sabía que eso que me estaba pasando no era real. Lo sabía, pero no quería despertar… Si por mí dependiera estaría dispuesto a quedarme allí toda mi vida.
Hicimos el amor una y otra vez… Y otra más, de todas las posturas imaginables, con toda la dulzura posible, también con todo el descaro que ambos teníamos entonces, y ella, cada momento que pasaba, se hacía más y más mujer.
Lo hicimos hasta que el día nos descubrió. O eso creí. En algún momento me quedé dormido, con ella dentro de mí, y cuando desperté comprobé que ya no estaba. Tampoco la habitación era la misma, ni siquiera la cama donde descansaba.
Todo estaba sucio, viejo, húmedo, y las telarañas y los papeles raídos hacían todo más triste. Aun así yo sabía que lo que allí había pasado era real… Aún olía a ella, aún sentía sus ardientes besos en mi piel, y, sobre todo, aún podía ver esos arañazos en mi cuerpo.
Rápidamente me vestí, corrí por el pasillo y corrí hasta la escalera. Bájé los escalones de dos en dos hasta que llegué junto a esa foto. La cogí, y allí estaba ella, la mujer con la que había hecho el amor.  ¿Cómo podía ser?
Más asustado aún intenté huir de la casa antes de volverme loco. Fue al llegar a la planta baja cuando algo me hizo alertar. La puerta del patio estaba totalmente abierta, cuando yo la había dejado cerrada. Con cuidado, intentando tranquilizarme, salí al patio y pude ver todas esas madreselvas, esas enredaderas y todos esos matorrales abandonados. Caminé por entre ellos hacia ese pedestal central que, curiosa y misteriosamente, ahora sí tenía la estatua sobre él.
¡Qué miedo pasé!
La estatua estaba de espaldas, y era de ese ángel que recordaba en la foto de la escalera. Fue al llegar frente a la estatua cuando mi cuerpo perdió las pocas fuerzas que le quedaban y cayó sobre el frío y húmedo suelo repleto de vegetación.
Ese ángel era ella… Su mismo rostro, sus mismos pechos, sus mismas manos, sus mismos muslos, y hasta su mismo olor.
¡Dios mío, cómo puede ser!
Algo raro había en todo aquello. Aunque esa estatua era ella, sin duda, pude ver en la foto que no era igual. El rostro, el cuerpo, la mirada… Todo era igual, pero en la foto la estatua estaba de pie, junto a ellas, casi abrazándolas, y allí, en ese patio, la estatua estaba de rodillas, como si no le hubiera dado tiempo a ponerse en su postura original y algo o alguien la hubiera sorprendido.
Corrí despavorido, y huí, huí muy lejos y muy rápido… Tanto que no sé ni donde llegué.
Noche tras noche ese ángel se apareció en mis sueños, en mi cama, estuviera donde estuviera, y no paró de hacerlo hasta convencerme de que comprara esa casa y me fuera a vivir allí con ella. Así lo hice.
Todas las noches esperé que volviera, pero nunca más lo hizo, y permanecí allí, en ese patio, observándola día y noche. Solo salía de casa cuando alguno de esos malditos chavales golpeaba con su pelota en alguna de mis ventanas, y cuando salían me gritaban: “cuidado, que viene el viejo loco de la casa”
Así me llaman ahora, el viejo loco de la casa.

Ese ángel

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Siempre he tenido una relación extraña con las estatuas de los ángeles.
LO MISMO ME ATRAEN QUE ME ATERRAN..
y eso me encanta. Nada, ni nadie, me hizo sentir nunca así… Hasta ahora

ANGELES

Y para ser en todo igual a mí, ese ángel vestido de verde y largo pelo negro, dejó de bailar. Después renunció al vuelo y las alas…
Pero sigue bailando. Ella siempre está bailando… No lo sabe porque no se ve con mis ojos

Mirar a los ángeles a los ojos

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las apuestas y los pactos se deberían hacer con los ángeles. Nunca con los demonios

Ángeles escondidos

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son los ángeles escondidos quienes hacen que todos los días podamos ver el sol. Gracias