ANDARSE POR LAS RAMAS

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Ella, aunque no lo pareciera, aunque a veces pareciera débil, e incluso víctima de todo lo que le había pasado en su vida, era una mujer muy segura de sí misma… ¡Una superviviente!

Y es que ella no era de esas mujeres que se andaban por las ramas… Ella volaba con ellas.

EROS

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Ella, como licántropo hambriento que era cuando estaba a su lado, cazó en la noche a su presa favorita, y después la devoró ferozmente, como buena noche de luna llena que era. Lo hizo – eso sí – sin hacerle daño alguno, llevándolo con ella hasta el lado más lejano de la inmortalidad, y él, por primera vez en su vida, se sintió el más poderoso de los nocturnos inmortales, a la espera de que llegara el día, ella perdiera su poder, y fuer él quien pudiera cazarla y devorarla a ella…

En el trayecto nocturno que cazadora y presa compartieron , la luna llena que había en la boca de esa siniestra y bella mujer descubrió su propia licantropía, y así, él mismo se dispuso para el combate que sabía que terminaría ganando a pesar de su inferioridad en aquel territorio nada hostil que era aquella cama que compartían.

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Fue al llegar el día, cuando la luna desapareció, y con ella parte de su licantropía feroz, cuando él sacó un nuevo billete para ella con dirección a esa lejana ciudad llamada Extasis… Un billete de ida y vuelta, un billete de vuelta e ida, pero del que no haría uso nunca más… Solo aquella noche… Solo aquella mañana…

Ese era su sino… El sino del hombre y la mujer lobo.

 

MIS LIBROS FAVORITOS: NABOKOV

Nabokov Risa¿Que por qué un libro de Nabokov? Creo que este libro, junto a El señor de los anillos, El padrino, El médico, y Un poeta en Nueva York, es uno de mis favoritos. Supongo que tiene que ver con la época en la que lo leí, y porque este es el mejor principio que he leído jamás… Casi por encima de “En un lugar de la…” Es, en sí, una historia casi completa:

“Érase una vez un hombre que se llamaba Albinus y vivía en Berlín, Alemania. Era rico, respetable y feliz, pero un día abandonó a su esposa por causa de una 

amante joven. Amó, no fue amado y su vida acabó en el desastre.”
 ¿No es maravilloso?
Y sigue así: 
“Ésta es toda la historia, y en eso podríamos haberla dejado de no reportarnos provecho y placer el 
relatarla, y aunque hay suficiente espacio en una lápida para verter sintetizada y encuadernada en musgo, la glosa de la vida de un hombre a todo el mundo le gusta conocer pormenores. Y dícese que una noche entre las noches Albinus concibió una idea feliz…”

 

ADUANAS PARA REFUGIADOS (DIBUJO DE JAVI RUZ)

– Aduana europea, ¿qué lleva usted en la maleta? – pregunta el agente a ese hombre medianamente joven, con aspecto sospechoso de no ser muy bienvenido
– ropa – contesta él, abatido, abrazado a ella, como diciéndole que no permitirá que se la arrebaten
– tiene usted que entregármela
– no
– señor, es mi obligación registrarla. No lo ponga más difícil.
Es la palmada del hombre que va tras él el que le tranquiliza, y le hace entregarle la maleta. El agente no le entiende pero, sin duda, parece decirle que no se preocupe, que no le quitarán la maleta y sus pertenencias
– ábrala usted mismo – dice el agente retirándose un poco ante el nerviosismo del sospechoso mientras avisa a sus compañeros con la vista. El sospechoso, con muchos nervios, temblando en todo momento, abre la maleta
– ¿lo ve? es ropa – dice cerrándola rápidamente
– no tan deprisa – le detiene el agente – tengo que mirar qué hay dentro
– está bien, pero, por favor, no toque la ropa. Ya lo hago yo – dice, sacando con cuidado cada una de las prendas hasta demostrar que bajo ella no hay nada más que camisetas, faldas, vestidos y algún que otro velo
– ya veo que es ropa – dice el agente – pero ¿qué hace aquí ropa de mujer si tú eres hombre?
– es la ropa de mi esposa y mi hija
– ¿y tú no llevas nada para ti?
– no, yo no necesito nada mas que lo que llevo puesto.
– ¿y dónde están ellas?
– allí se quedaron
– ¿Y para qué quieres sus ropas aquí? ¿para venderlas?
– no, estas ropas son lo único que me queda de ellas

 

 

 

 

 

 

– Pase.
El agente mira al hombre mientras vuelve a colocar con mimo cada una de las prendas. Los demás, que saben de su pena, no dicen nada. El hombre cierra la maleta con lágrimas en los ojos mientras observa el vestido blanco que, sin duda, llevaría su preciosa hija puesto hacía poco tiempo.
El hombre se va cabizbajo sin saber que en esa maleta lleva ya también un poco del dolor de ese agente que le acaba de dejar pasar.

COSAS SIN EXPLICACIÓN

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¿Cómo una boca como la de ella podía contener tanta agua que desbordaba y salía sin remedio, ni control alguno…? ¿Y cómo él podía siempre tener tanta sed estando tan, tan cerca de ella?

Hay cosas que no tienen explicación, pero es que así es la vida.

EL CUENTO DE ESTHER Y SU PISCINA MÁGICA

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Érase una vez una niña que no era como las demás niñas de su colegio. Por lo pronto, nuestra amiga se llamaba Esther, al contrario que sus amigas, que todas tenían un nombre diferente también…  Eva, Elsa, Lucía, Marina, Carmen, Cruz, África, Aitana, Alejandra, Anita, y tantas otras compañeras de patio. A la pequeña Esther le decían que en su casa no había un papá, como en la casa de las demás compañeras. A la pequeña Esther le decían también que en su casa no había jardín, ni huerto. A la pequeña Esther le decían también que en su casa no había dos plantas, ni siquiera dos cuartos de baño. Pero, ahora que se acercaba el verano, lo que más le decían a Esther era que en su casa no había piscina como en casa de otros de sus amigos.

Por suerte para la propia Esther a ella le daba igual lo que dijeran los demás… Ella vivía con su mamá, y con su hermana mayor, y, dijeran lo que dijeran, ella tenía la piscina más bonita de todas… Ella tenía la piscina donde podía bañarse siempre que le apeteciera – la mayoría de las veces con mamá y su hermana – y donde jugaba y chapoteaba dejando todo el suelo del baño totalmente encharcado… Y en su mágica piscina podía bañarse todo el año, ya fuera verano o invierno. Es verdad que no era muy grande, y que no podían nadar, pero eso a ella le importaba poco porque ella aún no sabía nadar. La piscina de Esther no se medía en litros, ni en metros cúbicos, sino en risas y en besos únicos.

Por eso Esther era feliz, aunque los demás creyeran que no… Y es que, nuestra amiga Esther, tenía muy claro que, por suerte, los demás no eran ella… Ni ella era los demás.

 

DEJARSE ENCONTRAR

Ella siempre tuvo más suerte que él ya que él tenía que ingeniárselas y salir todos los días a encontrarla, y a provocar momentos en los que no sabía si ella deseaba involucrarse con él… En cambio ella solo tenía que salir de su casa.  A veces ni eso… A veces bastaba con que, simplemente, se dejara encontrar.La imagen puede contener: 1 personaLa suerte nunca es igual en los dos bandos. Y es verdad que no siempre tiene uno que ganar y otro que perder. Es verdad que también pueden empatar, y eso es lo maravilloso de toda relación, ya sea de amor, de amistad, de hermandad, o simplemente laboral. Todo empieza y todo puede – o no – acabar, pero que algo acabe de una manera no significa que tenga que acabar de todas las maneras… ¡Nada acaba si sabes transformarlo!

¡GRACIAS TRIPULACIÓN!

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El barco de la esperanza ha zarpado. Es verdad que sus velas las mueve el viento, y que es él el encargado de poner, no el rumbo, pero sí la velocidad. Pero para eso hay que izar muchas velas, controlar muchos vientos, y saber dirigir maniobras. A este velero que llevará a algunos lejos de alta mar y los conducirá a una tierra que temen, pero que necesitan, no solo han subido sus pasajeros, sino una tripulación que hace mucho más de lo que imagina… ¡Un barco de vela no se mueve nunca solo!

A la cola, bajo la vela de gabía ha subido Elena, desde donde vigila las corrientes. Parece experta marinera; María y Ellena escalan los obenques, con apenas cansancio, dispuestas a ayudar a Elena; Natalia está junto al mástil de mesana desplegando la vela trasera ¡Es incansable! ; inG, Maria José, Alejandra, Eli y Magda tiran de las cuerdas desplegando la vela mayor. El trabajo es duro. La vela pesa lo suyo, pero saben que el esfuerzo merecerá la pena; Ana, Carmen y Belén hacen lo mismo con la vela de trinquete. Ana y Belén empujan a la pobre Carmen, cuya juventud le hace sentir cansada demasiado pronto… ¡El viento comienza a mover el barco con fuerza! Mientras tanto Cruz y Gema despliegan la vela cebadera; Susana vigila con exquisito cuidado la brújula; Junto a ella está Alberto, que observa cómo el barco empieza a virar; Lina, Judith, Isabel y Celia han bajado a la bodega, para ver cómo se encuentran los inexpertos tripulantes, y los animan: Lol, Miriam y Laura ponen a punto las lombardas, por si hiciera falta defenderse (que siempre hace falta en alta mar) Y  Paco termina de levantar el ancla para que nada impida el avance.

¡Gracias, tripulación!

Un barco no solo necesita vientos para navegar, pero a veces lo olvidamos. Muchas veces nuestro aliento es ese viento necesario. Así que, ¡Soplad! ¡Seguid soplando, compañeros!