LO QUE DESPERTABA EN ÉL

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Ese torrente de mujer despertaba en él prudencia, miedo, respeto, admiración… Pero si había algo importante eso era, sin duda alguna, provocación… Ella provocaba en él unas ganas terribles de cometer todo tipo de riesgos.

“CUARENTAÑEROS”NUEVA NOVELA POR CAPÍTULOS (PRÓXIMAMENTE)

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H y C llevaban seis años juntos. Ella le adoraba, le admiraba, y le quería. Él la idolatraba, la deseaba, y la quería.
Cuando estaban juntos había una magia que nadie podría haber roto jamás, pero cuando se separaban…
Ella estaba felizmente casada. Él no tanto. Nunca supo nadie nada de su relación, y mantuvieron su amor escondido al resto de la humanidad hasta que él decidió que aquello ya no tenía más sentido. Aquello, por muy hermoso que fuera, tenía que terminar ya.
Él quería a su mujer, pero la amaba a ella. Ella, en cambio… Ella quería a su marido, y le quería a él, pero ¿le había amado alguna vez? ¿Amar de verdad?

Con esa pregunta empezó el final.

Próximamente en este blog la novela: “CUARENTAÑEROS”

Fotos prohibidas de las pirámides

Ver “Guns N’ Roses – November Rain” en YouTube

Escultura 3d de Michael Murphy

El arte nunca tendrá límites

LA CRIATURA MÁS BELLA QUE SUS OJOS HABÍAN VISTO JAMÁS

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Cuando ella entraba en la habitación hasta el vinagre se endulzaba… Cuando ella se quitaba la ropa hasta los ciegos contemplaban los colores… Cuando ella se tumbaba en la cama hasta los terremotos se dormían… Cuando ella abría sus piernas hasta el tiempo se detenía… Cuando él entraba en ella sentía la obligación de escribirle algo así.

¿QUIÉN PROVOCA A QUIÉN? Dos mujeres se besan en un acto anti gays

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Les llaman provocadoras las que organizan un acto para proclamar que amarse así es algo indigno…

¿Quién provocó a quién?

A mí me parece bien que alguien piense que las mujeres son inferiores, o los hombres, o los gays, o los heteros, o los negros, o los blancos, o los de derechas, o los de izquierdas… ¡Allá cada uno con su propia sinrazón!
Lo malo es proclamarlo, e incluso hacer creer a los demás que tienen que pensar como él (o ella)

EL FINAL DE TODA HISTORIA YA ESTABA MARCADO EN EL PRINCIPIO

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Es en el comienzo de toda historia donde está siempre también el final. Sí, ya está allí, merodeando, siendo un atrezzo más del decorado, pero estás tan ilusionado con iniciar esa preciosa historia – que crees sin final – que ni lo ves, ni lo sientes, ni lo temes… Pero ya está allí, de la misma manera que está la muerte cuando naces.
Es también, sólo al final de toda historia, cuando se dicen las verdades que al principio no se atrevieron a decir, a lo mejor porque tampoco existían entonces. Nuestra ilusión nos aferra a ese principio, pero el cruel paso del tiempo, y nuestros miedos al fin hacen que este aparezca en el horizonte… Y es cuando la posibilidad de ese final, que era imposible, se ve por primera vez, cuando empieza el verdadero fin de una historia, si no sabes enfrentarte a él.
Si te cobijas en ese miedo, si lo haces fuerte, no hará mas que crecer y comerte, y, de paso, comerse aquel maravilloso inicio que, poco a poco, va desapareciendo. Las hadas se hacen brujas, el lago se hace desierto, las risas se hacen siniestras, y la oscuridad comienza a apagar luces que tú habías querido dejar siempre encendidas.
¿Es por eso tarde para evitar ese final? No si tu deseo es que no llegue. No, si aprendes de esas cosas que era inevitable que aparecieran…
Lo importante es tener claro que ese final puede ser evitable si no aprendes y analizas sólamente lo que tú dices, sino también lo que oyes.
Aprender siempre es bueno, y es una estupenda manera de que un final no sea algo inevitable…
Lo creas o no, los finales siempre son evitables. Bueno, no siempre… Sólo aquellos cuyo final no es deseado por ninguno de los dos. Ese es inevitable de todas todas.

Por cierto, la historia no tiene que ser sólo de amor.
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EL LIBRO DE SU VIDA

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Cuando llegó al final de su vida pudo leer el libro que él mismo había estado escribiendo y que nunca antes había podido leer. ¡Qué maravilla de libro! Sus hojas estaban hechas con agua de mar, al igual que su portada, y al abrirlo ese fue – el del mar – el olor que devolvió su rostro a distintas etapas de su existencia.
El libro estaba escrito con la tinta de algunas lágrimas, con los acordes de muchas risas, con la mayúsculas de muchos y bellos abrazos, con los signos de exclamación de muchos besos, con los tachones de muchos errores, con los asteriscos de insomnios variados, con la minúscula de cosas triviales, y con el subrayado de grandes amores y logros.
Pasaba páginas y más páginas, rellenas de cosas que no recordaba ya, y que tampoco le emocionó recordar. Es verdad que había rostros olvidados que le hicieron sonreír – alguno también le dio rabia – pero eran, sin duda alguna, las páginas dobladas en su esquina superior derecha las que releyó una y otra vez. Esas eran pocas, y habían sido dobladas por él mismo justo en el momento en que fueron escritas.
Eran diez o quince, a lo sumo, y cada una de ellas era de una persona diferente. Eran esas páginas las de esa gente que seguía allí con él, aunque muchos faltaran ya. Eran también esas páginas marcadas por sus propias uñas las que le hubiera gustado releer con todos y cada uno de ellos, para que comprendieran lo importantes que habían sido a la hora de escribir un libro que, en realidad, escribieron ellos para él.

Cuando terminó de leer el libro, lo dejó caer sobre su pecho, miró al techo con dificultad por culpa de las lágrimas, cerró los ojos, recordó esas caras mientras se abrazaba al libro, y les dio las gracias. Después, su pecho dejó de moverse mientras sus brazos caían suspendidos a ambos lados del sillón.

BAJAR DEL CIELO ¿EXISTEN ESCALERAS?

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No sabía cómo habían llegado a esa situación. Ella había ido hasta allí para hablar con él, como tantas otras veces. Siempre se había sentido segura con él, pero ese día todo cambió.
No recordaba ya siquiera a qué había ido hasta allí, pero estaban desnudos, besándose, en la cama… ¡Estaban haciendo el amor! ¡Y de qué manera!
Hasta ese momento ella no había disfrutado del momento. Bueno, en realidad sí, pero había sido todo tan rápido que apenas si conseguía recordar nada de esos minutos anteriores. ¿Cómo se había desnudado? ¿como había empezado todo? ¿quién había besado a quién? ¿se había resistido alguno de los dos?
No recordaba nada, pero quería recordar cada cosa que pasara a continuación.
Estaban en la cama, completamente desnudos, sudorosos, como si ya hubieran hecho el amor antes.
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Su mano subió por sus muslos, pellizcando el vello de sus piernas, moviéndose hacia la parte trasera, donde se notaban más sus músculos, y siguió subiendo hasta llegar a ese culo prieto que tanto le gustaba, sin pelo alguno, redondo, y duro… Muy duro. Después acarició su cadera, notando cómo se erizaba la piel de su amante, hasta llegar a su parte más deseada, donde tocó y acarició sin miedo alguno, disfrutando de algo de lo que nunca había sabido disfrutar.
– Quiero que me hagas el amor – dijo ella, mirándole
– y yo quiero hacértelo. Date la vuelta querida.
Le dio la vuelta violentamente, colocando sus pechos contra el edredón, como si estuviera dormida. Con ayuda de sus manos consiguió estirar sus piernas y dejarlas medio cerradas. Una de las manos de Javier se deslizó por su vientre aplastado hasta llegar a la parte que ella misma había estado acariciando momentos antes, pasando después hasta su parte trasera, sin llegar a levantarla.
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Allí tras ella la observaba detenida y excitadamente, hasta que decidió arrodillarse tras ella, entre sus piernas para terminar estirándose como ella, encima de ella, para hacer que sus pieles ardientes y mojadas se frotaran suavemente. Ella podía notar cómo su erección se quedaba encerrada entre sus dos piernas, entre sus muslos, frotándose como un animal, haciendo que los dos disfrutaran plenamente de lo que allí estaba pasando.
No podía aguantar más tiempo. Ella necesitaba sentirlo dentro de ella, pero ese nuevo juego le empezaba a gustar. Sentir el movimiento de ese hombre sobre ella, sobre sus piernas apretadas, hizo que descubriera un nuevo placer, el de los sonidos… Oírle jadear de esa manera era casi como sentirle dentro de sí.
Las caricias entre ambos no cesaban. Ella estiraba su mano, luego la otra, y las agarraba con fuerza a la parte trasera de los muslos de su amante, que no cesaba en su movimiento circular. Él, con ayuda de sus manos, consiguió llegar a su humedad, y jugó con ella, y cuando más confiada estaba ella en ese juego, él abrió sus piernas casi con violencia adentrándose por completo en un mundo del que ya nunca podría salir… Eso lo supo en ese momento mismo.
Hacer el amor de esa manera hizo que esa mujer disfrutara plenamente de todo él, y que sintiera cada uno de sus besos sobre la espalda o cuello, de sus tactos por cada rincón de su cuerpo, y de cada acometida.
Ella gritó su nombre. Él gritó el suyo. Los dos gritaron, y ella volvió a llorar de emoción, de placer, y, otra vez, de remordimientos. No podía evitar sentirse mal por lo que estaba pasando y, sobre todo, porque esa pasión del principio estaba pasando a la categoría de peligroso amor…
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¿Amor? ¿Y no lo fue desde el principio? ¿No lo era ya cuando tomaban vinos entre todos y sus miradas ya se lo decían? ¿No era amor eso de buscarse cada día? ¿No era amor vestirse para él a diario? ¿No era amor esa búsqueda de excusas para encontrarse en algún sitio?
Esa pregunta, y, lo que era peor, su respuesta, era lo que le hacían llorar… Ese hombre le había mostrado las puertas de otro cielo que creía inexistente, y sabía, aún sintiéndolo dentro de sí, que bajar de él sería ya muy complicado… Si no imposible.
¿Cómo bajar del cielo cuando sabes lo fácil que es llegar a él, y lo cerca que lo tienes?

¡¡¡Peligro Ruth!!! Tienes que huir ahora que aún estás a tiempo

UN JUEGO DE DOS

 

 

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propongo una partida
sólo para dos jugadores.
Que nos miremos fijamente,
a solas,
que nos sonriamos seriamente,
a solas,
y que nos amemos apasionadamente,

a solas,

Y que gane el que más besos reciba…
o, mejor… Que la partida acabe en tablas…
Y haya que repetirla
Y si no, que pierda el que menos arriesgue.

 

FRASES DEL POETA GRANADINO

La elegancia blanca de la cal de las casas andaluzas pone desnuda y blanca la noche… image Igual que decía Federico, pienso yo de tu cuerpo, noche tras noche, cuando te imagino dormida en un campo de trigo…

y yo tumbado a tu lado.