CURIOSIDADES DEL PAPA DE ROMA

image

Las palabras papa y papado no aparecen en la Biblia. Papa viene del griego papas, padre.

Pontífice procede del término latino pontifex, que significa “constructor de puentes”. 

Juan XII tenía 18 años cuando comenzó a ser Papa. Aunque probablemente el honor de haber sido el papa más joven le corresponde aBenedicto IX, que se convirtió en pontífice en algún momento entre los 12 y los 16 años de edad. 

Pio IX fue quién más tiempo sirvió como papa, de 1846 a 1878, exactamente 31 años, 7 meses y 23 días.

El siglo que ha visto más papas es el X, con 22 papas. 

Urbano VIII fue un gran amigo de Galileo Galilei incluso antes de subir al trono. Sin embargo en 1630, después de la difusión de la obra magna de Galileo Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo, cambió radicalmente su postura hacia el sistema copernicano defendido por Galileo. Urbano VIII estuvo presente en el juicio que se siguió contra Galileo en el que éste se vio obligado a retractarse de sus tesis sobre el heliocentrismo.

El nombre más repetido entre los Papas es Juan(22), seguido de Gregorio (16).

Juan XX no existió, por un error de numeración. Juan XXI pereció por el hundimiento del palacio papal en Viterbo. 

El papado más corto fue el de Urbano VII (1590), que sólo duró 13 días.

COSAS DE MI INFANCIA: LOS FRENÉTICOS

LOS FRENÉTICOS (MOTRIL)recuerdo cuando niño que siempre que tocaban Los Frenéticos (el grupo de Motril) era todo un espectáculo para mí. Lo que más recuerdo era ver la batería… Me encantaba. No recuerdo su música, ni siquiera si tocaban bien o no, pero sí recuerdo lo mucho que me emocionaba cuando les oía a lo lejos y luego me los encontraba tocando en una de las plazas de Motril. El sonido de la música en directo siempre me gustó. A lo mejor es por su culpa. Recuerdo el sonido del bajo desde lejos, cómo retumbaba, y el de la batería mientras probaban sonido… Y ese “un, dos, tres, sí, no, de, probando”

Gracias Frenéticos

 

LOS AMANTES. CAP 43: EL BUENO DE CARLOS

wpid-2012-11-14-21.59.12_Tom_Rainbow_Pinstripe.jpgEl bueno de Carlos estuvo, toda la noche, deseando que terminara la cena para quedarse a solas con Marga, su fiel esposa. Por primera vez en mucho tiempo – en realidad nunca lo había hecho antes – había faltado a su trabajo para verse con ella a solas, darle una sorpresa, e intentar recuperar una pasión que necesitaba desde aquel día que espió a sus amigos desde el acantilado. Había organizado todo con un cuidado exquisito, para sorprenderla, pero ella no había parecido tan entusiasmada con el plan. Quizás debería haberla puesto al corriente de lo que iba a suceder – intentó justificar su ausencia.
Una semana antes ya había reservado la misma habitación en el mismo hotel donde hicieron el amor por primera vez, hacía ya más de veinte años. Le había comprado un camisón más que sugerente, un par de sandalias de su marca preferida, y una gargantilla de oro blanco, elegida especialmente por Esther, que era quien mejor conocía sus gustos.
En esa vieja habitación – ya rehabilitada – recordó aquel día en el que ella cumplía los dieciséis.
Allí, siempre a oscuras, hicieron el amor por primera vez, y volvió a enamorarse de ella, olvidando por completo a aquella rubia pechugona con la que estaba flirteando por aquel entonces.
Toda esa noche, mientras cenaban con sus mejores amigos, la deseó de nuevo. Marga estaba diferente. No sabía muy bien qué era lo que le pasaba pero su mujer parecía otra. No era solo su forma de actuar, ni sus sonrisas sin venir a cuento, porque esas siempre le habían acompañado, pero sí le extrañaba haberla visto llorar sin motivo aparente alguna vez, y, sobre todo, ese afán con el móvil, del que no se separaba nunca, como si siempre estuviera esperando algo de él. Carlos, por primera vez en su vida, había llegado a espiar el móvil de su mujer, mientras ella se duchaba, o incluso mientras dormía. No podía creer que Marga – su Marga – estuviera con otro, pero la duda empezó a aparecer por su mente. Unido a todo eso también estaba su aspecto. Marga parecía una jovencita de nuevo… Si hasta su piel parecía la de aquella chica del instituto con la que tanto le gustaba bañarse en aquella cala perdida.
Solo de pensar que pudiera estar con otro hombre le hizo sentir tan mal que, por primera vez en mucho tiempo, estaba dispuesto a dejar parte de su trabajo y hacerle más caso.
Mirándola, mientras cenaban con Javier y Esther, observaba lo hermosa que estaba. Su cara volvía a recuperar aquel brillo que tanto gustaba a todos. Su pelo volvía a estar suelto, cubriendo sus hombros y parte de su espalda, con la raya siempre en medio. Sus labios volvían a cubrirse de saliva, de agua caliente, y parecían más carnosos y apetitosos que nunca. Mientras bebían y hablaban la miraba, y observó de nuevo las turgencias que aparecían por el escote tan generoso con el que no solo estaba deleitándole a él, sino a Javier, que no dejaba de observarla.wpid-2013-02-03-00.32.47.jpg
Durante la cena sintió celos de Javier porque no dejaba de mirarla, y le pareció ver en ella también unas miradas extrañas dirigidas a él. A veces parecía que estuvieran jugando en silencio, los dos, diciéndose cosas que  nadie más podía entender, y eso le hizo ponerse muy nervioso. Finalmente, él mismo se decía que dejara de ser un insensato… Javier era el marido de Esther. Un tío raro, extraño como él solo, pero no se acostaría con la mejor amiga de su mujer. Marga, su Marga, aún menos. Ella no era una persona sexualmente despierta, y nunca le había hecho mucho caso al sexo… Ella no era así. Comprendiendo que eran parte de sus celos prefirió obviar las cosas que creyó ver y decidió relajarse y disfrutar de su esposa.
Aún seguía viva la imagen de sus amigos en aquella cala, y deseaba hacer el amor con su esposa como lo hicieron ellos, volviendo a sentir un deseo casi imposible de detener.
Marga estaba guapísima, y su cuerpo invitaba a todos los pecados, y esa noche le demostraría – y se demostraría a sí mismo – que había sido un cretino abandonando a su esposa como había estado haciendo ¿los últimos tres años?
Cuando por fin se fueron aprovechó que Marga estaba en la ducha para meterse en la cama, acompañado de unas copas  y una botella de cava. Marga, en la ducha, sentía aún las convulsiones provocadas por ese torrente carnal que era Javier. Bajo el agua aún sentía las acometidas de ese hombre, apretándola contra la nevera, pegando sus cuerpos como si fueran uno solo y recordando cómo podía sentirle dentro de ella, como si estuviera atravesándola completamente. Bajo las gotas calientes de agua volvió a sentirle dentro de sí sobre la mesa, haciendo el amor salvajemente y gritando como una loca, disfrutando por primera vez en su vida de un orgasmo sin necesidad de estimulación alguna con las manos. Ese polvo había sido increíble, mágico – como él mismo le dijo – y deseaba volver a repetirlo… A ser posible, toda una noche entera.
El chorro de la ducha, regulado por ella misma a la presión que le gustaba, iba paseando por todo su cuerpo, dibujando extraños placeres por cada una de las partes que más placer le daban. Esa agua parecía calmar las necesidades que le llevarían a una inminente masturbación. Primero paseó el teléfono sobre sus pechos, para luego bajar por su vientre hasta bajar a la parte donde no podía ver pero sí sentir. Marga abrió sus piernas para que el agua lanzada a chorros golpeara el recorrido de todo su sexo hasta su espalda, en un movimiento cadencioso de ida y vuelta.
 
wpid-2013-02-03-00.22.04.jpgCuando Marga salió ni siquiera se atrevió a mirar a Carlos a la cara. Aún se sentía sucia de Javier, y todos sus olores parecían pegados a ella e imposibles de alejar. Se adentró en la cama y se dispuso a echarse de sus cremas. Pero él se lo impidió, acercándose a ella y acariciando esos brazos desnudos mientras dejaba caer su cabeza sobre los pletóricos senos de su esposa, cubiertos por ese camisón gris que tanto le gustaba.
– Te quiero muchísimo – dijo Carlos, abrazándose con fuerza, oliendo su cuerpo, y disfrutando como cuando era más joven
– yo también te quiero – dijo ella, acariciando su pelo y deseando llorar
– ¿de verdad que me quieres? – preguntó él
– pues claro… ¿por qué lo preguntas?
– no lo sé. ¿Tú me has sido infiel alguna vez? – preguntó, casi susurrando, mientras sus dedos paseaban por debajo de su camisón, disfrutando de sus caderas desnudas
– ¿de qué estás hablando? – preguntó sorprendida, y visiblemente nerviosa. Tanto que hasta llegó a tirar la crema sobre la cama debido al temblor de manos – no te entiendo. ¿Por qué me preguntas algo así?
– me gustaría saber si en estos diez años de casados me has sido infiel alguna vez
– ¿yo? ¿Y tú? – preguntó, evitando contestar y demostrar su nerviosismo, que era tal que incluso le impedía poder vocalizar con claridad
– te he preguntado primero yo, querida…
– ¿cómo me puedes preguntar algo así? – dijo, cerrando sus piernas e impidiendo el avance de sus manos a través de sus muslos recién duchados
– tienes razón, lo siento… ¿tú sigues queriéndome como antes?
– ¿como antes?… ¿a qué te refieres?
– que si me amas como cuando nos casamos hace hoy diez años
– pues no lo sé – dijo intentando ser lo más sincera que la ocasión le permitía – supongo que sí. Yo sé que te quiero más que a nada de este mundo. Tú siempre fuiste mi chico, ya lo sabes, pero últimamente estás tan lejos de mí
–  ya, lo sé – dijo besándola en los labios – pero ¿me deseas como antes?
– pues claro que no – dijo muy seria y convencida – como tampoco siento placer cuando me toco en la ducha como me pasaba de joven, o cuando veo una película o leo una novela. Ya no somos aquellos chiquillos de veinte
– pero ¿me deseas?
– pues claro que sí, tonto – le devolvió el beso que le debía, sintiéndose más tranquila
– yo también te quiero, y te deseo… y siento que he estado perdiendo el tiempo. O lo que es peor, a veces pienso que te he hecho a ti perderlo conmigo
– no seas tonto
–  siempre estoy con el trabajo, y creo que te tengo algo abandonada. No sé, pero es que creo que nuestra relación no es la misma que la de antes. Supongo que te gustaría ser como Esther, vivir como ella, estar con un hombre más guapo y más activo. Me ha dicho en alguna ocasión que Javier es una máquina – dijo sonriendo, mientras sus manos acariciaban de nuevo sus muslos, que se abrían para él
– Esther está loca… Ya sabes como es… Y no creo que sea tan feliz como dices
– ¿por qué lo dices? ¿por ese chico?
– ¿qué chico?
– no te hagas la tonta. Os he oído hablar de él alguna vez, y se le nota. La conozco muy bien y sé cuando tiene algo… Y esa tiene algo.
Ella guardó silencio. No quería seguir mintiéndole más, y le dejaba hablar. Era extraño pero Carlos parecía tan distinto… ¿Por qué preguntaba tanto? ¿por qué hablaba tanto del deseo, de su relación, de su amor?… ¿qué le estaba pasando? Reuniendo valor le preguntó qué era lo que estaba pasando por su mente. Tenía miedo a que sospechara, incluso a que les hubiera descubierto, pero tenía que saberlo. No podía más con tanta pregunta, tanta tensión, y tanta mentira. Carlos le contó que el fin de semana anterior había visto a Javier y a Esther haciendo el amor en la cala secreta – así la llamaban ellos. Marga no podía creer lo que estaba escuchando, pero no tardó en interesarse por todo y lo que allí pasó.
– Jamás vi tanta pasión salvaje y animal en una pareja – le dijo Carlos, dañándola más de lo que él mismo creía – parecían dos animales en celo, dando rienda suelta a toda su pasión. Te juro que parecían dos amantes, dos personas desconocidas, y no dos personas que llevan tantos años casados.
Carlos seguía contando todos los detalles que recordaba – que no eran pocos – mientras Marga los recogía y los iba clavando en su corazón, derramando amargas lágrimas que salían de lo más profundo de su alma. Era extraño pero se sentía engañada. Javier le había dicho que no había estado con Esther, que había estado trabajando, y todo eso que Carlos le contaba era exactamente lo mismo que hacía con ella. Ella, en cambio, no podía ser igual de apasionada con Carlos como con Javier. Con él todo era diferente, nuevo, mágico, incluso más intenso y único… y Javier hacía el amor con ella al igual que lo podía hacer con su esposa.
Marga lloró, y Carlos, que no se enteraba de nada, creyó que lo hacía al sentirse enfadada con él por expiar a sus amigos mientras hacían algo tan íntimo. Aprovechándose de las propias disculpas de Carlos consiguió escapar.
Lo que no esperaba el bueno de Carlos era que toda la pasión contenida en Marga se había unido, ahora, a la rabia y al dolor por sentirse traicionada por el marido de su amiga. Así, casi sin él esperarlo, acabó sobre su marido e hicieron el amor de una manera más salvaje aún que la que Carlos recordaba en aquella playa oculta.
Marga, subida a él, con lágrimas en los ojos, y una rabia extraña que llegó a asustarle, hizo el amor como una auténtica fiera salvaje. No había placer, ni siquiera disfrutaba de unas palabras amorosas que no oía… en ella solo existía la rabia de estar pagando a Javier con la misma moneda. En cambio Carlos disfrutaba como jamás había hecho en esa cama que llevaban compartiendo ya diez años.
Ver a su mujer encima de él fue algo difícil de explicar para él, que tan solo prefería dejarse llevar y ver hasta donde estaba dispuesta a llegar esa mujer que – ahora sí – parecía una mujer totalmente diferente a la suya. Y no solo era por su forma de actuar, ni siquiera por su mirada, casi salvaje, sino por su propio cuerpo, por su forma de actuar y, sobre todo, por sus extraños gemidos, que parecían recién nacidos porque nunca los había escuchado así. Marga, de pronto, se convirtió en Esther… En aquella Esther de la playa, y él mismo se convirtió en Javier, haciendo de aquella cama una playa solitaria. Esa mujer jugaba con él a su antojo, disfrazada de diosa carnal, y jugaba con su cuerpo como nunca había hecho pero sí visto, precisamente en aquella playa donde sus amigos retozaron como en las películas pornográficas. Incluso creyó reconocer en Marga gestos de Esther, y él, recordando esas cosas que Javier hizo a su esposa, copió sus movimientos y la hizo disfrutar como nunca antes lo había hecho… O eso creía.2012-11-26 12.28.48
Ver a su mujer gritar de esa manera, observarla subida sobre él, moviendo su pelo de esa manera mientras le pedía que pellizcara sus pechos y los chupara, hizo que Carlos volviera a ser ese joven del instituto, cuando el sexo era lo único que le importaba. ¿Dónde había estado ese Carlos todo ese tiempo? – se preguntó a sí mismo, llegando a un orgasmo indescriptible.
Tumbado y exhausto, disfrutó del vello erizado de la piel de su esposa, y de su sudor, mientras se sentía aún dentro de ella. Aun así, en esas extrañas lágrimas nacidas de un extraño placer, volvió a ver algo extraño, algo que le indicaba que Marga no era la misma mujer de siempre. Es más, esa que allí retozaba con él, no era su mujer. Esa era la mujer de otro.