CURIOSIDADES DEL PAPA DE ROMA

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Las palabras papa y papado no aparecen en la Biblia. Papa viene del griego papas, padre.

Pontífice procede del término latino pontifex, que significa “constructor de puentes”. 

Juan XII tenía 18 años cuando comenzó a ser Papa. Aunque probablemente el honor de haber sido el papa más joven le corresponde aBenedicto IX, que se convirtió en pontífice en algún momento entre los 12 y los 16 años de edad. 

Pio IX fue quién más tiempo sirvió como papa, de 1846 a 1878, exactamente 31 años, 7 meses y 23 días.

El siglo que ha visto más papas es el X, con 22 papas. 

Urbano VIII fue un gran amigo de Galileo Galilei incluso antes de subir al trono. Sin embargo en 1630, después de la difusión de la obra magna de Galileo Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo, cambió radicalmente su postura hacia el sistema copernicano defendido por Galileo. Urbano VIII estuvo presente en el juicio que se siguió contra Galileo en el que éste se vio obligado a retractarse de sus tesis sobre el heliocentrismo.

El nombre más repetido entre los Papas es Juan(22), seguido de Gregorio (16).

Juan XX no existió, por un error de numeración. Juan XXI pereció por el hundimiento del palacio papal en Viterbo. 

El papado más corto fue el de Urbano VII (1590), que sólo duró 13 días.

COSAS DE MI INFANCIA: LOS FRENÉTICOS

LOS FRENÉTICOS (MOTRIL)recuerdo cuando niño que siempre que tocaban Los Frenéticos (el grupo de Motril) era todo un espectáculo para mí. Lo que más recuerdo era ver la batería… Me encantaba. No recuerdo su música, ni siquiera si tocaban bien o no, pero sí recuerdo lo mucho que me emocionaba cuando les oía a lo lejos y luego me los encontraba tocando en una de las plazas de Motril. El sonido de la música en directo siempre me gustó. A lo mejor es por su culpa. Recuerdo el sonido del bajo desde lejos, cómo retumbaba, y el de la batería mientras probaban sonido… Y ese “un, dos, tres, sí, no, de, probando”

Gracias Frenéticos

 

LOS AMANTES. CAP 43: EL BUENO DE CARLOS

wpid-2012-11-14-21.59.12_Tom_Rainbow_Pinstripe.jpgEl bueno de Carlos estuvo, toda la noche, deseando que terminara la cena para quedarse a solas con Marga, su fiel esposa. Por primera vez en mucho tiempo – en realidad nunca lo había hecho antes – había faltado a su trabajo para verse con ella a solas, darle una sorpresa, e intentar recuperar una pasión que necesitaba desde aquel día que espió a sus amigos desde el acantilado. Había organizado todo con un cuidado exquisito, para sorprenderla, pero ella no había parecido tan entusiasmada con el plan. Quizás debería haberla puesto al corriente de lo que iba a suceder – intentó justificar su ausencia.
Una semana antes ya había reservado la misma habitación en el mismo hotel donde hicieron el amor por primera vez, hacía ya más de veinte años. Le había comprado un camisón más que sugerente, un par de sandalias de su marca preferida, y una gargantilla de oro blanco, elegida especialmente por Esther, que era quien mejor conocía sus gustos.
En esa vieja habitación – ya rehabilitada – recordó aquel día en el que ella cumplía los dieciséis.
Allí, siempre a oscuras, hicieron el amor por primera vez, y volvió a enamorarse de ella, olvidando por completo a aquella rubia pechugona con la que estaba flirteando por aquel entonces.
Toda esa noche, mientras cenaban con sus mejores amigos, la deseó de nuevo. Marga estaba diferente. No sabía muy bien qué era lo que le pasaba pero su mujer parecía otra. No era solo su forma de actuar, ni sus sonrisas sin venir a cuento, porque esas siempre le habían acompañado, pero sí le extrañaba haberla visto llorar sin motivo aparente alguna vez, y, sobre todo, ese afán con el móvil, del que no se separaba nunca, como si siempre estuviera esperando algo de él. Carlos, por primera vez en su vida, había llegado a espiar el móvil de su mujer, mientras ella se duchaba, o incluso mientras dormía. No podía creer que Marga – su Marga – estuviera con otro, pero la duda empezó a aparecer por su mente. Unido a todo eso también estaba su aspecto. Marga parecía una jovencita de nuevo… Si hasta su piel parecía la de aquella chica del instituto con la que tanto le gustaba bañarse en aquella cala perdida.
Solo de pensar que pudiera estar con otro hombre le hizo sentir tan mal que, por primera vez en mucho tiempo, estaba dispuesto a dejar parte de su trabajo y hacerle más caso.
Mirándola, mientras cenaban con Javier y Esther, observaba lo hermosa que estaba. Su cara volvía a recuperar aquel brillo que tanto gustaba a todos. Su pelo volvía a estar suelto, cubriendo sus hombros y parte de su espalda, con la raya siempre en medio. Sus labios volvían a cubrirse de saliva, de agua caliente, y parecían más carnosos y apetitosos que nunca. Mientras bebían y hablaban la miraba, y observó de nuevo las turgencias que aparecían por el escote tan generoso con el que no solo estaba deleitándole a él, sino a Javier, que no dejaba de observarla.wpid-2013-02-03-00.32.47.jpg
Durante la cena sintió celos de Javier porque no dejaba de mirarla, y le pareció ver en ella también unas miradas extrañas dirigidas a él. A veces parecía que estuvieran jugando en silencio, los dos, diciéndose cosas que  nadie más podía entender, y eso le hizo ponerse muy nervioso. Finalmente, él mismo se decía que dejara de ser un insensato… Javier era el marido de Esther. Un tío raro, extraño como él solo, pero no se acostaría con la mejor amiga de su mujer. Marga, su Marga, aún menos. Ella no era una persona sexualmente despierta, y nunca le había hecho mucho caso al sexo… Ella no era así. Comprendiendo que eran parte de sus celos prefirió obviar las cosas que creyó ver y decidió relajarse y disfrutar de su esposa.
Aún seguía viva la imagen de sus amigos en aquella cala, y deseaba hacer el amor con su esposa como lo hicieron ellos, volviendo a sentir un deseo casi imposible de detener.
Marga estaba guapísima, y su cuerpo invitaba a todos los pecados, y esa noche le demostraría – y se demostraría a sí mismo – que había sido un cretino abandonando a su esposa como había estado haciendo ¿los últimos tres años?
Cuando por fin se fueron aprovechó que Marga estaba en la ducha para meterse en la cama, acompañado de unas copas  y una botella de cava. Marga, en la ducha, sentía aún las convulsiones provocadas por ese torrente carnal que era Javier. Bajo el agua aún sentía las acometidas de ese hombre, apretándola contra la nevera, pegando sus cuerpos como si fueran uno solo y recordando cómo podía sentirle dentro de ella, como si estuviera atravesándola completamente. Bajo las gotas calientes de agua volvió a sentirle dentro de sí sobre la mesa, haciendo el amor salvajemente y gritando como una loca, disfrutando por primera vez en su vida de un orgasmo sin necesidad de estimulación alguna con las manos. Ese polvo había sido increíble, mágico – como él mismo le dijo – y deseaba volver a repetirlo… A ser posible, toda una noche entera.
El chorro de la ducha, regulado por ella misma a la presión que le gustaba, iba paseando por todo su cuerpo, dibujando extraños placeres por cada una de las partes que más placer le daban. Esa agua parecía calmar las necesidades que le llevarían a una inminente masturbación. Primero paseó el teléfono sobre sus pechos, para luego bajar por su vientre hasta bajar a la parte donde no podía ver pero sí sentir. Marga abrió sus piernas para que el agua lanzada a chorros golpeara el recorrido de todo su sexo hasta su espalda, en un movimiento cadencioso de ida y vuelta.
 
wpid-2013-02-03-00.22.04.jpgCuando Marga salió ni siquiera se atrevió a mirar a Carlos a la cara. Aún se sentía sucia de Javier, y todos sus olores parecían pegados a ella e imposibles de alejar. Se adentró en la cama y se dispuso a echarse de sus cremas. Pero él se lo impidió, acercándose a ella y acariciando esos brazos desnudos mientras dejaba caer su cabeza sobre los pletóricos senos de su esposa, cubiertos por ese camisón gris que tanto le gustaba.
– Te quiero muchísimo – dijo Carlos, abrazándose con fuerza, oliendo su cuerpo, y disfrutando como cuando era más joven
– yo también te quiero – dijo ella, acariciando su pelo y deseando llorar
– ¿de verdad que me quieres? – preguntó él
– pues claro… ¿por qué lo preguntas?
– no lo sé. ¿Tú me has sido infiel alguna vez? – preguntó, casi susurrando, mientras sus dedos paseaban por debajo de su camisón, disfrutando de sus caderas desnudas
– ¿de qué estás hablando? – preguntó sorprendida, y visiblemente nerviosa. Tanto que hasta llegó a tirar la crema sobre la cama debido al temblor de manos – no te entiendo. ¿Por qué me preguntas algo así?
– me gustaría saber si en estos diez años de casados me has sido infiel alguna vez
– ¿yo? ¿Y tú? – preguntó, evitando contestar y demostrar su nerviosismo, que era tal que incluso le impedía poder vocalizar con claridad
– te he preguntado primero yo, querida…
– ¿cómo me puedes preguntar algo así? – dijo, cerrando sus piernas e impidiendo el avance de sus manos a través de sus muslos recién duchados
– tienes razón, lo siento… ¿tú sigues queriéndome como antes?
– ¿como antes?… ¿a qué te refieres?
– que si me amas como cuando nos casamos hace hoy diez años
– pues no lo sé – dijo intentando ser lo más sincera que la ocasión le permitía – supongo que sí. Yo sé que te quiero más que a nada de este mundo. Tú siempre fuiste mi chico, ya lo sabes, pero últimamente estás tan lejos de mí
–  ya, lo sé – dijo besándola en los labios – pero ¿me deseas como antes?
– pues claro que no – dijo muy seria y convencida – como tampoco siento placer cuando me toco en la ducha como me pasaba de joven, o cuando veo una película o leo una novela. Ya no somos aquellos chiquillos de veinte
– pero ¿me deseas?
– pues claro que sí, tonto – le devolvió el beso que le debía, sintiéndose más tranquila
– yo también te quiero, y te deseo… y siento que he estado perdiendo el tiempo. O lo que es peor, a veces pienso que te he hecho a ti perderlo conmigo
– no seas tonto
–  siempre estoy con el trabajo, y creo que te tengo algo abandonada. No sé, pero es que creo que nuestra relación no es la misma que la de antes. Supongo que te gustaría ser como Esther, vivir como ella, estar con un hombre más guapo y más activo. Me ha dicho en alguna ocasión que Javier es una máquina – dijo sonriendo, mientras sus manos acariciaban de nuevo sus muslos, que se abrían para él
– Esther está loca… Ya sabes como es… Y no creo que sea tan feliz como dices
– ¿por qué lo dices? ¿por ese chico?
– ¿qué chico?
– no te hagas la tonta. Os he oído hablar de él alguna vez, y se le nota. La conozco muy bien y sé cuando tiene algo… Y esa tiene algo.
Ella guardó silencio. No quería seguir mintiéndole más, y le dejaba hablar. Era extraño pero Carlos parecía tan distinto… ¿Por qué preguntaba tanto? ¿por qué hablaba tanto del deseo, de su relación, de su amor?… ¿qué le estaba pasando? Reuniendo valor le preguntó qué era lo que estaba pasando por su mente. Tenía miedo a que sospechara, incluso a que les hubiera descubierto, pero tenía que saberlo. No podía más con tanta pregunta, tanta tensión, y tanta mentira. Carlos le contó que el fin de semana anterior había visto a Javier y a Esther haciendo el amor en la cala secreta – así la llamaban ellos. Marga no podía creer lo que estaba escuchando, pero no tardó en interesarse por todo y lo que allí pasó.
– Jamás vi tanta pasión salvaje y animal en una pareja – le dijo Carlos, dañándola más de lo que él mismo creía – parecían dos animales en celo, dando rienda suelta a toda su pasión. Te juro que parecían dos amantes, dos personas desconocidas, y no dos personas que llevan tantos años casados.
Carlos seguía contando todos los detalles que recordaba – que no eran pocos – mientras Marga los recogía y los iba clavando en su corazón, derramando amargas lágrimas que salían de lo más profundo de su alma. Era extraño pero se sentía engañada. Javier le había dicho que no había estado con Esther, que había estado trabajando, y todo eso que Carlos le contaba era exactamente lo mismo que hacía con ella. Ella, en cambio, no podía ser igual de apasionada con Carlos como con Javier. Con él todo era diferente, nuevo, mágico, incluso más intenso y único… y Javier hacía el amor con ella al igual que lo podía hacer con su esposa.
Marga lloró, y Carlos, que no se enteraba de nada, creyó que lo hacía al sentirse enfadada con él por expiar a sus amigos mientras hacían algo tan íntimo. Aprovechándose de las propias disculpas de Carlos consiguió escapar.
Lo que no esperaba el bueno de Carlos era que toda la pasión contenida en Marga se había unido, ahora, a la rabia y al dolor por sentirse traicionada por el marido de su amiga. Así, casi sin él esperarlo, acabó sobre su marido e hicieron el amor de una manera más salvaje aún que la que Carlos recordaba en aquella playa oculta.
Marga, subida a él, con lágrimas en los ojos, y una rabia extraña que llegó a asustarle, hizo el amor como una auténtica fiera salvaje. No había placer, ni siquiera disfrutaba de unas palabras amorosas que no oía… en ella solo existía la rabia de estar pagando a Javier con la misma moneda. En cambio Carlos disfrutaba como jamás había hecho en esa cama que llevaban compartiendo ya diez años.
Ver a su mujer encima de él fue algo difícil de explicar para él, que tan solo prefería dejarse llevar y ver hasta donde estaba dispuesta a llegar esa mujer que – ahora sí – parecía una mujer totalmente diferente a la suya. Y no solo era por su forma de actuar, ni siquiera por su mirada, casi salvaje, sino por su propio cuerpo, por su forma de actuar y, sobre todo, por sus extraños gemidos, que parecían recién nacidos porque nunca los había escuchado así. Marga, de pronto, se convirtió en Esther… En aquella Esther de la playa, y él mismo se convirtió en Javier, haciendo de aquella cama una playa solitaria. Esa mujer jugaba con él a su antojo, disfrazada de diosa carnal, y jugaba con su cuerpo como nunca había hecho pero sí visto, precisamente en aquella playa donde sus amigos retozaron como en las películas pornográficas. Incluso creyó reconocer en Marga gestos de Esther, y él, recordando esas cosas que Javier hizo a su esposa, copió sus movimientos y la hizo disfrutar como nunca antes lo había hecho… O eso creía.2012-11-26 12.28.48
Ver a su mujer gritar de esa manera, observarla subida sobre él, moviendo su pelo de esa manera mientras le pedía que pellizcara sus pechos y los chupara, hizo que Carlos volviera a ser ese joven del instituto, cuando el sexo era lo único que le importaba. ¿Dónde había estado ese Carlos todo ese tiempo? – se preguntó a sí mismo, llegando a un orgasmo indescriptible.
Tumbado y exhausto, disfrutó del vello erizado de la piel de su esposa, y de su sudor, mientras se sentía aún dentro de ella. Aun así, en esas extrañas lágrimas nacidas de un extraño placer, volvió a ver algo extraño, algo que le indicaba que Marga no era la misma mujer de siempre. Es más, esa que allí retozaba con él, no era su mujer. Esa era la mujer de otro.

LOS AMANTES: CAP 42: ABSTRACCIÓN

Sin título– Espera Carlos, voy contigo – dijo Esther antes de que saliera por la puerta
– ¿Dónde vas ahora querida? – preguntó Marga, asomando su cabeza – deja que vaya solo y así tardará menos
– es que tengo que comprar tabaco – dijo Esther
– pero si yo tengo ahí – dijo señalando al bolso
– calla ya – le susurró guiñándole un ojo – que tengo que salir
– ¿para qué? – preguntó entre susurros, al igual que hacía Esther
– mejor que no lo sepas… No lo aprobarías – dijo sonriendo maliciosamente mientras guiñaba uno de sus ojos y le enseñaba el whasap que demostraba que estaba en conversación con su joven amante
– ¿todavía estás con eso? – dijo observando cómo se alejaba de ella, cogía su bolso de la entrada, se lo colgaba al hombro, y salía detrás del triste Carlos.
Cuando salieron de la casa Marga miró al salón. Javier la miraba también, apoyado en el marco de la puerta, con ese vaquero ajustado que tan bien le quedaba y esa camiseta apretada a su pecho que le recordaba a aquella mañana en el gimnasio de su casa. Ella iba vestida con un fino vestidito de verano, con dos tirantes muy finos, y uno de ellos se caía constantemente por sus hombros, cosa que encantaba a Javier.
– ¿Dónde van estos ahora? – preguntó Javier, que no se había enterado de nada, inmerso como siempre en las portadas de esos vinilos que tanto le gustaban
– van al mercado porque a Carlos se le ha olvidado comprar la carne para la barbacoa
– entonces tardarán un buen rato – dijo sonriendo, sonrojándola. Tan nerviosa se puso que volvió a la cocina para no entrar en su juego, un juego que por otra parte empezaba a apetecerle al saberse allí a solas con ese hombre que la hacía volver loca.
Al entrar dejó caer su cuerpo sobre una de las sillas que rodeaban la mesa redonda de cristal y bebió un sorbo de la cerveza que había dejado abierta su marido. Estaba contrariada por no haber acudido a su cita,  excitada por tener de nuevo a Javier tan cerca, y asustada por no saber cómo podría reaccionar si ese hombre se acercaba a ella y la tocaba. Javier estaba tan cerca, y tan guapo… y ese maldito calor…
Dejando caer la cabeza sobre sus manos cruzadas en la mesa respiró profundamente para tranquilizarse, moderar su seso y no ir hacia Javier para besarlo y arrebatarle esas ropas que tanto le gustaban. Por más que lo intentaba no podía controlar el terrible deseo que ese hombre había despertado en ella, y luchaba consigo misma para no levantarse e ir hacia él, que era lo que más deseaba hacer. No hizo falta. Para su sorpresa – y miedo – Javier ya se había decidido y  estaba tras ella.
Había llegado allí en silencio y estaba a su lado – detrás de ella, rodeándola con sus robustos brazos, con su boca sedosa sobre su cuello desnudo, posando sus labios con una delicadeza exquisita que le hizo sentir inmortal.
Sus labios paseaban por su piel, sin apenas tocarla, rozando y susurrando alientos frescos que la erizaban. Ella no supo qué decir. Decir algo habría sido inútil… Ella no sabía luchar contra eso, y él lo sabía. Sus labios, cada vez más mojados, se grababan ya en su cuello, marcando sellos por toda su longitud, hasta llegar a sus lóbulos, donde eran sus paletas las que mordisqueaban tenuemente haciéndola enloquecer.
-Javier, Javier… – era lo único que acertaba a decir, luchando contra ella misma para no levantarse, desnudarse y dejar que la penetrara allí mismo, en esa cocina donde no tardarían en llegar su marido y su mejor amiga, pero es que el tacto de ese hombre y su olor le hacían perder el seso.
Así, mientras él la besaba por el cuello, sus manos se fueron hasta sus senos, paseando en círculos por encima del fino vestido. Sus pezones se erizaron de tal forma que parecieron a punto de rasgar la tela, y eso le hizo a él seguir jugando con ella mientras Marga cruzaba y descruzaba sus piernas por debajo de una mesa donde empezaba a desear subirse cuanto antes.
Javier, extasiado por los perfumes sexuales de esa mujer, alargó una de sus manos por el vientre de su amante hasta bajar a sus muslos, que parecían tan calientes como el resto de su cuerpo. Con fuerza pellizcó sus muslos, apretó sus dedos entre su piel, y fue avanzando hasta llegar a su braga. Marga dejaba de ser persona.
– Javier… no deberías hacerlo – decía, pero Javier no respondía
– para por favor… para… aquí no – le dijo cerrando sus piernas y apartando las manos de ese hombre, que parecían pinceles dibujadores de placeres infinitos
– es aquí donde quiero hacerlo desde que te conozco… ¿Sabes la de noches que me he imaginado en esta cocina contigo?
Ya no era solo su boca la que paseaba por su cuello y cara. Ahora eran también sus manos las que paseaban suavemente por su espalda desnuda, dibujando lunares. Al llegar a sus hombros bajaron las tiras del suave vestidito que llevaba, dejándolas caer como hojas en otoño.
Ahora sus labios besaban sus hombros desnudos, su espalda, y sus manos excursionaban por sus costados acercándose a unas turgencias que le esperaban ansiosas
– por favor… aquí no, por favor – rogaba ella, consumida ya por el deseo más salvaje
– aquí sí – dijo por fin, levantándola, abrazándola con todas sus fuerzas, y penetrando en su boca con el más cálido de sus músculos.
Marga, aún asustada, no pudo controlar sus emociones… ni quiso tampoco hacerlo. Ardor, emoción, ímpetu, efusión, emoción, vehemencia… y calor, se hicieron dueños de sus actos una vez más, y se dejó llevar por ellas. El beso recibido fue un puñal que estaba atravesando su cuerpo entero, rasgando su interior, abriendo su alma, pero sin dolor. No se había detenido aún a disfrutarlo en sí cuando se sorprendió completamente desnuda sobre la mesa y con su amante ya poseyéndola dulcemente.
– Javier… – fue lo único que acertó a pronunciar mientras observaba ese rostro hermoso y sudoroso a escasos centímetros de su cara
– te deseo tanto, cariño – le decía él, fusionándose con ella, haciéndole incapaz de acertar donde acababa su cuerpo y dónde empezaba el de él
– yo también Javier… Y te amo – dijo muy seria, casi llorando, mientras el placer recibido por las acometidas de ese cuerpo salvaje le hacía alcanzar el mayor grado de locura.
Desnudos, conturbados y dichosos, hicieron el amor sin otro afán que el deleite espiritual.
Así al menos lo vivía ella. Mirara a donde mirara no veía nada que no fuera él. Habían desaparecido los electrodomésticos, las ventanas, las paredes amarillas de su preciosa cocina… Allí sólo había aire, nubes y campo.
El amor se abría paso una vez más en un universo confuso que no tardaría en abrir sus puertas al pecado y, después, a la penitencia. Siempre era así, pero curiosamente era allí la primera vez que no sentía ningún miedo. ¿O era quizás no se daba cuenta y era precisamente ese miedo tan atroz el que cubría todo con ese velo de pasión desmedida?. Fuera lo que fuere jamás había sentido tanto…
Sin duda esos eran los momentos más bellos que la propia Marga había regalado a su cuerpo y, de paso, a su alma, que volvía a su juventud, a aquella época mágica del instituto donde nada tenía importancia más que el amor y su propio cuerpo. Allí, en esa cocina del infierno, nada más existía que ella misma y su placer espiritual y corporal, unidos en una sola cosa: ella. Ni siquiera el que estaba dibujando toda esa vida estaba ahora allí con ella… Y esa era la magia de Javier, que la hacía disfrutar a ella, no disfrutar de él. Con él todo era ella misma y cada uno de sus sentidos: el del gusto, el de la vista, el del oído y, sobre todo, el del tacto.
No había ruidos, no había músicas. Tampoco aparecían objetos, ni siquiera su cuerpo desnudo atravesando su plasticidad. Allí solo estaba ella de nuevo, como aquella niña que corría por los campos tropicales de su Nerja natal, atravesando árboles que olían a mar, corriendo hacia ningún sitio, y respirando un aire que henchía sus pulmones.
Era la primera vez que se sentía libre, alejada de las cadenas de la rutina, de las fauces del pudor, y del miedo a un final inevitable. En su embriaguez de paz no deseaba otra cosa que teorizar sobre la comprensión de la nada, dejarse llevar, sin perseguir nada que no llegara por sí mismo. Por eso disfrutó como nunca había disfrutado de nada… Era la primera vez que solo pensaba en ella, en su cuerpo, en la magia que nacía de sus entrañas, provocadas por ella misma, sin ayuda de nadie, ni siquiera de ese amante que no era más que otra parte más de ella misma.
Jamás hasta ese momento había sido capaz de hallar la capacidad para la abstracción más absoluta…  y le gustaba tanto que olvidó la vida que le rodeaba… y se dejó llevar por esas cosas que había por el aire que le rodeaba, y que no reconocía.
Eran seres extraños, espacios remotos que habitaban en ella y que salían precisamente en ese momento en el que paseaba su feminidad absoluta. Eran seres que oían y gritaban, que gozaban y estaban cansados de sufrir y que luego morían en ella misma y en el aire que respiraba, haciendo creer que nunca habían existido. Pero ella acababa de verlos, de reconocerlos… por fin. Y ella dejó de ser persona. Dejó por fin de ser Marga, y se convirtió en tierra. Y Javier fue agua. Y sobre la tierra pastorearon rebaños porque no había cercas prohibiendo la vida, y atravesaron el puente de troncos cercenados, separándolos del río, y dejándoles pastar en su abundancia… sin miedo a que terminaran nunca.
– ¡Comed sin miedo… hay tierra para todos! – les gritó en silencio. Javier lo notó.  Mientras hacía el amor sobre esa cocina inundada de calor observó en ella una metamorfosis que casi le asustó. Su amante no era la de otras veces. Ni siquiera parecía ella.
Los dos estaban desnudos, ella echada sobre la puerta de la nevera, disfrutando del frío metal, mientras su amante entraba en ella por entre sus piernas abiertas, mientras con sus manos pellizcaba sus turgencias haciéndola enloquecer. Cada acometida de ese hombre era como un disparo de placer, y toda la metralla se dispersaba por el interior de su cuerpo, dejándola regada de gusto y deseosa de que ese momento no terminara nunca, a pesar del peligro que ambos estaban corriendo.
Fue en ese momento, en el de mayor placer, cuando más miedo sintió también a ser descubierta.
-No te preocupes amor mío – le decía Javier, bañando sus orejas de saliva, mientras entraba y salía de ella con violencia – he echado el pestillo de la puerta antes de entrar en la cocina…
De pronto Javier, saliendo de ella, la hizo ir hasta la mesa y la tumbó. Totalmente desnuda para él disfrutó de su cuerpo, acariciándolo, abriendo sus piernas, separándolas, pellizcando sus muslos y jugando con sus dedos entre el vello caoba que tanto le gustaba. La cara de placer de Marga le hacía enloquecer y no tardó en subirse sobre la mesa mientras ella le miraba absorta.
El cuerpo de ese hombre era algo casi celestial, algo de lo que sabía que no se cansaría nunca, y acariciarlo era algo místico, algo que le hacía creer estar viviendo en un sueño.
Sus ojos abiertos no demostraban que vieran, y sus silencios eran estridentes. Su efímera quietud, acostada sobre la mesa, y sometida a sus fuerzas, también la alejaban de la realidad que estaban viviendo.  Solo su alcalina saliva, escapando de sus labios, le hacían reconocer el placer tan grande que estaba viviendo… ¡y la envidió!.
Cuando Marga volvió de su estado casi celestial se sorprendió al verse casi amordazada por su amante. Javier le tapaba la boca con ayuda de sus manos, haciéndole incluso daño.
Tuvo que pellizcarle en su espalda para que retirara la mano
– ¿qué te ha pasado, querida? – le susurró, besándole en la nariz, mientras intentaba separar su cuerpo del de Marga
– no – le dijo apretándose contra ella – no te alejes aún
– ¿por qué me tapabas la boca con tanta fuerza? – le preguntó intentando impregnarse de los últimos estertores de ese cuerpo aún rígido y colérico
– cariño – le dijo – ¿es que no te oías gritar?
– ¿he gritado mucho? – preguntó sorprendida
– ¿mucho…? Yo creo que te ha oído todo el vecindario. Me has dado miedo ¿sabes?
– pues tú me has dado un placer que no sabía que pudiera existir y que creo que jamás volveré a sentir. Ha sido…
– ¿mágico?
– sí – dijo dominada por una desazón interior que su memoria intentaba retener para que no huyera, como uno más de esos sentimientos que se guardan inanimados dentro del subconsciente – ¿por qué has usado esa expresión?
– porque es justo lo que yo he sentido esta vez… Magia – dijo alejándose de ella, aún desnudo, con la ropa en sus manos. Ella, mientras tanto, asustada por lo que acababa de pasar, subió su vestido, recogió las bragas del suelo y corrió hasta el baño. Allí se miró en el espejo, como siempre hacía, y decidió meterse en la ducha a la espera de la llegada de su marido y de su amiga. No podía dejar que la olieran. Marga olía a mentira… O a verdad.
 
Cuando Carlos y Esther volvieron Javier seguía probando vinilos. Marga seguía aún en la ducha, donde Javier la había estado observando un buen rato, disfrutando de un cuerpo que también parecía diferente… como ella misma.
Cuando salió de la ducha no pudieron evitar mirarse. Y por primera vez mantuvieron la mirada, sin miedo a ser descubiertos, como sucedía siempre. Esa vez había sido única, diferente… y algo en ella había cambiado para siempre.
Incluso durante la cena, para sorpresa de un Javier contrariado y emocionado, fue la propia Marga quien acercó su mano por debajo de la mesa para acariciarle y buscarle. El verano empezaba a hacer de las suyas… y duraría solo dos meses.
En la ducha Marga había tomado una decisión. Ella sabía que en la mesa de esa cocina había nacido algo mágico, algo superior a todo, algo que ya le uniría a él para siempre, un nudo que nadie podría ya desatar en la vida…
Por eso tenía que ser ella quien terminara con todo, pero no ahora. En esos momentos sólo quería de él, sólo deseaba su presencia, sus olores, sus esencias… estaba enamorada de él como jamás podría estarlo de ningún otro ser. Y eso era lo peligroso.
La decisión había sido tomada bajo el agua, mientras inconscientemente acariciaba su vientre plano y  duro, recordando ese placer que, por primera vez en su vida, la había hecho hasta perder la noción de ella misma. El placer recibido había sido tan intenso que le había hecho perder hasta la consciencia momentáneamente. Cuando terminara el verano, terminaría también su osada aventura con Javier… Para siempre.
 
 

PAUL ACKERMAN: Silhouette dans le lointain

Angustia, zozobra, oscuridad, tristeza, miedo, pena, desconsuelo, aflicción, amargura, melancolía, pesadumbre, pesar, quebranto, tribulación, desdicha, nostalgia… Vaya cuadro!!!
Silhouette dans le lointain