AMOR DE MEDIA PENSIÓN (relato erótico)

aquí os dejo un nuevo relato ¿erótico, sensual…? leélo y opina.

“…Ella, sin saber que un furtivo acechaba desde cerca – ¿o sí lo sabía? – siguió mirándose en el espejo, y pude comprobar que su habitación era mucho más grande que la mía.  Se miraba directamente a los ojos, sin lágrimas visibles pero que yo pude ver dentro de sus ojos. Mientras acariciaba su cuello, intentando ocultar esas arrugas que tenía, su tristeza se hacía mayor, y ese gesto me emocionó.
Desde mi guarida podía verla de espaldas, con las tiras del sujetador apretadas a su piel, y una braga negra rota, descosida, y muy holgada. Su cuerpo era mucho más bonito de lo que ella parecía ver a través de ese espejo.
Sensualmente – yo creo que sabía que estaba siendo espiada – se quitó el sujetador, desabrochando el botón trasero con delicadeza y dejando dentro de mi campo de visión dos preciosos pechos. Estaban perfectamente formados, y se dibujaban turgentes y redondos, ligeramente caídos. A mí me parecieron tan majestuosos como excitantes. Parecían dos preciosas manzanas relucientes ante las que permanecí absorto, mientras mi mirada flanqueaba sus contornos redondeados, su piel blanca alcalina y esos botones rosáceos que delimitaban el centro exacto de su circunferencia irregular. De pronto los imaginé repletos de leche caliente. Aún no sé por qué…”

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LA LEY (desvarío mental)

Todas las mañanas salía de casa siguiendo el mismo ritual. Paseo hasta el quiosco, primera ojeada a las portadas de Marca y As, algún escarceo visual hasta las portadas de las revistas para adultos, y nuevo paseo hasta el parque del Violón.

Mi ritmo cansino se aceleraba detrás de César, que disfrutaba de la arena, correteando por entre las plantas y haciendo sus primeras necesidades del día. Me gustaba verle feliz en la calle, y no encerrado en mi pequeño apartamento de apenas cincuenta metros cuadrados que él se encargaba de vigilar mientras yo descargaba sacos de cemento por unos miserables seiscientos euros.

No sabía bien porqué pero ese día algo me decía que mi vida iba a cambiar. Y lo necesitaba… ¡Vaya si lo necesitaba! Lo que no esperé nunca fue tanto cambio.

Cuando vi cómo atropellaban a César me quedé sin palabras. También sin respiración. En realidad, me quedé sin nada. No supe reaccionar. En ese momento no fui capaz de pensar en nada que no estuviera relacionado con la sangre que veía por todos lados, alrededor de ese coche de lujo que yo nunca podría tener.

Cuando el conductor – y culpable – detuvo el coche César ya estaba muerto. El muy cerdo bajó tranquilo, y ni se inmutó al verle espachurrado bajo la rueda trasera.

-Qué ha pasado, qué ha pasado? – gritó otro joven, intentando esconder una botella de Jack Daniels que el miedo le había impedido dejar en el asiento

-nada, un puto perro – dijo, mirando a César con cara de asco

-¡Qué susto! – dijo un tercero, bajando la luna trasera, mirando los restos del animal, que aún se movía por espasmos

-¡Joder, qué susto…Creía que habíamos  atropellado a un crío!

-¡Puto chucho de los cojones! – volvió a gritar el conductor, golpeando el cadáver del pobre César con esas violentas botas militares – ¡mira cómo me ha puesto el coche!

Después, con una frialdad increíble, sonrió, encendió un cigarro, y subió de nuevo al coche, dio otro trago de esa botella de licor, y el coche desapareció sin más.

Yo recogí el cadáver mutilado de mi César, ese que tantos años llevaba viviendo conmigo, y lo enterré en el patio de casa, donde tanto le gustaba jugar.

Lloré mucho al meterle en esa bolsa de basura negra, y en ese agujero que hice yo mismo. Nunca lloré tanto. Tampoco nunca sentí tanta rabia… Y enajenación.

Por la noche lo recordé todo, llorando, y pensé en la estúpida e inhumana sonrisa de aquel niñato mal criado. Entonces me sumergí profundamente en la desesperación y la impotencia de no haber hecho nada por César. Tan solo miré… y callé.

No pude conciliar el sueño. La noche era oscura y eso ayudó a dibujarla con los colores de la ira, el dolor y la desesperación.

Después pensé en la ley, sabedor de que tenía que ampararme en ella.

Lo malo es que esa maldita Ley no hizo sino empeorar las cosas, arrastrándome hasta esta maldita celda de la que no saldré en mucho tiempo… ¡MALDITA LEY DEL TALIÓN!

EL MAESTRO (desvarío mental)

UN PEQUEÑO HOMENAJE A LOS ANTIGUOS MAESTROS EN FORMA DE RELATO CORTO.

Aquí estoy, caminando hacia ti, mi amor – dijo el viejo profesor, mirando al cielo, mientras era conducido por los dos militares hacia el patio donde se encontraría con el vil garrote.

El cielo era tan gris como los trajes de los dos agentes, que ni siquiera le miraban, empujándole con la culata de sus fusiles para que andara más deprisa. En el medio del patio estaba esa tétrica silla de maderas ennegrecidas. A su lado un cura, a quien conocía de sobra, el director de la prisión, y ese alcalde siniestro, que había llevado allí a su hijo Paquito para que viera todo. El cansado maestro miró al niño y sintió pena. El niño no sintió ninguna y sonrió maliciosamente.

Ahí voy, mi amor, para cuidar de ti en la muerte como no fui capaz de hacer en vida – dijo a su difunta esposa, mirando al cielo y recordando cómo la habían matado y violado durante los más de tres años que él pasó en prisión, detenido por llevar la contraria a un alumno mal educado, pero con muy buenas influencias.

– ¿Quién descubrió América? – le preguntó ese día en clase

– el Generalísimo, por la obra y gracia de Dios

– no, Paquito – le dijo sonriendo – fue Cristóbal Colón

– ¿insinúa usted que nuestro Generalísimo no es tan importante como para descubrir América?

– yo no insinúo nada – le dijo muy serio – solo digo que no fue él quien la descubrió, sino Colón

– pues yo le digo a usted que es el Generalísimo el más poderoso e importante de todos los hombres, y fue él quien descubrió también América, y no ese Colón como usted dice, maldito rojo. Si ya lo dice mi padre, que usted es un rojo y un comunista

– ¡Sal ahora mismo de clase!

– sí que me voy – le dijo el niño, con mirada asesina – voy a decirle ahora mismo a mi padre que usted ha insultado al Generalísimo.

Para su desgracia – pensaba el cansado maestro, sintiendo ya la opresión del garrote  sobre su cuello – ningún niño fue capaz de contradecir a Paquito, el hijo del señor alcalde.

Allá voy, amor mío, por fin podré descansar en paz y cuidar de ti en la muerte como no fui capaz de hacer en esta vida – dijo, mirando al niño y sonriéndole, intentando demostrarle que nada tenía contra él. Paquito, como él mismo, no era sino una víctima más.

EL CUENTACUENTOS (Sevilla la Nueva)

En todos los pueblos del mundo – hasta en el mismo Vellosillo – hay un personaje de estos, cuya
historia es digna de ser contada.
El pueblo donde sucedió esta historia podría ser un pueblo cualquiera, de una región cualquiera,
incluso de un país cualquiera… Después de todo, un pueblo solo necesita gentes, y de eso hay en
todos los pueblos del mundo.
Las siete campanadas del nuevo reloj del ayuntamiento invitaban a la noche para que acudiera sin
miedo y se hiciera dueña de un nuevo día que ya perdía su vigor.
En la plaza de los arcos apenas si quedaban cuatro o cinco chavales correteando alrededor de un
tobogán de varios colores, con escaleras, e incluso con pasarelas que se comunicaban entre sí
formando pasillos multicolores.
Una de las madres de esos niños descansaba, sentada en el viejo banco de maderas marrones
mientras estiraba sus piernas doloridas. La oronda panza, y esa cara impregnada de cansancio y,
sobre todo, de melancolía, presagiaban una nueva vida.
La otra mamá caminaba detrás de su hija pequeña que, aunque apenas se podía mantener en pie tres
pasos seguidos, no dejaba de moverse de un lado a otro siempre amenazando con caerse.
La mamá correteaba tras ella, con sus manos estiradas y dispuestas para recogerla, mientras hablaba
por un teléfono oculto entre su oreja derecha y el hombro.
Una cigüeña volaba bajo – tanto que casi les hizo agachar – hasta llegar a su nido, situado en una de
las torres de la Casa Grande, de donde un hombre joven salía con su hijo y con sendos libros bajo el
brazo. Los dos miraron la cigüeña emocionados.
¡Mira papi, lleva ramas para su nido! – dijo el zagal mientras el papá encendía un cigarro y aspiraba
profundamente.
¡Cuánto tiempo sin fumar! – pensó mientras miraba la cigüeña y recordaba el último cigarro, ese que
había fumado antes de entrar en la biblioteca…”

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EL CUERPO MANCHADO DE OLORES (relato)

AQUÍ OS DEJO UN NUEVO RELATO ERÓTICOFESTIVO. ESPERO QUE OS GUSTE. TODO NACIÓ A PARTIR DEL NOMBRE DEL RELATO. ESTE NO TIENE EL FINAL INICIAL, SINO UNO MÁS POLÍTICAMENTE CORRECTO. EL OTRO FINAL LO SUBIREMOS. PERO HOY NO… ¡MAÑANA!

¿Que si su mujer era guapa? – esa era una pregunta que, ni él mismo, hubiera sido nunca capaz de responder. Para responder a algo así habría que tener un elemento de comparación. Y ella – al menos para él –  no tenía comparación.

Además, a lo largo de su vida con ella, tuvo la inmensa suerte de que nunca nadie le hubiera hecho esa pregunta. Ni siquiera ella se atrevió nunca a hacerlo en medio de uno de esos momentos íntimos que tanto disfrutaron escondidos en esas mañanas de sábado, donde el tiempo sólo se detenía para ellos dos. Tampoco se lo preguntó nunca después de sus duelos de aproximación, cuando ambos quedaban exhaustos y se decían todo eso que no eran capaces de hacer en otra situación, o en otro lugar, simplemente porque resultaba fuera de lugar, e incluso un poquito ridículo.

Pero, ahora que alguien le había hecho la pregunta se atrevió por fin a responderla… Ahora podía decirlo. Esther no era una mujer guapa. Al menos no era una de esas ante las que no quedaba otra que volverse para remirarla al pasar junto a ella por la calle.

Tampoco tenía un cuerpo espectacular… ni lo necesitaba para volverle loco, como así hizo desde el primer día que se sació de ella en aquella playa oscura, hacía ya más de treinta años….

TODO EL RELATO…………………..,EL CUERP0 MANCHAO DE OLORES 0.1             ,EL CUERP0 MANCHAO DE OLORES 0.1

EL TERCER ACTO desvarío mental en forma de relato erótico

“…Aprovechando mi buen escondite la observé fijándome en esos largos tacones, que hacían mucho ruido al contacto con la madera del suelo.
Se detuvo al final del pasillo, frente a un espejo, se miró y  empezó a arreglarse el pelo.
A través del espejo pude verla con claridad. Era una mujer bien guapa, con un lunar en el mentón derecho y con unos labios carnosos.
La mujer no dejaba de mirarse en el espejo, haciendo poses extrañas, mientras repetía frases sin sentido que no acertaba a comprender porque no podía oírlas con claridad desde mi escondite.
De repente, para mi sorpresa, esa mujer empezó a desabrochar los botones frontales de su vestido blanco, lo abrió y mostró a través del espejo un precioso cuerpo que me dejó atónito.
Esa mujer no llevaba ropa interior alguna bajo el vestido y mis ojos se clavaron en su perfecta y armoniosa desnudez.
Ella, ajena a mí y a todo, seguía hablando sola, y haciendo gestos forzados, como si estuviera actuando, mostrándome unos senos menudos y redondeados, un vientre plano y blanco, y un pubis de abundante pelo caoba.
Para mi sorpresa – y excitación –  esa mujer comenzó a acariciar sus senos, y pude ver como su cara se transfiguraba por completo, dibujando la excitación que había en su cuerpo…”

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