LA MUJER DE LA VENTANA (desvarío mental)

“Jingle bells, jingle bells, jingle all the way…” era la canción que se escuchaba por la megafonía de la calle. Eran ya más de las diez de la noche, pero ni el gélido aire impidió que saliera al balconcito de mi pequeño piso para fumar un nuevo cigarro mientras esperaba su llegada. El frío era terrible, de esos que solo se sienten en esta tierra castellana, y ni las capas de ropa, ni la bufanda, ni el gorro polar, podían hacer nada para aplacarlo.
Allí estaba yo, aburrido como siempre, y con ese nervio extraño que ella me proporcionaba desde aquel día que la vi desnuda en su cuarto de baño.
Apenas si la conocía. Llevábamos viviendo cerca tan solo unos meses, que era el tiempo que yo llevaba viviendo allí, desde el inicio del curso.
Yo era estudiante de Magisterio, y vivía en ese piso viejo de mi abuelo, con quien viviría durante los siguientes tres años. Mis padres se ahorraban un buen dineral en la residencia de estudiantes, y, de paso, mi abuelo estaba acompañado por su nieto favorito. A mí no me venía mal. El viejo me dejaba hacer a mi antojo y, además, me daba un dinerillo extra que me venía muy bien.
Mis padres me daban doble paga por cuidarle. Él, que no sabía nada, me daba otra por la compañía. ¡El negocio era redondo!
Marina, que así se llamaba mi vecina y enamorada de entonces,  había salido de casa haría unas tres horas, y sus paseos, desde que dejó a su novio, eran siempre hasta las diez de la noche. Era, sin lugar a dudas, una mujer de costumbres… Eso me gustaba porque me facilitaba el poder tenerla controlada desde la distancia.
No haría ni dos semanas desde que dejó a ese tío arrogante, siempre bien vestido y mejor peinado, que no vivía con ella, pero que sí acostumbraba a dormir allí los martes y los jueves…

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CRUZAR EL RÍO

La última vez que salí a tomar una cervecita con mi gente nos paramos en una terracita en una plaza preciosa. Hacía un día estupendo. Los niños jugaban, los mayores hablábamos y tómabamos cañitas tranquilamente.

De pronto apareció un joven-viejo y nos pidió dinero. ¿Cuántos de esos no hay por ahí sin que les prestemos atención? Ya ni les miramos. Ya ni nos dan pena ¡Y eso es una pena! (lo digo por nosotros)

aquí os dejo el intento en pdf………………….Cruzar el río

EL DEMENTE (dedicado a las tres rubias)

Ya me imaginaba yo que terminaría pasando algo así, que te echarías atrás, y que dirías eso de “¿yo? Yo no dije nada de eso”… En el fondo me lo esperaba. Menos mal que tengo un testigo. ¿Verdad, Isa?

Gracias a mi buena memoria lo recuerdo todo perfectamente, como si estuviera reviviendo ese momento. En la cafetería estábamos los tres, tomando unas cervecitas y con muchas ganas de hablar y compartirnos. Nuestros trabajos nos impedían vernos con la asiduidad que nos gustaría, y ese día teníamos tan poco tiempo y tantas cosas que compartir que ninguno sabía bien por dónde empezar.

El momento era mágico, entre vosotras dos seguía existiendo esa conexión extraña, esa que con miraros a los ojos decía tanto, y yo me mantenía en un segundo plano esperando que alguna empezara a hablar.

Otro sorbo de cerveza más mientras el silencio seguía adueñándose del momento, miradas cómplices mezcladas con sonrisas nerviosas y pocas palabras…

Ninguno de los tres sabía muy bien qué decir porque los tres parecíamos encontrarnos mejor que la última vez que coincidimos. Al menos eso parecía.

-Bueno, Isa, ¿y tú qué tal? – preguntaste al fin – ¿cómo te va todo?

-fenomenal – contestó, arrebatándote tu coletilla, lo que nos hizo reír

– me alegro – dijiste tú, y ella comenzó a hablar, sonriendo y demostrando que lo que acababa de decir no era una simple frase, sino una realidad.

Realmente se le veía fenomenal, y los dos nos sentimos bien por ella.

Nuestra amiga siguió hablando, y tú preguntando… y yo, escuchando. Todo volvía a ser como aquella primera vez, y los miedos fueron desapareciendo, volviendo a ser ese trío de rubias peligrosas con el que un día nos bautizamos.

En poco tiempo empezamos a sentirnos mejor. Ella siguió hablando mientras nosotros escuchábamos, pero tú esperabas impaciente y nerviosa – se veía en tu mirada –  como si quisieras contar algo que no podías, o que no te atrevías a compartir con nosotros.

El clima empezaba a dibujarse como queríamos, y nos sentíamos bien de nuevo.

¡Pero llegó ella!

No puedo decir que me cayera bien – ni mal. Esa mujer apareció de la nada, saludó amistosamente, cometimos el error de sonreírle, y se hizo dueña de nuestro ambiente.

Con su cerveza en mano se sentó junto a nosotros, comenzó a hablar, y a hablar, y a hablar más, y no dejó que nadie más lo hiciera. Ella monopolizó el escaso tiempo del que disponíamos, y nadie fue capaz de hacerla callar. ¡Maldita cortesía!

Cinco minutos después ella seguía hablando y nosotros escuchándola, mirándonos con complicidad, pidiendo que alguien le hiciera callar de una maldita vez.

Ella hablaba de hombres que había conocido, y que a nosotros no nos interesaba conocer; contaba chistes picantes que ya nos sabíamos pero que le reíamos -¡maldita cortesía! – y hablaba y hablaba, convirtiendo el trío en un número par.

Tú me mirabas sonriendo, pero en tu mirada no estaba la sonrisa forzada que dibujabas en tu boca. En tu mirada había algo más que no acertaba a descifrar pero que yo imaginé como odio.

En un momento que se levantó para ir a la barra lo dijiste. Lo recuerdo perfectamente.

-¡Dios mío, si pudiera la mataba! – dijiste, demostrando lo mal que te caía

– ¡pobre! – dijo Isa, sonriendo

-¿pobre? – dijiste tú – mira, se ha sentado en mi abrigo y mira como lo ha puesto… ¡yo, la mataba!

– tampoco es para tanto mujer

– ¿Que no? – dijiste de nuevo mientras, con tus manos, intentabas planchar el marchito abrigo de color marrón – en serio, si pudiera la mataba.

Las dos sonreísteis, incluso soltasteis una sonora carcajada. Ninguna os disteis cuenta de que yo no.

Y ella volvió, se sentó de nuevo en el sillón, y siguió con su discurso aburrido e insulso, creyéndose graciosa e importante por culpa de nuestra absurda educación y cortesía. Y siguió contando chistes malos y recordando anécdotas que solo importaban a ella hasta que el maldito reloj volvió a hacernos saber que nosotros no éramos los dueños de nuestro tiempo.

Cuando salimos vosotras os fuisteis juntas. Yo, sin saber por qué, la seguí.

Te juro que seguía hablando incluso sola. Sin duda esa mujer tenía muchas cosas que contarse a sí misma… ¡Pobre!

La seguí por la plaza, después por una de las pequeñas calles del pueblo, mientras la noche se iba fundiendo lentamente con mi estado de ánimo. Ella caminaba con paso ligero, como si supiera que alguien la estaba siguiendo, y yo la seguía silencioso, sin saber muy bien aún el porqué de lo que estaba haciendo.

Al principio pensé que esa mujer había despertado mi compasión, que necesitaba seguirla para saber dónde vivía, si estaba sola, o vete tú a saber qué.

Fue al llegar a aquel viejo callejón, cuando comprendí que allí nadie podría verme, cuando comprendí que no había sido la lástima la que me había hecho seguirla, sino la rabia.

Y fue entonces cuando vino a mí tu deseo, cuando vino a mí tu frase: “Si pudiera la mataba”

Y allí fui presa del extraño contraste entre mi ira y mi calma, y me dejé llevar por la primera, que siempre solía vencer en sus desiguales duelos.  Y, observándola en su patético monólogo, llegaron a mí visiones dantescas y terroríficas con sus acentos místicos más desgarrados, convirtiendo el futuro inmediato en un cuadro violento en el que yo era verdugo, y ella víctima.

Y allí, a escasos dos metros de su espalda, saqué de mi abrigo un cuchillo que cogí del cafetín sin que nadie me viera, y sin que yo mismo lo supiera, comprendiendo que si tú no podías hacerlo yo sí que podía.

Es más, te lo debía… Todo por una amiga como tú, que se merece todo.

De todos modos, ¿quién iba a echar de menos a una mujer como ella? Nosotros, desde luego, no – pensé sonriendo mientras el cuchillo, aún manchado de mantequilla, se clavaba en su espalda primero, después en su cuello, y finalmente en su corazón. Ella intentó preguntarme porqué, y, curiosamente, en ese momento no le salían las palabras.

-Por una amiga –  le contesté yo mientras volvía a clavar el cuchillo en su vientre, sonriendo ante la nula posibilidad de que volviera a molestarte nunca más.

Tú lo dijiste. “Si pudiera la mataba”.

Así que, querida, me debes una.

Y recuerda, tengo un testigo… ¿verdad Isa?

 

EL LLANTO SORDO (RELATO)

“Quien miraba hacia allí nada veía… más que dolor.

Dolor… dolor… dolor… Y rabia.

Toda ella era una larga noche de tormenta en mitad del océano.

Allí solo se presagiaba caos y desorden… Había de todo, y no había de nada, salvo una oscuridad iluminada por miles de rayos deseosos de escapar del cielo donde habían nacido.

La noche estrellada había borrado sus brillos, y el anterior manto de agua calmada ahora eran olas, y oscuridad, y estridencias… Y frío.

El calor había desaparecido, y con él la calma… Ahora se respiraba desasosiego, mucho miedo, y unos extraños sonidos creadores de un silencio casi sepulcral.

Y podía oír el bravo ruido de mar, amenazándole, y ver las espumas apremiantes que rompían la oscuridad. Podía incluso escuchar gritos desgarrados, pero, sobre todo, oía el tétrico sonido de las viejas maderas del barco que estaban ya a punto de ceder ante el brío del poderoso y colérico mar, que no parecía dispuesto a ceder en su empeño de borrar todo y cuanto sobre él osara a existir.

El barco se hundía. No había salvación posible, y no sabía si saltar y salvarse, o hundirse con él.

Por más que miró – con desgana – no encontró un salvavidas.

Las olas que nacían de ese mar oscuro y caótico eran tan grandes que reducían a la mínima expresión a la misma luna, oculta tras esas nubes negras, y tan oscuras como el mismo cielo donde estaban pintadas.

Solo el blanco grisáceo de las perlas espumosas que volaban por la superficie del mar otorgaban algo de luz entre tanta oscuridad.

Y ese mar no era ya de agua, sino de angustia y desesperación…

¿Y cómo nadar en ese elemento? Nadie le había enseñado a hacerlo. Y a esas alturas de la tormenta, tampoco quería aprender…”

TODO EL RELATO………………, EL LLANTO SORDO

DAÑOS COLATERALES relato corto

Este es un relato con dibujos hechos también por mí (un auténtico desvarío mental). Esto nació al ver unas fotos de un bombardeo. Sobre un poblado sobrevolaban muchos aviones lanzando bombas a diestro y siniestro, y mis ojos se clavaron en dos de esos aviones. Me recordaron a unos ojos, y las bombas a las lágrimas.

“Esa no sería una tarde más, al menos para los niños que jugaban en el viejo parque destrozado y abandonado, ajenos al peligro de los socavones y de los restos de metralla que por allí había.
Apenas si quedaba una barra de hierro de lo que un día fue un columpio. Ahora solo había tierra, agujeros, piedras, y bancos quemados.
Tampoco quedaban ya las paredes donde antes golpeaban sus pelotas, simulando marcar los goles de sus ídolos europeos. La única pared que quedaba en pie estaba llena de agujeros y de pintadas extrañas con palabras más extrañas aún.
Los niños no las entendían pero sus violentos trazos mostraban odio, sin duda alguna.
No había perros – hacía mucho que habían desaparecido – ni gatos. Ni siquiera las molestas hormigas quedaban…
Los niños jugaban a lo único que sabían hacer porque era lo único que veían. Había pasado mucho tiempo ya desde que cerraron la escuela. No dijeron que fuera para siempre, pero a ellos sí que se lo parecía.
Una vez más, jugaban  a la guerra, ajenos a sus peligros.
Para ellos todo era un juego, y se disparaban y gritaban, y el disparado imitaba muy bien la caída de los muertos porque era algo casi cotidiano. Tanto como imitar a un portero parando un balón…”

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TRES VALLES (pecados que no debimos cometer) CAPÍTULO 2: TRES VALLES

Aquí os dejo el capítulo número 2 de esta novela que me tenéis que ayudar a corregir.

cap. 2: TRES VALLES

TRES VALLES: PUEBLO APACIBLE Y FICTICIO DE LA CARRETERA DE LA SIERRA

Tres Valles, nombre adoptado del apellido de su primer vecino, era un pequeño y tranquilo pueblo perdido en lo más profundo y alto de la sierra de Granada.
Tan perdido estaba que la mayoría de los vecinos de los otros pueblos de la provincia, casi la mayoría, habían cambiado su nombre, llamándole despectivamente “el quinto coño”, nombre que molestaba mucho a los vecinos de Tres Valles, y que hacía mención al dicho popular que se utilizaba para decir que algo estaba situado muy lejos.
Debido a su más que complicado acceso era poco visitado por turistas o extraños, a pesar de su magnífica temperatura y de sus excelentes productos provenientes del cerdo.
A decir verdad, para la gran mayoría de los vecinos era algo reconfortante no encontrar por sus calles a gentes extrañas llegadas de la ciudad en sus vetustos y ruidosos coches, como sucedía en otros pueblos de los alrededores.
La única carretera que les unía al resto de la civilización era de tierra rojiza, generalmente embarrada, y estaba sembrada de piedras, cardos y otras hierbas irreconocibles que cruzaban el ancho del camino hasta que la propia naturaleza se encargaba de cortarles el paso…

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EL ÚLTIMO ROMÁNTICO (novela corta)

aquí os dejo la historia de este hombre extraño, capaz de amar con una pasión desmedida y de odiarse a sí mismo, una víctima de la peor de las compañías, la soledad, esa vecina macabra que se apoderó miserablemente de él y de su alma hasta hoel final de sus días.

Es su vida un continuo viaje de búsqueda, y en cada uno de esos viajes solo quiere encontrar su próxima futura esposa, esa que le haga amar de verdad.

Será al final de su vida cuando este eterno romántico encuentra a la definitiva, y por la que será capaz de alejarse de su eterna compañera… O no.

Son cuatro capítulos

toda la novela en pdf……………………..EL ULTIMO ROMANTICO

LA ÚNICA COMPAÑERA DE MI VIDA (principio de El último de mi especie)

Y aquí estoy otra vez, contándome a mí mismo una historia que ya me sé de memoria porque es la mía, la historia del último de mi especie.
Esta historia empezó hace ya más de setenta años, en otro país, incluso en otro continente.
Todo empezó en una casa pequeña, situada en un sucio y oscuro callejón, de la que apenas recuerdo nada, si acaso mucha suciedad, más desorden y unas paredes amarillas manchadas por una humedad que solía acompañarme hasta en mis sueños.
No había cumplido los siete años cuando fui abandonado por una madre que me daba más palos que abrazos, y alejado de un padre al que nunca conocí, ni del que siquiera supe su nombre.
A mamá la recuerdo vagamente…. Siempre mustia, desaliñada, pálida y con esa ronca voz que la hacía parecer hombre.
Tengo que hacer un gran esfuerzo mental para recordarla sonriendo, o dedicándome unas palabras amables.
Ella trabajaba de noche y llegaba a casa acompañada del día. La recuerdo siempre dormida y desnuda hasta el mediodía, y con la cara exageradamente pintada con tonos rojizos y negruzcos, y con rímeles corridos ensuciando su rostro, ya marchito a pesar de su juventud.
Aun así me gustaba observarla dormida porque era allí, en la cama, donde mejor me trataba. Es verdad que allí no me hablaba, ni me abrazaba o besaba, pero al menos tampoco me gritaba, ni me pegaba… y mucho menos me quemaba con esos largos cigarrillos que apagaba en mis brazos sin vello cuando le faltaba un dinero que ella misma había dilapidado en alcohol o sabía Dios qué.

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proximamente el capítulo final: EL ÚLTIMO DE MI ESPECIE

VECINOS (Relato largo)

Aquí os dejo otro relato erótico festivo.

Aviso, me lo he pasado genial haciéndolo. Espero que lo disfruteis como yo.

“…

– ¿y hace mucho que no la ves?
– pues sí – dije sonriendo al ver que esa muchacha era incapaz de permanecer en silencio – casi cinco años
– ¿vas a pasar con ella la navidad?
– eso espero. Es que acabo de dejar a mi última novia y no me encontraba muy bien allí de donde vengo. Necesitaba un cambio de aires
– te entiendo – dijo ella, sonriendo para sus adentros, sabiendo que el destino había puesto a ese joven en su vida para cambiarla completamente.
El lento avanzar del ascensor hacía más incómoda la compañía para ambos. Los dos eramos tímidos, y eso en un ascensor…
Se le notó mucho que le parecí muy guapo, y bien vestido, de esos a los que su madre habría tachado “con clase”. Además, para ella yo escondía un extraño miedo en mi mirada, lo que me hacía más enternecedor.
– Mi abuela me ha hablado mucho de ti ¿sabes? – dije, rompiendo el hielo, otra vez
– pues de ti no me ha dicho nunca nada. La verdad es que no habla mucho con los vecinos. Creo que es conmigo con la única vecina con la que habla
– sí, siempre ha sido algo huraña – dije sonriendo – mi padre era igual…”

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EL DUEÑO DE LA PROTERVIA (RELATO)

“- No sé cómo decírselo – le dijo su madre, abrazada a él, mientras los demás hermanos le miraban desde lejos – y ellos tampoco se atreven a hacerlo
– nunca se han atrevido a decirle nada. Ni siquiera a recriminarle las palizas que te ha dado¿por qué iban a hacerlo ahora? – preguntó, mirándoles con pena, mientras la mayoría escondían la mirada en el suelo
– hijo… olvida y perdona. Será mejor para ti… y para todos
– ¿no querrás que se lo diga yo? – le preguntó sorprendido, al ver esa mueca que solía dibujar en su cara cada vez que quería algo de él – recuerda que llevo muchos años sin hablar con él
– ya, pero ahora es distinto
– lo siento mamá… No creo que sea buena idea
– por favor, Alejandro… te lo suplico – le dijo finalmente, haciéndole caer en la rendición, pues nada podía negarle a esa mujer que le había entregado la vida y a la que tanto debía.

Como solía suceder desde que el mundo era mundo en casa de los Arteloa, nadie se atrevió a decírselo.
Todos conocían de sobra su mal carácter. Todos lo habían sufrido ya en demasiadas circunstancias, y, hasta en una situación como esa, le continuaban temiendo.
DonAlejandro Arteloa y Guzmán fue siempre un hombre extremadamente duro con todos los que le rodeaban…”

EL RELATO EN PDF……………….,EL DUEÑO DE LA PROTERVIA

LOS TRES PRIMEROS SUICIDAS DE LA HISTORIA

Periandro: No sólo es el número uno por cronología, los datos indican que posiblemente murio en el 585 a.n.e. De él se dice que siendo rey de Corinto fue el primero en la historia que se rodeo de hombres armados, guardaespaldas, debido a que tenía muchos enemigos. De hecho su hijo Licofón fue asesinado como medida preventiva para evitar la continuación de la saga maldita que había empezado su padre.

Periandro no sólo quería suicidarse sino que, además, quería evitar que su cuerpo fuera encontrado y para ello:

Escogió un lugar apartado del bosque y mandó a dos jóvenes que lo siguieran. A una señal suya los hombres se avalanzarían sobre él, le darían muerte y le enterrarían allí mismo. Cuatro hombres tenían que matar a los dos anteriores y enterrarlos un poco más lejos, un nuevo grupo mataría a estos cuatro y los enterraría aún más lejos, de tal forma resultaría imposible identificar la ubicación del cadáver.

Demóstenes (384 – 322 a.n.e.): Político que se suicido como rechazo a un regimen que toda la vida combatió. Con el término Filípicas se agruparon todos los discursos que escribió contra la política del rey Filipo de Macedonia (el padre de Alejandro), con quien se enfrento.

En el 323 Antípatro sofoca su intento de rebelión y le condena a muerte. Huye entonces derrotado a la Isla de Calauria con la sensación de no haber podido cambiar el mundo. El 12 de octubre del 322 decidió envenenarse en el templo de Poseidón.

Aníbal Barca (247 – 183 a.n.e.): Dicen los que saben que ya a los nueve años Aníbal acompañaba a su padre Amílcar al trabajo. El hecho es que como su padre era un General Cartagines, el niño jugaba en la mitad de un campo de combate. No es de extrañar que él mismo se convierta en uno de los más grandes Generales Cartaginenses de la historia. Su destreza fue tal que a él se debe el liderazgo de una de las campañas que más cerca estuvieron de derrotar al imperio romano.

No obstante, traiciones, deserciones y falta de aliados dieron al traste con todo permitiéndole al “Africano” recuperar terreno para Roma y obligando a Aníbal, tras su derrota en Zama, a buscar la protección de Antíoco III con quién trata de atacar de nuevo a Roma con igual desenlace, por lo que el General huye a Bitinia y se acoge a la protección de Prusias. “Sin embargo, Roma consigue descubrir el destino de su mortal enemigo, y envía una embajada, de la que forma parte Flaminio, para solicitar de Prusias la entrega de Aníbal. Temeroso de la reacción que pudiera causar en Roma una negativa, pero sin querer faltar al deber de la hospitalidad, Prusias accede pero diciéndoles a los embajadores que procedan ellos mismos a su captura, ya que no les será difícil encontrar su morada. Hecho ésto, los embajadores rodean con soldados todas las salidas del castillo. Aníbal, enterado de que no había escapatoria, toma un veneno que siempre llevaba en su anillo y pronuncia sus últimas y célebres palabras Libremos a Roma de sus inquietudes, ya que no sabe esperar la muerte de un anciano.”

LA PEOR COMPAÑÍA, RELATO TRÁGICO-ERÓTICO

1099832~Pareja-dandose-un-beso-de-despedida-en-la-estacion-de-tren-Posters“…Tenía que marcharme de allí, huir de ella, otra vez, y aún andaba con el miedo en el cuerpo por esa terrible visión que me acompañaba de ella entre los brazos de ese otro ser que tanto llegué a odiar.
El desamor era, sin duda, lo peor que podía pasarle a un eterno romántico como era yo… quizás el último de los románticos.
Por eso huía, por eso volvía a alejarme de otra ciudad con las manos vacías, aunque manchadas de lágrimas no transparentes, y con una nueva sensación de abatimiento.
Una vez más no fui capaz de dominar  ese monstruo que se empeñaba en acompañarme siempre, el de la soledad.
Y con él tuve que viajar una vez más, huyendo de un nuevo pasado que pronto pasaría al cajón de cosas a olvidar.
Pero ese tren tenía guardada una sorpresa para mí.
No llevaba ni media hora de viaje, aburrido y solitario, cuando te vi llegar, entrando por esa puerta de cristales y maderas viejas, cargada con varias maletas y macutos.
Tu figura se esculpió con la tenue luz del vagón, como moldeada por el cincel de un escultor, sobre el cristal de la ventana, rozando mi reflejo.
Tu fino vestido floreado de tirantes casi invisibles, al contraste con esa luz proveniente del otro vagón hacía que pudiera presenciarte completamente desnuda, como casi estabas.
Al principio no me giré, temía que aquella silueta Afrodita se desvaneciera en la profunda oscuridad de la noche, pero rápidamente olvidé mis miedos.
No te conocía. Tampoco tenía nada que temer… y no había otra cosa mejor que mirar allí, en medio de la soledad…”

TODO EL RELATO EN PDF………………,LA PEOR COMPAÑÍA