EL NIÑO DE LA PLAZA (CUENTO PARA MAYORES)

“La primera vez que vi a  Manuel  me pareció un niño normal. Ahora, en cambio… Ahora… No sabría qué decir.
Manuel era, y es, sin duda alguna, un niño normal, como todos, con sus miedos, con sus deseos, pero tiene algo que le hace especial, y me refiero a algo especial que sí  que tiene, y no a ese algo que le falta. Me explico.
Todo sucedió una tarde cualquiera en un pequeño pueblo de Madrid. Un cielo ceniciento arrojado adrede sobre una gran plaza rodeada de árboles y bancos, y dominada por un columpio multicolor donde niños y niñas trepaban a su antojo. Sobre el suelo de pavimento claro algunos niños inquietos y abrigados jugaban con una pelota desinflada. Los había de todas las edades, de todos los colores, y de todos sitios. Unos africanos, uno oriental, alguno de América,  y otros muchos europeos, aunque ninguno fuera capaz de acertar de qué país era cada uno. Todos persiguen el mismo objetivo, que no es otro que hacerse dueño del esférico y demostrar que nadie es tan bueno como él. Varias cigüeñas vigilan sobre un campanario situado sobre un tejado de pizarra negra,  y no más de cinco o seis madres sentadas estratégicamente alrededor de la plaza con los ojos avizores sobre sus pequeños. Todas miran al cielo también.
Eran los últimos días de un invierno que se iba marchando lentamente, cuando el cielo empieza a alegrarse sin ninguna razón aparente, y cuando el olor de la primavera empieza a avanzar, luchando contra los últimos coletazos de un otoño que no se quiere terminar de ir….”

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CUENTO: LA NOCHE QUE LA LUNA SALIÓ POR LA MAÑANA

Aquí os dejo el cuento que me han pedido en el cole de mis niñas para la semana cultural. EStán estudiando los bosques y su importancia y nos han pedido algo relacionado. A mí se me ha ocurrido esta historia de LA NOCHE QUE LA LUNA SALIÓ POR LA MAÑANA, una historia en la que los niños interactúan con un narrador y con varios personajes de un bosque, entre ellos un árbol, una flor, un lobo, una ardilla, y más. Los niños del Duque tienen que encontrar la luna, que esa noche no ha salido. La sorpresa será mayúscula cuando sepan que la reina de la noche está allí mismo, en su cole.

A ver si les gusta. Lo va a representar un grupo de mamás.

en pdf…………………….LA NOCHE QUE LA LUNA SALIÓOÓ POR LA MAÑAN1

 

gracias Luiyi por los magníficos dibujos

EL COLEGIO DUQUE DE RIVAS DE SEVILLA LA NUEVA EN LOS AÑOS 70. FOTO CURIOSA

Lo mejor de los colegios son sus alumnos y sus maestros. No sus instalaciones, que también son importantes. Y el Duque tiene unos alumnos y unos maestros fantásticos. Mi homenaje al Duque de Rivas, de Sevilla la Nueva.

Esta foto es de los 70. Fíjate que está el pabellón de dirección y el de infantil en construcción. Hay una pista, y del pabellón de primaria ni rastro. ¡Qué bonita foto!

Entonces ahí estudiaba todo el que vivía en este pueblo, muchos de aquellos que ahora hablan mal de él sin saber muy bien porqué lo hacen. Bueno, sí lo saben, y eso los hace más ruines aún.

¡VIVA EL DUQUE DE RIVAS!

EL DEMENTE (dedicado a las tres rubias)

Ya me imaginaba yo que terminaría pasando algo así, que te echarías atrás, y que dirías eso de “¿yo? Yo no dije nada de eso”… En el fondo me lo esperaba. Menos mal que tengo un testigo. ¿Verdad, Isa?

Gracias a mi buena memoria lo recuerdo todo perfectamente, como si estuviera reviviendo ese momento. En la cafetería estábamos los tres, tomando unas cervecitas y con muchas ganas de hablar y compartirnos. Nuestros trabajos nos impedían vernos con la asiduidad que nos gustaría, y ese día teníamos tan poco tiempo y tantas cosas que compartir que ninguno sabía bien por dónde empezar.

El momento era mágico, entre vosotras dos seguía existiendo esa conexión extraña, esa que con miraros a los ojos decía tanto, y yo me mantenía en un segundo plano esperando que alguna empezara a hablar.

Otro sorbo de cerveza más mientras el silencio seguía adueñándose del momento, miradas cómplices mezcladas con sonrisas nerviosas y pocas palabras…

Ninguno de los tres sabía muy bien qué decir porque los tres parecíamos encontrarnos mejor que la última vez que coincidimos. Al menos eso parecía.

-Bueno, Isa, ¿y tú qué tal? – preguntaste al fin – ¿cómo te va todo?

-fenomenal – contestó, arrebatándote tu coletilla, lo que nos hizo reír

– me alegro – dijiste tú, y ella comenzó a hablar, sonriendo y demostrando que lo que acababa de decir no era una simple frase, sino una realidad.

Realmente se le veía fenomenal, y los dos nos sentimos bien por ella.

Nuestra amiga siguió hablando, y tú preguntando… y yo, escuchando. Todo volvía a ser como aquella primera vez, y los miedos fueron desapareciendo, volviendo a ser ese trío de rubias peligrosas con el que un día nos bautizamos.

En poco tiempo empezamos a sentirnos mejor. Ella siguió hablando mientras nosotros escuchábamos, pero tú esperabas impaciente y nerviosa – se veía en tu mirada –  como si quisieras contar algo que no podías, o que no te atrevías a compartir con nosotros.

El clima empezaba a dibujarse como queríamos, y nos sentíamos bien de nuevo.

¡Pero llegó ella!

No puedo decir que me cayera bien – ni mal. Esa mujer apareció de la nada, saludó amistosamente, cometimos el error de sonreírle, y se hizo dueña de nuestro ambiente.

Con su cerveza en mano se sentó junto a nosotros, comenzó a hablar, y a hablar, y a hablar más, y no dejó que nadie más lo hiciera. Ella monopolizó el escaso tiempo del que disponíamos, y nadie fue capaz de hacerla callar. ¡Maldita cortesía!

Cinco minutos después ella seguía hablando y nosotros escuchándola, mirándonos con complicidad, pidiendo que alguien le hiciera callar de una maldita vez.

Ella hablaba de hombres que había conocido, y que a nosotros no nos interesaba conocer; contaba chistes picantes que ya nos sabíamos pero que le reíamos -¡maldita cortesía! – y hablaba y hablaba, convirtiendo el trío en un número par.

Tú me mirabas sonriendo, pero en tu mirada no estaba la sonrisa forzada que dibujabas en tu boca. En tu mirada había algo más que no acertaba a descifrar pero que yo imaginé como odio.

En un momento que se levantó para ir a la barra lo dijiste. Lo recuerdo perfectamente.

-¡Dios mío, si pudiera la mataba! – dijiste, demostrando lo mal que te caía

– ¡pobre! – dijo Isa, sonriendo

-¿pobre? – dijiste tú – mira, se ha sentado en mi abrigo y mira como lo ha puesto… ¡yo, la mataba!

– tampoco es para tanto mujer

– ¿Que no? – dijiste de nuevo mientras, con tus manos, intentabas planchar el marchito abrigo de color marrón – en serio, si pudiera la mataba.

Las dos sonreísteis, incluso soltasteis una sonora carcajada. Ninguna os disteis cuenta de que yo no.

Y ella volvió, se sentó de nuevo en el sillón, y siguió con su discurso aburrido e insulso, creyéndose graciosa e importante por culpa de nuestra absurda educación y cortesía. Y siguió contando chistes malos y recordando anécdotas que solo importaban a ella hasta que el maldito reloj volvió a hacernos saber que nosotros no éramos los dueños de nuestro tiempo.

Cuando salimos vosotras os fuisteis juntas. Yo, sin saber por qué, la seguí.

Te juro que seguía hablando incluso sola. Sin duda esa mujer tenía muchas cosas que contarse a sí misma… ¡Pobre!

La seguí por la plaza, después por una de las pequeñas calles del pueblo, mientras la noche se iba fundiendo lentamente con mi estado de ánimo. Ella caminaba con paso ligero, como si supiera que alguien la estaba siguiendo, y yo la seguía silencioso, sin saber muy bien aún el porqué de lo que estaba haciendo.

Al principio pensé que esa mujer había despertado mi compasión, que necesitaba seguirla para saber dónde vivía, si estaba sola, o vete tú a saber qué.

Fue al llegar a aquel viejo callejón, cuando comprendí que allí nadie podría verme, cuando comprendí que no había sido la lástima la que me había hecho seguirla, sino la rabia.

Y fue entonces cuando vino a mí tu deseo, cuando vino a mí tu frase: “Si pudiera la mataba”

Y allí fui presa del extraño contraste entre mi ira y mi calma, y me dejé llevar por la primera, que siempre solía vencer en sus desiguales duelos.  Y, observándola en su patético monólogo, llegaron a mí visiones dantescas y terroríficas con sus acentos místicos más desgarrados, convirtiendo el futuro inmediato en un cuadro violento en el que yo era verdugo, y ella víctima.

Y allí, a escasos dos metros de su espalda, saqué de mi abrigo un cuchillo que cogí del cafetín sin que nadie me viera, y sin que yo mismo lo supiera, comprendiendo que si tú no podías hacerlo yo sí que podía.

Es más, te lo debía… Todo por una amiga como tú, que se merece todo.

De todos modos, ¿quién iba a echar de menos a una mujer como ella? Nosotros, desde luego, no – pensé sonriendo mientras el cuchillo, aún manchado de mantequilla, se clavaba en su espalda primero, después en su cuello, y finalmente en su corazón. Ella intentó preguntarme porqué, y, curiosamente, en ese momento no le salían las palabras.

-Por una amiga –  le contesté yo mientras volvía a clavar el cuchillo en su vientre, sonriendo ante la nula posibilidad de que volviera a molestarte nunca más.

Tú lo dijiste. “Si pudiera la mataba”.

Así que, querida, me debes una.

Y recuerda, tengo un testigo… ¿verdad Isa?

 

LA NIÑA QUE ERA MÁS FELIZ CUANDO NO SABÍA TANTO (cuento actual)

DEDICADO A LA SEÑO ESTHER

Cruceta era simplemente una niña. Así, sin más.

A algunos el hecho de que lo fuera le parecía poco, pero para ella era mucho.

En realidad para ella lo era todo… al menos por esa época.

¿y por qué era tan importante para Cruceta seguir siendo una niña?

Difícil pregunta ¿verdad?

Para responderla ella no tenía más que observar la cara de su papá, de su mamá, o de sus abuelos, mientras intentaban explicárselo.

Ninguno de ellos lo sabía explicar – al menos con palabras – pero en su cara se dibujaban miles de sonrisas llenas de melancolía.

– No dejes de ser una niña nunca – era lo que terminaban diciéndole todos, lo que la hacía sentir más dichosa aún.

Pero bueno… volvamos a lo nuestro, que no es otra cosa que la historia de nuestra amiga y protagonista de esta bonita historia.

Como ya he dicho antes Cruceta era una niña normal.

Como el resto de los niños y niñas de su edad, se levantaba todas las mañanas en su pequeña cama para ir al colegio.

Sí, a Cruceta le gustaba mucho ir al cole, al aula de infantil, con su “seño” Esther, a la que adoraba…

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EL CUENTO DE CASIGUSANO

“Érase una vez un día feliz en un pueblo llamado Sevilla la Nueva. Y allí, en lo que
llamaban el parque del olivar, junto a las fuentes de agua, había un hormiguero grande
de donde salían, a diario, miles de hormigas, todas en fila, todas ellas hermanas, y todas
ellas trabajadoras.
En ese hormiguero que otras muchas intentaban reconstruir tras un ataque gratuito e
“inhumano”, trascurría la vida de una hormiga que siempre estaba triste… Y cuando
digo siempre, me refiero precisamente a eso: ¡a siempre!
Esta hormiga tuvo la desgracia de nacer solo con tres de sus patas, y nadie supo nunca
por qué. Ella tampoco. En el lado derecho le faltaban cuatro, y en el izquierdo le faltaba
la primera de todas ellas.
Las demás hormigas – todas hermanas – se reían de ella porque no podía ayudar en las
tareas de recolección de alimentos. Pero ella, que no pensaba dejarse llevar por la
tristeza de su desgracia, salía todos los días del hormiguero a buscar un pequeño fruto
que pudiera acarrear en su castigado cuerpo y, así, sentirse una más, y no una menos.
Mientras las demás hormigas seguían el camino establecido, ella caminaba siempre en
paralelo, siempre en solitario para no entorpecer la marcha…”

todo en pdf………….CASIGUSANO