LA NIÑA QUE TENÍA UNA MAMÁ RELLENA

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Érase una vez una niña, otrora feliz, dichosa y orgullosa, que últimamente andaba un poco tímida, triste y retraída. Nadie sabía cuál era el motivo. Solo ella lo sabía, y todo se debía a esa costumbre tan humana de opinar acerca de los demás sin pensar bien en el daño que hacemos. Este narrador – y así se lo diría a la niña si pudiera – ya sabe que nadie debe basar su felicidad, o falta de ella, por lo que opinen de él, o de algo muy suyo, los demás, pero ya te he dicho que, en este caso, se trataba de una niña de apenas diez años de edad, que, por cierto, respondía al nombre de Geroma.
Nuestra amiga Geroma había perdido su felicidad de repente, y, aunque los que la rodeaban lo habían notado, ninguno pareció darle mayor importancia. La niña estaba triste, y nadie sabía muy bien el motivo.

¿Quién podía imaginar que parte de su tristeza estuviera relacionada, precisamente, en la persona que más quería, que más admiraba, y que más hacía por ella? Sí, nuestra querida Geroma estaba triste por culpa de su mamá, una mujer simpática, risueña, siempre dispuesta a una sonrisa cómplice, pero que tenía un problema que ella antes – a pesar de estar siempre presente – nunca había visto como tal.

Su mamá, de repente, había dejado de ser la profesora de música, esa mujer que a todos regalaba una sonrisa, de esas que hunde hoyuelos en las mejillas y crea arruguitas en los ojos, y, de pronto, según todos los niños de su colegio, había pasado a ser una gordita, una vaca, una morsa, o incluso una hipopótama, llegaban a decir, lo que hacía que nuestra Geroma sufriera y se sintiera incluso avergonzada.
Su madre, otrora música de las mejores que se recordaban, violonchelista profesional, y mujer simpática donde las hubiera, se había convertido de repente en una especie de monstruo del que no podía presumir ya.
Fue un día, hablando con su hermana mayor, cuando comprendió el error de los demás, y el suyo propio.
– ¿Qué te pasa Geromina? – le preguntó su hermana ¿por qué lloras, princesa?
– ¿a ti te da igual que mamá sea gorda? – le dijo la niña, un tanto avergonzada
– ¿Gorda dices?
– sí, gorda. Mis amigos del cole le llaman la hipopótama
– ¿a mamá? ¿a nuestra mamá? ¿ a la gran Sofía Venganza?
– sí, todos dicen que está gorda… Y es verdad ¿a ti no te lo parece? ¿No te parece que mamá está muy rellena? – preguntó la pobre Geroma
– claro que sí – dijo la hermana, sonriendo y pasando su mano por la cabeza de la pequeña, meciéndole el cabello
– ¿sí? ¿Y te da igual?
– claro que no me da igual. Tenemos mucha suerte
– ¿ah sí? ¿y por qué? ¿por tener una mamá rellena?
– precisamente, querida Geromina. Tenemos suerte de que mami, por si no lo sabes, esté rellena… Rellena, sí, ¡pero de música!

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dedicado a Encarnita López Martos

(y cómo no, a la Carmencita)

Tableros extraños

Algún día sería él, y no siempre ella, quien a lomos del caballo de su propio deseo, hiciera jaque mate al mismo rey del miedo, y a la dama de los remordimientos… Y así haría que, por fin, su partida no acabara en tablas como siempre sucedía cuando estaba junto a ella.

Después de esa partida decisiva – si ocurría alguna vez, que me extraña – el tablero donde se enfrentaran temblaría, perdería parte de su poder, y ya nunca sería el mismo… Tampoco ella… Ni él.

FOTOS DE AMIGOS: ¿Qué te gusta más que tus vinilos? (desvarío mental)

– ¿Qué te gusta más que tus vinilos?
– ¿más que mis vinilos?
– sí
– pues tú al lado de mis vinilos
– ¿seguro?
– ¡y tanto! Nada suena igual que tú… Ni mis vinilos. Nada huele igual que tú… Ni mis vinilos. Nada es tan mío como tú… Ni siquiera mis vinilos.
Por eso te elegí a ti, y por eso, a tu lado nunca he sido capaz de dormir una noche entera seguida…
– ¿por qué?
– Porque siempre me tienes en “vinilo”
foto de Javi