SUEÑOS ESCRITOS

sueñosLo bueno de los sueños es que nunca acaban, nunca puedes detenerlos… Ni tú, ni nadie. Ellos son libres, como tu pensamiento. Por eso, cuando te duermes dejas el cuerpo encarcelado en la cama, y ellos – sueño y pensamiento – se van juntos a la taberna del deleite, donde, con suerte, se beberán jarras frías de tu cuerpo caliente acompañadas por el maridaje perfecto de tus labios.
Al despertar, es al revés… Nos llevamos el cuerpo con nosotros pero dejamos prisioneros el pensamiento y los sueños, y allí los matamos lentamente… Aunque  no siempre. Algunos afortunados, al despertar, los escriben rápidamente, cuando parte de su cuerpo aún no ha vuelto de las nubes de esa ficticia realidad, y así pueden guardarlos para siempre, sin que pasen a la categoría del olvido.
La suerte de estar despierto es que pronto será de noche otra vez.

la peor de las compañías

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Tenía que marcharme de allí, huir de ella, otra vez, y aún andaba con el miedo en el cuerpo por esa terrible visión que me acompañaba de ella entre los brazos de ese otro ser que tanto llegué a odiar. El desamor era, sin duda, lo peor que podía pasarle a un eterno romántico como era yo… quizás el último de los románticos. Por eso huía, por eso volvía a alejarme de otra ciudad con las manos vacías, aunque manchadas de lágrimas no transparentes, y con una nueva sensación de abatimiento. Una vez más no fui capaz de dominar  ese monstruo que se empeñaba en acompañarme siempre, el de la soledad. Y con él tuve que viajar una vez más, huyendo de un nuevo pasado que pronto pasaría a la larga lista de cosas a olvidar. Pero ese tren tenía guardada una sorpresa para mí. No llevaba ni media hora de viaje, aburrido y solitario, cuando te vi llegar, entrando por esa puerta de cristales y maderas viejas, cargada con varias maletas y macutos. Tu figura se esculpió con la tenue luz del vagón, como moldeada por el cincel de un escultor, sobre el cristal de la ventana, rozando mi reflejo. Tu fino vestido floreado de tirantes casi invisibles, al contraste con esa luz proveniente del otro vagón hacía que pudiera presenciarte completamente desnuda, como casi estabas. Al principio no me giré, temía que aquella silueta Afrodita se desvaneciera en la profunda oscuridad de la noche, pero rápidamente olvidé mis miedos. No te conocía. Tampoco tenía nada que temer… y no había otra cosa mejor que mirar allí, en medio de la soledad.Tus brazos eran finos y largos, manchados por un ligero musgo rubio. Me hizo gracia ver tus axilas sin depilar al intentar subir el macuto a la bandeja superior.  Nunca me molestaron las axilas sin depilar.Tus senos se dibujaban pletóricos – como eran – y el contorno de su redondez escapaba de la fina tela que pretendía un imposible. No era posible ocultar tanta masa de carne con tan poca tela. Y el milagro sucedió, y pude verlos en su plenitud… En realidad solo pude ver uno, pero rápidamente imaginé el otro. Volviste tu mirada hacia mí mientras subías el tirante y lo ocultabas. Por suerte yo esperaba tu reacción y no me descubriste en mi deleite. Al dirigir tu mirada hacia mí – no tardaste en hacerlo más de un segundo – yo ya miraba por la ventana, observando unas luces lejanas que dibujaban el contorno de una ciudad desconocida. En realidad los cristales de la ventana ya tenían dibujado ese precioso seno que despertó mi libido, y alejó, por fin, aquella vieja zozobra con la que subí al tren. Volví a mirarte. Ahora eran tus piernas las que hablaron por ti, y parecían dominar todos los idiomas. Tú te sentaste frente a mí, y al ver que te miraba me sonreíste, y con un escueto y tímido saludo, tu imagen se hizo carne. Pelo negro y rizado… muy rizado, ojos profundos de un mar abisal, tan negros que casi asustaban,  piel trigueña sonrojada por los dedos ávidos del sol, delicadas piernas aireadas, como ramas cruzadas, hasta la copa de tu falda, incapaz de ocultar mas que el nacimiento de tus piernas. Allí, un vientre que auguraba semillas dispuestas a nacer te hacía hermosa sin más aspavientos ni adornos, y tus floreados senos volvían a asomar entre la despejada hojarasca de tu vestidito, casi inexistente, como fruta madura esperando al labriego por la mañana temprano.  Tus delicadas manos, de dedos entrelazados y juguetones,  pregonaban al viento cuentos de mil una noches, y después se soltaron para rascar tímidamente tu nariz, que si supe que existía fue porque tus dedos la mostraron.Se cruzaron las miradas, y cruzadas se quedaron. Era como si nos conociéramos de toda la vida. Por eso sonreímos sin más, soportando el fuego en mis ojos ante tus pupilas incendiarias.Tu cuerpo se estremeció, y tú lo notaste. Yo también, y mi sangre comenzó a alimentar nuevas intenciones de las que quería huir.El silencio y el pudor fue la amordaza que nos frenaba. No te conocía, ni tu a mí, y ninguno supo qué hacer o decir para que el acercamiento que deseamos se produjera. Sólo hubiera bastado una palabra. La tierra, incluso el mundo, quedaba atrás, en la estación donde tú subiste. Yo iba a cualquier lugar, y tu venías de cualquier parte. Las horas pasaron como pasan siempre las horas en la noche. Eran lentas, pesadas, haciendo que un minuto pasado evitándote se convirtiera en una eternidad. Tú ya no sabías donde mirar, y yo con menos disimulo del que pretendía, no dejaba de mirarte. En realidad no podía hacerlo. Entonces mi cuerpo abandonó mi espacio, mis manos serpenteantes viajaron por el vagón hasta llegar a ti, y firmes, comenzaron a desnudarte. Y tú las notaste desde la distancia .porque tu cuerpo temblaba por el calor que mis labios dejaban por toda tu piel, enredados en tu cuello y en tus senos, deslizándome por el universo de tu espalda, hasta aferrarme delicadamente con mis dientes en tus dos lunas blancas. Después encontré la cara oculta, negra y rizada como un jardín de azabache que, ante mi lengua, se abrió rosada y, como una flor sin pudor, dejó su néctar en mi boca. Mi boca, en el huerto de la tuya,  también germinó, y el tallo de mi lengua  creció entre tus labios, hasta alcanzar el cielo de tu garganta. Después, nos perdimos en el abismo de las minas, buscando en sus galerías más profundas el mineral del que se nutre el éxtasis de la vida. El tren, no sé en que estación fue, se paró, y con él, el levitar de mis sueños. Sonreíste y yo te miré. No dijiste adiós,  pero nuestros ojos no cesaron de hablarse.Tú te levantaste y te fuiste. Yo me sentí morir, pero también me sentí aliviado porque, por una vez, no podría hacer daño a alguien a quien también podría haber amado. Por primera vez nos despediríamos sin más. Un adiós alegre, sin dolores, sin reproches, sin lágrimas de sangre… La noche se quedó, mis pies quisieron ir a buscarte, pero el tren arrancó, y mi amor eterno me dejó, sólo y con mi equipaje Y sonreí, y me sentí bien por haber amado sin dañar y sin ser dañado. El sueño llegaba a mí, olvidando todo el pesar de mi partida, pero otra vez pasó.Al abrirse la puerta supe que eras tú. Entonces caí en la cuenta. Tus maletas estaban aún en la bandeja. No habías bajado en la estación. Fue el olor a tabaco el que me dijo donde habías estado.Y me sonreíste desde la puerta, y volviste a salir, pero esta vez me miraste desde el otro lado, tras el cristal que ya no existía, y no dejaste de hacerlo mientras te adentrabas en la pequeña puerta del baño. Y tu boca dibujó una sola palabra, y las letras recorrieron el aire hasta detenerse en el cristal de la puerta, donde se quedaron grabadas, como si hubieran sido escritas con la punta de tus dedos sobre el vaho de tu aliento.Primero llegó a  mí una V… después una E se adentró en mi estómago, y finalmente fue una N la que envenenó mi mente.Y cerraste la puerta… pero no del todo. Cogiendo algo del bolso que ni yo mismo supe qué era caminé por el pasillo, emocionado y asustado mientras lo guardaba en el bolsillo trasero del pantalón. Aun sin saber lo que era, sabía que lo necesitaría.Al entrar en el baño tú me esperabas sonriente, mirándome a través del espejo, con las manos apoyadas en el lavabo. Quisiste hablar, pero no te dejé. Empecé a acariciar tu espalda manchada de lunares. Tú te estremeciste ante mi contacto, y mis manos no tardaron en viajar por dentro de tu vestido, acariciando esa piel trigueña y limpia. Tus costillas marcaban tu delgadez. Mis dedos pasearon por ellas, como si fueran teclas de piano. Después acaricié tu vientre, viajé a tus senos, y entonces tus ojos se alejaron de allí, viajando a otro lugar.- ¿Cómo te llamas? – te pregunté, mientras apartaba las tiras del vestido de tus hombros, y la tela caía al suelo, mostrando una desnudez preciosa y salvaje- mi nombre no importa – dijiste, mirándome en el espejo, mientras tu cuerpo desnudo buscaba el mío, aún vestido- a mí sí me importa. Me gusta conocer a quien voy a amar – te dije acariciando sus brazos de vello erizado- ¿me vas a amar? – preguntaste sonriendo burlonamente- no podré hacerlo si no te amo antes. Ese es siempre el móvil- ¿el móvil? – preguntaste extrañada y extasiada por mis contactos – ¿qué móvil?- todo crimen tiene un móvil – dije besando tu espalda y acariciando tus senos, que intentaban obedecer la ley de la gravedad – y amar es el crimen por excelencia- pues si amar es un crimen, me gusta – dijiste, excitándome más aún.
Te besé y acaricié, y empecé a perder el control una vez más. Por fin se alejaban esos fantasmas pasados, y ahora eras tú el centro de mi vida, de mi presente, y – ojalá – de mi futuro incierto – me encanta hacerlo en el tren – fue lo último que te escuché decir. Después olvidé todo, saqué mi arma y todo se hizo oscuro… una vez más. Cuando volvió la luz volví a horrorizarme, una vez más. Había sangre por todos lados. Tú estabas dormida en el suelo, sobre una cama de sangre que yo te había preparado, y tu cuerpo… tu cuerpo ya no era. Toda esa belleza que había llegado a enamorarme no era ahora sino huesos, músculos, tendones, órganos y piel. Solo eso. Una vez más el destino puso ante mí una mujer dispuesta a amar, y el cruel azar la convirtió en víctima de mi compañera. Joven o vieja, guapa o fea, alta o baja, rica o pobre, obesa o no… para ella no hay discriminación. Solo quiere alguien como ella, alguien que esté solo y no pertenezca a nadie. Me miré en el espejo. Mi cara estaba manchada de sangre. Sonreí. Pero solo por un momento. Otra vez tendría que huir y esconderme… y, finalmente, cambiar de estación. Salí del baño y me cambié de camisa.Antes de que el tren parara salté de él, en medio de la nada. Yo ya no había estado allí. Tirado entre amapolas, sobre un campo frío, observé el cielo que me cobijaba y te recordé. Ahora eras tú mi único pasado. Eras la tercera mujer que podía haber amado en esa semana, pero una vez más ese fantasma terrible que siempre me acompañaba, decidió que no había sitio para otra persona en nuestro viaje.Así es la soledad… celosa de su intimidad, y, de paso, la peor de todas las compañías.

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ESTE VÍDEO ES UNA PASADA

dedicado a alguien que está nervioso

SPAIN IS DIFFERENT

6.200.000 parados y el PP y el PSOE siguen peleando para echar la culpa al otro. A ver si la culpa va a ser de otro partido que haya gobernado en los últimos 20 años y pensamos que la culpa es de ellos

COSAS DE LA EDAD

 

imageLina y Javi eran amigos. No estaban en la misma clase, ni en el mismo curso… Ni siquiera en el mismo instituro. Tampoco jugaban en el mismo patio, ni siquiera compartían amistades. Él salía con una chica estupenda, y ella con un chico estupendo también. Un día, por eso que llaman el azar, se conocieron y cruzaron sus miradas en la calle. Poco a poco se hicieron amigos – más que eso – y algo cambió en sus vidas. A Javi le gustaba Lina… Y mucho. A Lina le gustaba Juan… Y mucho también. Eso, todos lo sabían. Bueno, eso lo sabían todos… Menos ellos dos.