GITANAS, DE JAVI RUZ

Dicen que de qué sirve saber bailar si no tienes un buen vestido para ponerte y para  engalanar la ocasión? Los que dicen eso… ¿Saben de qué va esto de bailar?
Para bailar no se necesita un vestido, ni peinetas, ni collares, ni tacones… Ni siquiera se necesita música… Lo único que se necesita para bailar es espíritu, ganas… En definitiva, deseos de bailar.
La música puedes tararearla tú. y marcar los pasos a tu ritmo, aunque los que te vean te llamen loco… Si lo hacen – llamarte loco – es porque no saben lo maravilloso que es no estar cuerdo como ellos.

ME GUSTA ESTA GITANA PINTADA POR JAVI RUZ, PINTOR GRANADINO (“GRANAÍNO”) TIENE UN TOQUE DE MOVIVIMIENTO, DE LUZ, Y UN TOQUE DE FLAMENCO “KLINTIANO”.

 San Juan: Eros y tanatos

hombre-mujer-amor

Era la noche de San Juan y el calor, la humedad, y el jolgorio hacían que mi nerviosismo se aplacara, incluso que se alejara de mí. Toda esa extraña angustia estaba desapareciendo por momentos, y hasta ese cigarro aliñado con hierba, sabía de manera diferente.  El barrio estaba en fiestas, el agua volaba por encima de las murallas de cada casa, y el grito de los niños – y de los no tan niños – hacía que el tranquilo barrio residencial pareciera una feria de Agosto. La gente de los alrededores de mi casa, esos vecinos con los que apenas hablaba, aprovechaban el fuego para purificar las almas esa mágica noche. Yo, aunque estaba solo, hacía lo mismo.  Era el primer San Juan que pasaba solo allí, sin ella, sin la mujer por la que habría estado dispuesto a dar incluso mi vida – si no es lo que había hecho ya. Toda la noche la pasé en el jardín, sentado sobre esa piedra redonda que sobresalía del césped,  mirando el fuego, bebiendo cerveza fría, fumando casi diez años después, y recreándome con la música que nacía entre esos leños gruesos, sus ruidos mezclados con el aire, y los crujidos que rompían en su interior. El fuego era altísimo, rojo, casi sangre, y con un olor incómodo que, por suerte, se mezclaba con el de los demás fuegos del barrio. Los vecinos reían y bailaban, se les oía desde mi lugar, comían sardinas y carnes y bebían sangrías. Yo, en cambio, solo alimentaba mi dolido orgullo y mi sed de justicia. Los demás cantaban y jugaban, y yo, más solo que nunca, pero cada vez más tranquilo,  sonreía inmerso en el espectáculo que tenía ante mí. Allí estuve toda la noche, disfrutando de ese fuego, bebiendo y fumando, y echando más y más leña para que no se apagara y terminara de deshacer cualquier resto de los cuerpos de mi mujer y de su amante, aún abrazados entre cenizas.